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La barman los mira y pregunta:

— ¿Qué les sirvo?

La artista responde:

— Algo creativo, algo único, algo que nunca se haya hecho.

La galerista, con una sonrisa astuta:

— Lo que cueste menos, pero que sobre todo suba de precio mañana.

La curadora suspira y dice:

— Yo solo vengo a darles contexto, porque sin contexto, ni el arte ni la conversación tienen sentido.

La coleccionista, mirando el ambiente, responde:

— Yo aún no se, ¡estoy esperando que el bar se ponga interesante!

Al final, nadie pidió nada. Y cada uno de los protagonistas en este pseudo chiste tiene su papel en el guion. Cada uno de ellos, juega un rol importante en la circulación del arte y su percepción en la sociedad. El artista imagina la obra, el galerista se ocupa de su materialización, el curador contextualiza al artista y su obra, y el comprador tiene el poder de determinar el valor.

Cada uno de ellos es una pieza fundamental en el engranaje que si están en sincronizadas permiten el correcto funcionamiento del ecosistema artístico. No hay una sin la otra.

El galerista que a menudo se menosprecia, es clave. Es visionario, porque identifica el potencial de un artista y de una obra, sea ese potencial económico, cultural o histórico.

Y es responsable de transformar la obra de arte en una presencia tangible en el mundo.

¿Qué significa? Que no solo invierte económicamente en la producción de la obra, invierte en exponer la obra en su galería, gestiona su promoción en contextos institucionales, académicos, y en el mejor de los casos concreta ventas a privados como colecciones publicas. Desde Martha Jackson, una de las primeras en promover artistas como Jasper Johns y Robert Rauschenberg en Nueva York en los años 50, hasta Silvia Arrozés una de las primeras en promover artistas como Gerardo Goldwasser y Marco Maggi en Manantiales, los galeristas son clave en el apoyo al arte y en la promoción de artistas jóvenes.

El galerista facilita que el arte sea accesible y reconocido.

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