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Por Martín Giménez (*)

Viví veintisiete años en Argentina.

Llevo veinticuatro viviendo en España.

Si alguien me preguntara hoy de dónde soy, tendría dilema. Porque ya no puedo mirar a España con ojos solamente argentinos, ni a la Argentina con ojos solamente españoles. Veinticuatro años alcanzan para que un país deje de ser el lugar donde vivís y empiece a ser el lugar que también te habita.

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Eso tiene una consecuencia inesperada: cuando argentinos y españoles se pelean, perdés el privilegio de tomar partido. Empezás a querer entender.

Y eso fue exactamente lo que me pasó durante este Mundial.

Vi españoles explicándoles a los argentinos cómo debían celebrar un triunfo. Vi argentinos explicándoles a los españoles cómo debían vivir el fútbol. Vi una catarata de lecciones morales cruzadas. De pronto, un partido dejó de ser un partido y se convirtió en una batalla cultural.

Me dio pena, porque dos pueblos que se parecen muchísimo empezaban a tratarse como si fueran irreconciliables. Entonces me acordé de Unamuno y de Borges.

Unamuno veía en la envidia una enfermedad española. Esa dificultad para celebrar al que sobresale. Esa sospecha casi automática de que quien destaca, seguramente, se cree demasiado importante.

Borges, en cambio, conocía demasiado bien otro pecado. Esa soberbia tan argentina que, a veces, nos hace hablar como si el mundo estuviera esperando nuestra opinión para empezar a girar.

Durante años pensé que esas eran nuestras diferencias. Hoy creo que son nuestras caricaturas. Porque los defectos de los pueblos casi nunca nacen de la nada. Generalmente son virtudes que perdieron la medida.

La Selección Argentina, frente a su público tras la derrota en la final del Mundial contra España.

La soberbia argentina suele ser una confianza desbordada. Es la convicción de que todavía se puede desafiar lo imposible. Es el coraje de intentarlo aunque parezca absurdo. Es creatividad, irreverencia, pasión y una imaginación capaz de convertir la escasez en ingenio.

El problema aparece cuando esa confianza deja de ser impulso y se transforma en sensación de superioridad.

La envidia española, en cambio, muchas veces nace de una virtud distinta: un profundo sentido de la igualdad, una desconfianza hacia los pedestales y una sobriedad que prefiere los hechos antes que las proclamaciones.

España sabe construir, sostener y permanecer. El problema llega cuando esa saludable desconfianza termina impidiendo admirar al que brilla.

En el fondo, ambos pueblos esconden tesoros. Argentina tiene el don de creer. España tiene el don de permanecer.

Argentina enciende. España sostiene.

Argentina imagina futuros. España sabe convertirlos en realidad.

Codere registró más de 26 millones de euros en apuestas y récord en la final.

Y entonces entendí que quizá el error consiste en pensar que debemos corregirnos unos a otros, cuando en realidad lo que necesitamos es completarnos.

¿Qué pasaría si el argentino aprendiera un poco de la serenidad española sin perder su entusiasmo?. ¿Y si el español recuperara un poco de la audacia argentina sin renunciar a su templanza?

Quizá de esa mezcla pueda nacer algo nuevo, no una nueva nacionalidad. Algo mucho más interesante. Un nuevo arquetipo cultural.

Yo lo llamo iberopibe.

El iberopibe no es mitad argentino y mitad español, es completamente ambas cosas.

Tiene la pasión argentina, pero aprende la medida española. Tiene la resistencia española, pero recupera el entusiasmo argentino. Sabe creer sin convertirse en soberbio y sabe admirar sin sentirse disminuido.

El iberopibe no necesita rebajar a nadie para sentirse grande. Tampoco necesita proclamarse superior para reconocerse valioso. Celebra sin humillar. Discute sin despreciar. Critica sin odio. Escucha sin sentir que cada desacuerdo es un ataque a su identidad.

Es alguien que comprende que integrar no significa diluirse. Significa dejar que el otro nos haga mejores.

Después de haber vivido veintisiete años en Argentina y veinticuatro en España, siento que ese camino merece la pena, no para dejar de ser argentino, tampoco para convertirme en español, sino para aspirar a algo un poco más difícil.

A ser un iberopibe.

No sé si hoy puedo decir que lo soy, pero sí sé que me gustaría llegar a serlo, porque, si algún aprendizaje me regalaron estos cincuenta y un años, es que uno puede amar profundamente dos patrias sin traicionar a ninguna. Y que las fronteras más interesantes no son las que separan países, sino las que consiguen unir culturas.

Tal vez la grieta que hoy nos enfrenta sea, en realidad, el lugar exacto donde podamos empezar a construir un puente.

Y si algún día consigo cruzarlo del todo, además de convertirme en un iberopibe, tendré una motivación extra.

Con cinco Mundiales entre Argentina y España…

Por fin podré alcanzar a Brasil…

(*) Martín Giménez (@martinpugil) es Emprendedor y reside en Madrid

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