16 de marzo 2026 - 9:42hs

Como en todo conflicto bélico de gran envergadura, discernir la realidad es una tarea compleja. Entre la niebla de la guerra se mezclan las operaciones de propaganda, las agendas ideológicas y el morbo que estos eventos desatan.

Sin embargo, existe una certeza ineludible: en términos de enfrentamiento convencional, el resultado ha sido contundente. La infraestructura bélica de Irán ha sido devastada. Los ataques de Estados Unidos e Israel desarticularon sus capacidades operativas.

Pero, además, golpearon el corazón del sistema: la cúpula del Gobierno, los altos mandos de los ayatolás y la Guardia Revolucionaria. Aunque el régimen ha intentado una recomposición de corto plazo mediante estrategias de guerrilla y negociaciones externas, el diagnóstico es sombrío.

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Recomponer una estructura de gobernanza descabezada será una tarea tan titánica —y quizás imposible— como su recuperación militar a mediano plazo. Es importante recordar que el inicio de esta guerra no encontró a un Irán robusto y unificado detrás de sus líderes.

El país arrastraba una crisis económica severa, enfrentamientos con minorías étnicas, descontento social por la falta de libertades y una fractura interna estructural entre la Guardia Revolucionaria, el clero y una presidencia que, aunque decorativa, podía operar en los márgenes del poder.

Ante la aplastante superioridad militar de la coalición estadounidense-israelí, Irán ha agotado su capacidad de respuesta tradicional. Tras la destrucción de sus fuerzas militares ha recurrido a ataques de menor escala que buscan multiplicar el daño y su impacto fuera de sus fronteras.

Por ello, ha mutado hacia una fase de "daño global": una estrategia desesperada para forzar una negociación menos desventajosa. Una suerte de “si caigo yo, caemos todos” que no evitará la derrota, pero podría aumentar los costos de los vencedores.

Bajo esta lógica se explican los ataques a los países árabes, la activación de células terroristas y, sobre todo, el asedio al Estrecho de Ormuz. El componente psicológico de esta estrategia no reside solo en las minas distribuidas para hundir barcos cargueros, sino en su invisibilidad.

El estrecho de Ormuz —con canales de tránsito de apenas 3 km de ancho— favorece la guerra asimétrica. Esto ha dado a Irán una pequeña sobrevida. Incluso, los pocos ataques reales llevaron a algunos países a buscar salvoconductos informales para que su suministro no se interrumpa.

La estrategia iraní ha provocado la mayor interrupción del suministro de petróleo de la historia, ya que ha frenado el tráfico marítimo en Ormuz, por donde se transporta una quinta parte del petróleo mundial, del cual el 80% termina en puertos asiáticos, entre ellos China, India y Japón.

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Ormuz: el último campo de batalla

El aumento del barril de petróleo ha sido la noticia de la semana. Esto ha ocurrido más que por los escasos ataques a barcos en Ormuz u otros resultados militares. La verdadera presión proviene de la paranoia de la industria, el alza en los seguros y la incertidumbre sobre la duración del conflicto.

El mercado enfrenta una pérdida diaria de entre 11 y 16 millones de barriles por la parálisis en la zona, un vacío imposible de cubrir. A esta escala, incluso las mayores reservas de emergencia apenas lograrían sostener el suministro durante poco más de un mes.

Esto ha permitido que Rusia regrese al mercado para ofrecer su petróleo, mientras China observa con ansiedad y oportunismo. Pekín sufre el aumento de costos y la caída de un aliado de los BRICS, pero celebra que Estados Unidos se "enrede" lejos de su propia zona de influencia en Taiwán.

Consciente de esta situación, Trump advirtió que hasta ahora no atacó refinerías de petróleo iraníes solo por un gesto de "clemencia". Este petróleo es, hoy por hoy, el único recurso que le queda al régimen iraní para soñar con una supervivencia a mediano plazo.

Los iraníes, en el rol de quien no tiene nada que perder, amenazaron ellos mismos con atacar instalaciones energéticas, lo que suena más a continuar alimentando la paranoia global que a una posibilidad concreta. Sin embargo, ya se sabe que el mercado está “sensibilizado” por demás.

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Vice presidente de los Estados Unidos JD Vance

Vice presidente de los Estados Unidos JD Vance

Vicepresidente de EEUU, JD Vance.

Estados Unidos: toda política internacional es nacional

En Estados Unidos, el panorama interno es complejo.

Las encuestas reflejan que más del 50% se opone a la guerra. Más aún rechazan la idea de una intervención terrestre. Para Trump, la buena noticia es que, del 40% que apoya la ofensiva, su inmensa mayoría es votante republicano.

El riesgo real para la administración republicana es el traslado del precio del crudo al bolsillo del consumidor en un año electoral. Aunque esta sea una variable que intentarán atemperar, muy difícilmente los precios del barril regresen a niveles previos al conflicto este año.

Contrario a las expectativas iniciales de una salida rápida, Trump no parece ahora mostrar urgencia por terminar el conflicto. Su rechazo a la diplomacia sugiere que no busca una tregua inmediata, sino que planea continuar hasta lograr rediseñar el tablero regional y del país persa.

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Secretario de Estado de EEUU, Marco Rubio.

El silencio de JD Vance, el desafío de Marco Rubio

En ese contexto, la prensa estadounidense interpreta el llamativo silencio de JD Vance como un calculado posicionamiento estratégico. El vicepresidente enfrenta una encrucijada ideológica, intentando preservar su perfil aislacionista sin confrontar directamente la ofensiva de Trump.

La cautela de Vance sugiere una maniobra de supervivencia para las elecciones de 2028.

Al despegarse del protagonismo bélico, Vance buscaría mostrarse más liviano en el futuro si la situación empeora. También busca liderar a los sectores más radicales de los republicanos.

El distanciamiento también expone fracturas internas sobre la ejecución táctica de la guerra. Mientras Trump admite diferencias filosóficas, Vance habría presionado por una intervención rápida y letal.

El silencio del vice también anuncia lo inevitable: el “pato rengo” está a la vuelta de la esquina. Trump no posee reelección y las encuestas no lo encuentran en su mejor momento.

Mientras tanto, Marco Rubio acepta gustoso cargar en sus espaldas la política internacional de su jefe.

Con las elecciones de noviembre en el horizonte, la decisión de cómo y cuándo terminar este capítulo está en manos de Washington. Sin embargo, para cerrar el ciclo de “Epic Fury”, Trump necesita un símbolo claro y definitivo de su victoria.

Debe demostrar que la guerra se detuvo por el cumplimiento de sus objetivos y la rendición del enemigo, y no por el temor a los mercados energéticos o a la resistencia residual de un régimen que ya no tiene cabeza. Mucho menos a las dinámicas internas del partido que siempre despreció.

El peligro para los republicanos —y para Occidente— ya excede la cuestión meramente militar, y se escenifica en que Trump haya perdido la iniciativa para simplemente reaccionar al día a día, atrapado entre urgencias tácticas y la ausencia de una estrategia de salida realista.

Los próximos días mostrarán más detalladamente quién está en lo cierto.

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