Era 2015 y salías del cine lleno de arena. En realidad, el polvo del desierto post apocalíptico se te pegaba hasta en los dientes. No había manera de zafar. Si entrabas a la sala, Mad Max: Furia en el camino te iba a atropellar aunque no lo quisieras. Fue una topadora de dos horas y 180 millones de dólares que rescató a la icónica saga de ciencia ficción impulsada por George Miller y Mel Gibson en 1979 —y que se había hundido muchos años atrás, bajo la Cúpula del trueno—, y se consagró como una de las mejores películas de acción, sino la mejor, del siglo XXI. Furia en el camino se llevó todo lo que pudo —seis Oscar, 350 millones de dólares de recaudación, aplausos de todo tipo— y también dejó de todo: desde un tipo que se dedicaba a musicalizar las interminables persecuciones por el desierto con una guitarra eléctrica que escupía fuego, hasta un nuevo personaje icónico, el de Charlize Theron como Furiosa.
Y con ella estamos ahora.
Lo que hicieron Theron y Miller con esa conductora de camiones calva, a la que le faltaba un brazo y que podía con el mundo entero fue tan bueno —hay que decirlo: ella, no el Max Rockatansky de Tom Hardy, era la verdadera protagonista de Furia en el camino— que parecía casi una obligación recuperarla. Nueve años después, sucedió: Furiosa: de la saga Mad Max se acaba de estrenar en cines uruguayos y ya marcó la carretera del calendario cinematográfico. Sin estar a la altura de su imbatible predecesora, es una trepidante historia de orígenes que habilita a que la saga de Miller vuelva a entregar algunas de las mejores secuencias de acción del año.
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En su regreso a la pantalla grande, Furiosa cambia las facciones de Theron por las de Anya Taylor-Joy, de quien uno podría decir sin miedo a equivocarse que una de las diez estrellas de Hollywood más solicitadas y cotizadas de la actualidad. La intérprete de La bruja y Gambito de dama se pone al hombro durante tres cuartos de película una de las versiones jóvenes de Furiosa, de la que esta suerte de spin-off / precuela narra infancia y primera madurez, así como la historia de venganza que marca su destino.
Lo primero que hay que decir es que es evidente que Miller estaba preocupado por las comparaciones. La distancia con Furia en el camino no es tanta, el impacto todavía está fresco, y la idea de una nueva entrega sobre los orígenes de este personaje ya hacía pensar en los puntos de contacto narrativos y estéticos con aquella aventura.
Lo cierto es que el tono y la forma son bastante diferentes: a partir de una estructura episódica manifiesta, Furiosa saca varias veces el pie del acelerador para trabajar más las relaciones entre los personajes, la forma en la que este entorno sádico y despiadado va horadando y galvanizando a la vez el espíritu de la protagonista, hasta concluir (literalmente) en el personaje que conocimos en 2015. Consciente de que la propuesta debía ser otra, y apostando a una mayor complejidad estructural, Miller consigue de todos modos pautar su historia con las dosis de acción esperadas, y en ocasiones son deslumbrantes —aunque la preferencia por los efectos digitales antes que los prácticos se hace sentir (para mal)—.
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En ese sentido, y a pesar de que consigue con éxito apropiarse y expandir el universo de Mad Max de una forma que recuerda más a la segunda entrega, la de 1981, que a otra cosa, Furiosa tiene algunos problemas a la hora de superar ciertas lagunas que aparecen sobre su último tercio, y que resultan más evidente en una conclusión que no termina de arañar los puntos elevadísimos que uno, como espectador, se encuentra en el meridiano de la función. Por ejemplo: el asalto a la Granja de balas, una de las secuencias más impresionantes de la película, y su consiguiente desenlace (no muy clemente para los intereses de los héroes).
Por otro lado, y aunque su entrega es total y su talento evidente, hay algo que desentona en la presencia de Taylor-Joy como la protagonista del título, una sobreviviente de un mundo que no teme despedazar con saña a sus habitantes y reírse mientras los perros mastican los restos. En una película tan física, visceral y violenta como esta —mucho más, incluso, que Furia en el camino—, el contrapunto entre la fisonomía de la actriz y las dimensiones de su despliegue no parecen terminar de coincidir. Daba la sensación de que la Furiosa de Theron podía cargarse todo el apocalipsis en los hombros; en Taylor-Joy, la certezas no son tan firmes. ¿Es un personaje en construcción? Posiblemente. Pero aún así. Y ahí está otra vez la comparación inevitable.
Al lado de la estrella protagonista, aparecen otros dos rostros que serán ejes de su misión, el del inglés Tom Burke (The Souvenir) como una especie de mentor del camino, y Chris Hemsworth como Dementus, el villano que marca la vida de Furiosa y que representa el foco de su ira y hambre de justicia. Hemsworth es una opción curiosa para el personaje, pero entre el patetismo, la sobreactuación y el delirio místico-violento en el que siempre parece estar sumido, sale mejor parado de lo que a priori se podía aventurar.
Furiosa, al final, cede: algunas decisiones que la acercan a Furia en el camino se sienten un poco raras —sobre todo la insólita decisión de incorporar escenas de la película del 2015 en los créditos— y conspiran contra la idea de que nadie las compare, pero al final incluso en el paralelismo hay buenas noticias: la nueva entrega de la saga Mad Max es un combo explosivo de acción, emoción y venganza que mantiene el interés en su personaje protagonista y expande con acierto el universo de la saga. Uno no se va de la sala masticando arena y sintiendo que lo atropelló un camión cisterna conducido por un maniático enmascarado, pero sí con la sensación de haber pasado dos buenas horas al ritmo de una franquicia que no se agota y mantiene una línea de calidad envidiable para estos tiempos de entretenimientos perezosos. Qué más se le puede pedir a una película como esta.