Ese espacio de no heterosexualidad es el que recorren cada día miles de personas. Algunos incluso mueven las estadísticas y después de una vida de relaciones heterosexuales deciden explorar el área de la diversidad. Sus voces, por lo general, no están en Tik Tok, en Netflix ni en algún podcast de moda. Pero ahí están.
Estos son los testimonios de cuatro personas que, después de los 30 años, salieron del clóset o simplemente encontraron una nueva forma de vivir su sexualidad.
Fito tiene 50 años y hace 10 que volvió a nacer. Que “salió del clóset”. Porque así lo expresa: “Siempre hablo de mi vida anterior y de mi vida actual, porque para mí fue como volver a nacer. Estar en paz conmigo mismo, coherente con lo que pienso, lo que hago y lo que digo. Yo soy feliz. Empecé a disfrutar verdaderamente la vida a partir de esa decisión”.
“Soy de un pueblo chico del interior, familia tradicional, historia machista, hombres muy mujeriegos, desde abuelos, padres, tíos. Tengo un único hermano varón. Soy el primero de la familia que dio el paso de hacer una carrera universitaria, a los 18 años vine a Montevideo”, dice a El Observador.
Una vez en la capital empezó a tachar de la lista de hitos obligatorios en la vida: estudió, se recibió, a los 22 años se puso de novio con una chica que también provenía de una familia tradicional y diez años después se casaron. Un año después se separó. “Para mí ese divorcio en ese momento fue lo peor que me podía pasar en la vida. Era un fracaso”.
Al mismo tiempo, esa separación fue la apertura de una puerta a la experimentación de aquello que siempre había reprimido, una atracción hacia los hombres que sentía desde su “temprana juventud” pero había mantenido únicamente en su “fuero íntimo”. “Ella fue la que tomó la resolución y se fue. Con el diario del lunes te diría que ella tenía las cosas más claras que yo”, dice ahora Fito.
“Una vez después de la separación y el divorcio, el escudo de protección que era la compañía de mi novia se derribó. Eso fue lo que me permitió empezar, muy de a poquito, el proceso de aceptación. Llegó un punto en el que yo sentía que estaba traicionando a mi familia, como que estaba teniendo una doble vida ocultando algo que no había por qué ocultar y decidí hacer terapia. La terapia fue lo que me ayudó a salir del clóset, comunicarlo a mi entorno familiar más cercano y mis socios”.
A los 40 años salió. Lo dijo. Volvió a nacer. “Una amiga me decía ‘vos hiciste exactamente lo inverso que hace todo el mundo: venir a la capital para salir de clóset y vivir la vida loca, vos te fuiste al interior, volviste al vientre materno a que te re-parieran y allá saliste del clóset’”, recuerda y deja salir una risa. Ese renacimiento, le cambió la vida.
Hoy Fito dice que tiene un pendiente: hablar con su exesposa. "Me gustaría encontrarla para agradecerle por la lucidez que tuvo y a la decisión que tomó. Ella supongo que salió mucho menos dañada que lo que hubiera salido, nadie sabe lo que hubiera ocurrido pero quizás esto hubiera pasado después de muchos años de convivencia o capaz que nunca hubiera pasado, y yo viviría una doble vida".
Para María José Durán, licenciada en Psicología con formación en diversidad y docente de Educación de la Sexualidad, eso que llamamos clóset tiene una doble funcionalidad. Por un lado, es un lugar de resguardo. Un factor protector de las distintas situaciones de violencia y vulneración que se pueden vivir por ser una persona trans o una persona no heterosexual. Pero también, es un lugar hostil. “Te resguardás por no adherir a la norma. Por algo que no pueden sostener los otros. Las personas no eligen tener una identidad de género o una orientación sexual disidente. Lo descubren, muchas veces desde la infancia, y lo que pasa es que hay personas que mueren en el clóset. Nunca pueden salir”.
“La sociedad, y la familia como parte de la sociedad, la bajada de línea, las normas, los mandatos, los patrones, las prohibiciones, los permisos vinculados con la sexualidad, marcan el camino hacia la cis-heterosexualidad. Lo que nos dicen a todos y todas es 'naciste mujer' o 'naciste varón' porque tenés determinada genitalidad y te tienen que gustar determinadas personas”, señala la especialista y considera fundamental la comprensión de que se trata de una norma sociocultural impuesta.
Entonces, la pregunta es la siguiente: ¿qué pasa si a mí no me pasa lo que me dicen que me tenía que pasar? “El tema, porque somos seres sociales, es qué pasa con la familia, qué pasa con los centros educativos y con los espacios de trabajo, con los grupos de pares. Hay todo un entorno que si es favorecedor, buenísimo. Hay un desarrollo adecuado de las personas en todos los ámbitos. Pero si no, aparece esta dificultad: el clóset se vuelve ese espacio reducido en que de alguna manera las personas se resguardan de tanta hostilidad, pero que tiene esta característica de ser muy hostil porque no están pudiendo ser quienes son”.
La psicóloga remarca entonces que cada persona tiene su propia vivencia y nadie puede sacar a alguien del clóset. “La experiencia de salir del clóset es subjetiva y solo la persona sabe cuándo, en dónde y con quién salir”.
“Es importante poder tomar contacto con que cuanto más temprano se pueda revelar, en los casos en que hay un ambiente favorecedor, esto se contrarresta en los riesgos a nivel psicopatológico. A nivel de determinados síntomas que puedan aparecer después por todas esas vivencias de discriminación, vulneraciones de derechos, hostilidad y violencia. Hay un alto porcentaje de esta sintomatología en personas que han transitado sus trayectorias vitales desde el resguardo de sus identidades o su orientación. Síntomas de angustia, ansiedad, alteraciones del sueño, alteración de las conductas alimentarias, estados depresivos, autolesiones, intentos de autoeliminación y hasta suicidios consumados por las vivencias en ese espacio tan opresivo”.
Para Durán es importante identificar cuándo empezó esta transición. El descubrimiento de que los gustos, las preferencias o la orientación no se enmarcan dentro de los parámetros impuestos por la sociedad. “Si la vivencia previa a esa salida del clóset no es de estar en el clóset, porque tenía mis gustos y mis preferencias por determinado lugar y no había una vivencia de hostilidad, o de no poder decirlo por el entorno. Bueno, habría que pensar que capaz que no había un clóset o por lo menos no estaba identificado”.
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Ana Laura Escobar hoy tiene 38 años y lo expresa de esta manera: “Nunca sentí que tuve que salir, porque nunca me sentí encerrada”. Dice que durante su infancia y su adolescencia no vivió ningún prejuicio en torno a su sexualidad, pero tampoco tuvo gente conocida alrededor de diferentes orientaciones sexuales. “Para mí no existía y nunca lo había tenido en cuenta”, sostiene.
Dice que si le hubiesen dicho hace años que estaría en una relación con otra mujer les habría jurado que no. “No se me hubiera ocurrido jamás”. “En la adolescencia empecé a tener los típicos novios. A los 20 años me fui de la casa de mis padres con mi pareja y conviví casi 10 años. En un momento me separé y tuve mi primera experiencia con alguien del mismo sexo”, cuenta.
Conoció a una mujer, unos 14 años mayor que ella, en un coro en el que ambas cantaban. Pero algo en esa relación no era igual a lo que había experimentado hasta entonces. “Nunca me hubiera imaginado en la vida. Había algo diferente, que nunca me había pasado”.
Lo primero que pasó por su mente fue “me debo estar confundiendo". Lo segundo: "Es raro, nunca me lo imaginé". Y después: “Me pasó solo con esta persona, no creo que me vuelva a pasar”. Esa relación no funcionó, en parte porque para las dos era una experiencia nueva y para la otra persona hacer pública su orientación sexual no era viable.
Años después se bajó una aplicación de citas. Intentó comenzar una relación con varones y finalmente, después del impulso de su entorno, decidió hablar también con mujeres. Fue a una cita, conoció a una chica, pero no pasó nada. Lo tomó como la confirmación de que en realidad sólo le había sucedido una vez. Pero un día la aplicación le envió la notificación de un nuevo match: Carla.
“Estuvimos hablando durante horas y a la semana nos conocimos. A los poquitos meses nos mudamos juntas, a los dos años nos casamos. Hace ocho años que estamos casadas y tenemos una bebé de un año”.
Para Ana Laura el hecho de haber comenzado una relación con una persona de su mismo sexo en la adultez puede haber cambiado la experiencia. “En general todas las historias que conozco vienen del miedo y tienen que ver con haber pasado alguna dificultad. Puede tener que ver con la edad que tenía, pero no se me pasó nada por la cabeza. Creo que no pensé en lo que iban a pensar los demás. Después con la experiencia la vida te muestra que sigue y hay cosas que no son fáciles”.
Cuando se casó, una persona que conocía de toda la vida se acercó a ella. “Siempre me imaginé que me quería felicitar y decirme 'hacé lo que quieras con tu vida'. Pero lo que me quería contar era que él de joven había tenido relaciones con hombres y que se había llevado mucho mejor que con mujeres en su vida, pero que en esa época nunca lo pudo decir. Vino a felicitarme. A decirme 'me alegro de que vos sí puedas vivir lo que sentiste y lo que quisiste vivir, que yo no pude hacerlo'”. Esa confesión la emociona hasta ahora.
“En estos años que tenemos nosotras de pareja hemos vivido muchas situaciones de discriminación. La gente cree que está todo bien, que estamos felices, que todo el mundo acepta y que está todo genial. Pero faltan muchas cosas”, dice Ana Laura antes de cortar el teléfono. En la partida de nacimiento de su hija, por ejemplo, aparece hasta el día de hoy como la figura paterna. Con una asignación masculina.
Además, explica que hay situaciones que todavía “cuestan un poco”. “Si bien pienso que hay que mostrar para que la gente lo vea como menos raro, a veces da miedo”, dice y cuenta que en su barrio “no se ve eso”. “Acá todos están casados con personas de su sexo opuesto y tienen hijos. Acá todo el mundo sabe, pero no es esa libertad que tiene una persona cualquiera”.
Fabi Macedo tiene 49 años y explica que desde su adolescencia se sentía “diferente y no lo entendía muy bien”. Lo que sabía era que podía sentir atracción por las personas, más allá de su identificación de género. Pero la vida la llevó a tener exclusivamente parejas masculinas durante su adolescencia y su juventud. Estuvo casada, vivió en el exterior y una vez de vuelta en Uruguay se dio cuenta de que su entorno era diferente al de antes de emigrar.
“Me vi en Uruguay con amigas que tenían vidas armadas, con hijos, etc. Entonces me metí en una de estas redes sociales para conocer gente. Y de hecho mi idea, aunque sé que mucha gente se ríe o piensa que no, de verdad era conocer gente. Porque no tenía con quién salir. Mis amigas no iban a ninguna parte y quería alguien aunque sea para ir al cine”.
En ese espacio virtual conoció a Maru, quien hoy –seis años después– es su pareja. “Es como redescubrirte en muchas cosas. Algunas importantes y muchas veces tontas. Si bien hay personas y personas, las mujeres tenemos características o formas de reaccionar que no son las mismas que tienen los hombres”.
Fabi es una mujer bisexual. Dice que desde muchas veces las personas que están por fuera de la comunidad queer lo ven como un periodo experimental. “Dicen 'estás probando y después volvés, y todo vuelve a la normalidad'. No lo ve realmente realmente como lo que uno siente, que siente atracción por los dos sexos o por cualquier persona. Y creo que incluso dentro de la comunidad, como no hay tanta etiqueta ni estigma relacionada con la bisexualidad lo ven como algo más light. Entiendo también que se vea como una posición no tan jugada, porque todavía hay muchísima discriminación en lo que tiene que ver con la comunidad trans y es algo que se lleva más en la piel. Entonces me parece que, si bien para nosotros la vida es un poco más fácil, todavía hay mucho camino que recorrer”.
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Leonardo Carreño
La psicóloga Durán considera también que en ocasiones se entiende a la sexualidad como invariable, cuando en realidad es un proceso que acompaña las diferentes etapas de la vida. “Hay algo de las creencias, de los mitos y de los prejuicios que tienen que ver con que la orientación sexual es fija. Y la orientación sexual no es fija. Nosotros cambiamos a lo largo de nuestra vida, no sólo en relación a la sexualidad, de gustos, de preferencias, y en esto de la atracción sexual también”, sostiene.
“Hay una cuestión que también se sustenta en esta sociedad patriarcal cis-heteronormativa, que tiene como base que si sos mujer y te gustan los varones, te van a gustar toda la vida los varones. Si sos varón y te gustan las mujeres, te van a gustar toda la vida las mujeres. Está sustentado en creencias erróneas acerca de la sexualidad. Nosotros vivimos muchos años y a lo largo de esos años la exploración de nuestra sexualidad es una parte fundamental. Lo que pasa es que también en generaciones anteriores esto no estaba tan habilitado, por eso también hoy las infancias y las adolescencias están siendo mucho más libres de poder decir quiénes son y cómo se sienten”.
Florencia González tiene 36 años y hace tres que “salió del clóset”. Pero su caso fue parte de un proceso que califica como “totalmente sorpresivo”. “Dada mi historia se ve que tenía una negación muy grande y no era como esta cosa que le pasa a mucha gente de '¿seré o no seré?' o 'tal vez soy y me da miedo, entonces no lo exploro’. Fue una especie de efecto dominó y terminó así: un día hizo clic la cabeza y todo se ordenó”.
La primera ficha de dominó cayó cuando todavía era parte de una relación heterosexual, con una persona con la que llevaba 10 años de pareja. Expresa que si bien conectaban intelectualmente, sentía que en el plano sexual algo no funcionaba. “Era esta cosa de no entender la sexualidad, la pasión, lo que todo el mundo desea tanto, que siente tanto y para mí era una cosa totalmente ajena”.
Inició entonces un proceso con profesionales en la materia. Consultó con un sexólogo, inició terapia y en una visita al ginecólogo decidió dejar las pastillas anticonceptivas que tomaba desde la adolescencia. “Dejé de tomar la pastilla y a los dos meses se me acomodó todo, básicamente”.
“Como la empecé a tomar en ese momento formativo de la sexualidad nunca pude decir: ‘antes me sentía así’ o ‘conectaba con esto y ahora no’. Para mí fue como una infancia prolongada en ese sentido. Fue como que mi adolescencia llegó a los 30 años”, expresa. Y en ese momento fue cuando entendió perfectamente que le atraen las mujeres.
“Mucha gente le dice la segunda adolescencia, porque es como descubrirte a vos en esa cosa completamente nueva. De alguna forma es como un renacimiento y en mi caso en particular es como conectar con toda una esfera de la vida que yo la presenciaba de forma ajena. Es bastante cómico, también es un poco ridículo, que ahora con treinta y pico me están pasando cosas que mucha gente ya vivió a los quince o a los veinte. Pero a la vez también te da como cierta tranquilidad, porque no soy solo yo. Esto pasa y se te va esa vergüenza o ese ridículo. No me siento tan desubicado”.
La psicóloga y docente Durán explica que una persona que logra vivir plenamente su sexualidad en la etapa adulta va a descubrir una serie de cosas que no pudo descubrir antes, porque no estaba siendo esa persona que quería ser. “Hay algo de esto de la plenitud ahí también”, detalla.
Florencia considera que la forma en la que aprendemos a vincularnos establecen cuáles son los códigos y lo que escapa de la norma. “Después te das cuenta que en realidad es toda una construcción y hay mil formas de vincularse, obviamente siguiendo patrones sanos. Es el otro lado de la moneda, por decirlo de alguna manera. Tal vez estos descubrimientos te rompen la cara, pero te das cuenta de que abarcan un montón de otras cosas”, sostiene.
Además, ese proceso inició una expansión de lo que entiende por género. “Realmente creo que el género no es algo importante, no creo que sea un parámetro necesario. Yo también veo el no binarismo como una tercera clasificación. Me parece fantástico cómo se identifica cada uno con lo que le resuena. Me resulta raro eso de 'sos hombre o sos mujer o sos no binario'. ¿Esas son las opciones? No quiero que suene como una cosa muy snob, pero realmente no me logro identificar de ninguna manera”, explica.
“Entiendo que para mucha gente el género es una verdad absoluta inamovible, depende de los genitales que tengas qué sos. Qué sos o qué tenes entre las piernas. Entiendo de que es difícil, porque está asociado a un montón de cosas que realmente del otro lado asusta, porque a mí me asustó incluso antes de entender qué me pasaba, cómo me identificaba”.
Florencia señala que desde que vive a su manera ha tenido episodios de violencia ”muy directa” en la calle. “Estoy de la mano de mi novia en la calle y me doy cuenta con quién no me tengo que cruzar”, señala. También explica que se ha vinculado con gente que no comprende su identidad y reacciona de forma violenta. “En la libertad de une misme a veces genera incomodidad del otro lado sin quererlo”, dice.
Pero hay algo que quiere remarcar: la sensación o la satisfacción de hallarse en un lugar. "Recién entre los 31 y 32 años entendí lo que era yo en ese sentido, y a pesar de que tal vez naturalmente sería para descubrir en otra etapa de mi vida, a mí la verdad me dio una vuelta tremenda y me agregó alegría, satisfacción y tranquilidad. No me quejo porque creo que terminó fluyendo todo en el mejor momento para mí”.