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En el diccionario de las plataformas de streaming, “maratonear” significa quedarse enganchado mirando una serie tras otra. “Una vida” es el tiempo de espera para el estreno de la próxima temporada de House of the dragon. “Tokio” o “Berlín” son protagonistas de La Casa de Papel en lugar de ciudades capitales. Y “tudum”, por cómo suena el inicio de cualquier reproducción en Netflix, es el título de uno de los principales eventos de la cultura pop.

Pareciera —a juzgar por algunas noticias de espectáculos, investigaciones académicas y conversaciones en algunos lugares de trabajo— que “todo el mundo” habla de series y plataformas. Pareciera que la mayoría sabe por estos días sobre Envidiosa o Emily en París. Pero la última edición de la Encuesta Continua de Hogares (ECH) muestra que el diccionario de streaming está más acotado de lo que parece.

No solo eso: el acceso de los hogares de Montevideo a servicio de streaming (ese anglicismo con que se denominan las plataformas pagas que permiten la reproducción de contenidos audiovisuales a través de internet) imita la desigualdad social. Así lo entiende la socióloga Rosario Radakovich, coordinadora de la Especialización en Gestión Cultural de la Universidad de la República.

Nueve de cada diez hogares en Carrasco —el barrio con menores necesidades básicas insatisfechas de Montevideo— cuentan con acceso a servicio de streaming. Solo uno de cada diez hogares de Casavalle (el barrio con más necesidades básicas insatisfechas de la capital) accede a este confort.

El Observador, junto al estadístico Juan Pablo Ferreira (quien acaba de ser nombrado uno de los diez autores de la guía internacional de encuestas de hogares de Naciones Unidas), analizó los últimos datos de la ECH. Y conformó un mapa que da cuenta de esta desigualdad territorial en el acceso al streaming.

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Antes —léase antes de la burbuja de las plataformas digitales— las encuestas de consumo cultural demostraban que ir al cine, al teatro o un show de música estaba condicionado por el bolsillo y el nivel educativo alcanzado. “Que exista lo digital”, dice Radakovich, “no implica que el acceso se universaliza”.

Sucede que más allá del factor económico que significa la compra del servicio, son las clases medias y altas las que legitiman la cultura: sobre qué actores se habla, sobre qué se escribe, sobre qué se estudia en las universidades.

El estudio Cartografía de fronteras digitales da cuenta de esa brecha. A jóvenes uruguayos de distintos estratos y barrios se les preguntó sobre el uso de tecnología, temas de conversación, uso del tiempo libre y plataformas. Y así como Whastsapp, Instagram o Facebook aparecen como “territorios compartidos”, hay otros territorios que se diferencian: Netflix, Spotify o Twitter (solo acceden unos pocos de determinados sectores).

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La brecha de acceso a internet en los hogares de los distintos barrios de Montevideo no es tan grande como el acceso a las plataformas de streaming. Y eso, más allá del costo que implica pagar Netflix, HBO Max, Amazon Prime o cualquier otra, significa un interés cultural.

“Gustos algorítmicos”

Marcos es uno de esos cinéfilos que repite de memoria frases como “no voy a hacerte daño, sólo voy a aplastarte los sesos” (El Resplandor), o “quiero jugar a un juego” (Saw). El terror ya no le da terror. Y la plataforma HBO Max a la que está suscrito no para de ofrecerle nuevas series y películas de esa temática.

Radakovich viene estudiando cómo las plataformas de streaming (y la inteligencia artificial que usan para predecir las preferencias de los usuarios) acaban “forzando los gustos hacia un modelo de gustos algorítmicos”. Porque a los intereses que cada uno trae, ahora la selección que hace el algoritmo lo potencia.

La estrategia es tan sutil que antes pasaba desapercibida. Uno está pensando en cambiar de auto y busca algún modelo en internet. A los días le aparecen publicidades de autos y le parece una casualidad del destino. Pero no. Fue su huella digital.

En las plataformas eso fue haciéndose evidente: si a uno le encanta un actor, es probable que le ofrezcan productos con ese actor. O un género. O un tópico. O un lugar.

Los jóvenes uruguayos que acceden a Netflix y fueron consultados por el estudio Cartografía de fronteras digitales, destacaban “la personalización de la oferta” y que ellos eran dueños de elegir dónde, cuándo, cómo y qué ver.

Pero Radakovich les pincha la ilusión: “en las plataformas no ves lo que querés, sino lo que la plataforma considera que deberías ver”. Eso, agrega, “supone un riesgos como quedar preso en el algoritmo, o solo privilegiar los contenidos que produce Netflix porque ahí está puesto su esfuerzo económico, o volverse más conservador en la diversidad de consumos culturales”.

A fines del año pasado, en Estados Unidos hubo un debate sobre la necesidad de transparentar esos algoritmos. Ocurrió luego de que gigantes como Disney + y Paramount+ (entre otros) tuvieron pérdidas millonarias tras años de auge.

Eso ya incidió en la restricción de compartir cuentas de acceso a las plataformas. En algunos países elevó el precio de las suscripciones. Y generó retraso en el estreno de temporadas de series que implican costosas producciones para capítulos cortos que los usuarios devoran en poco tiempo.

Pero, a juzgar por las estadísticas oficiales, eso son “problemas burgueses”. Más de la mitad de los hogares de Montevideo no accede a estas plataformas.

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