Brasil acude a las urnas este domingo 4 de octubre en unas elecciones marcadas por la polarización, los escándalos de corrupción y la inseguridad. Según el último informe de Goldman Sachs Research, lo más probable es que la contienda, en la que se enfrentan el presidente Luiz Inácio Lula da Silva con el senador Flávio Bolsonaro, se resuelva en una segunda vuelta.
El documento, titulado "Brasil vota: demasiado reñido, una elección conocida, un ajuste fiscal", firmado por los economistas Alberto Ramos y Panteleymon Semka, describe un escenario de gran equilibrio. Lula lidera por un margen estrecho muchas de las encuestas de primera vuelta, pero en un eventual balotaje los sondeos apuntan a una carrera "virtualmente empatada". El banco habla de un "empate estadístico" entre ambos, con un margen de error de más o menos dos puntos porcentuales.
La demanda de la sociedad en Brasil
Los dos candidatos concentran cerca del 85% de las intenciones de voto y cuentan con apoyos muy arraigados, pero también con un alto nivel de rechazo. Por eso, los analistas creen que el resultado dependerá de la participación y del voto táctico. Si hay segunda vuelta, los apoyos que ofrezcan los candidatos eliminados serán, según el informe, un factor importante.
Otro de los hallazgos es que las preocupaciones ciudadanas se han desplazado. "La seguridad pública y la corrupción ya pesan más que las demandas sociales tradicionales. El descontento económico, sin embargo, sigue siendo alto pese a un mercado laboral resistente y a mayores transferencias fiscales", dice Goldman. Según el informe, una parte significativa de los hogares se siente asfixiada por la inflación, por el peso del servicio de la deuda y por la percepción de que su poder adquisitivo está estancado.
El análisis, basado en datos de la encuestadora Quaest, añade un matiz político: los votantes de Flávio Bolsonaro se muestran comparativamente más preocupados por el estado de la economía y por la corrupción.
Déficit fiscal por las nubes
El informe prevé que el Legislativo seguirá siendo fragmentado y autónomo, con inclinación hacia partidos de centro y centroderecha. El Senado y las gobernaciones estatales podrían, incluso, girar algo más a la derecha. La consecuencia, apunta Goldman Sachs, es que cualquiera de los dos tendría que construir una amplia coalición multipartidista, de modo que la gobernabilidad, la negociación presupuestaria y la gestión de alianzas serán decisivas.
El núcleo del documento está en la economía que heredará el ganador. El banco enumera grandes déficits fiscales, una deuda pública "alta y creciente" por encima del 82% del PIB, inflación persistente, política monetaria restrictiva, demanda en desaceleración y un crecimiento potencial débil. Uno de los gráficos del informe subraya que la deuda bruta del gobierno general aumentó de forma significativa durante el actual mandato de Lula.
Los economistas dibujan dos rumbos posibles. Con Lula, esperan que se preserve un modelo de fuerte presencia estatal, con apenas una moderada contención del gasto. Con Bolsonaro, anticipan una agenda más favorable al mercado, centrada en recortes de gasto, privatizaciones, concesiones y un ancla fiscal más sólida.
El veredicto de las elecciones y la economía
Más allá de quién gane, el banco de inversión es claro sobre lo que esperan los inversores. "El mercado terminará premiando la claridad, el propósito, las medidas convencionales y un sentido de urgencia ante las vulnerabilidades fiscales", remarca. Esa respuesta, añade, abriría más margen para una flexibilización monetaria sostenida, es decir, para bajar los tipos de interés con mayor holgura.
Los economistas de Goldman cierran con una advertencia: el verdadero veredicto llegará después de las elecciones, "cuando las promesas fiscales y la estrategia se encuentren con la realidad política". El informe abre con una cita atribuida a Herbert Hoover sobre los jóvenes que "heredarán la deuda nacional", una elección retórica que anticipa el mensaje de fondo.
El análisis de Goldman Sachs deja una conclusión incómoda para ambos candidatos: el 4 de octubre se decide quién gobernará, pero no se resuelve el problema. Con una deuda en ascenso, un Congreso que condiciona cualquier reforma y un electorado fatigado por el costo de vida, la próxima administración tendrá poco margen para postergar decisiones. Por eso, la gran incógnita de estos comicios no es solo quién ganará, sino quién tendrá la capacidad política de ordenar las cuentas públicas.