10 de septiembre de 2026 14:16 hs

Cuando los aviones se estrellaron y los edificios colapsaron aquella soleada mañana del 11 de septiembre de 2001, el impacto de los atentados trascendió los límites del Bajo Manhattan, los campos de Pensilvania y las afueras de Washington DC. Sus efectos provocaron una transformación rotunda en la forma de vida de Estados Unidos y el mundo.

La normalización de la vigilancia masiva, la reestructuración del aparato estatal, la transformación radical de los sistemas migratorios y aeroportuarios, así como la constante percepción de una amenaza externa, alteraron la vida cotidiana por completo, destruyendo la sensación de seguridad de los estadounidenses y un cuarto de siglo después, las secuelas persisten.

Las transformación en la política exterior y la vigilancia masiva

El impacto inmediato del 11-S transformó la arquitectura misma del Estado estadounidense. La respuesta gubernamental dio origen al Departamento de Seguridad Nacional (DHS) y al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), instituciones que redefinieron los esquemas de seguridad y vigilancia en todo el país.

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Asimismo, los atentados marcaron un punto de inflexión radical en la política exterior de Washington, orientándola hacia las intervenciones militares preventivas en el marco de la denominada Guerra contra el terrorismo. Bajo esta doctrina, Estados Unidos ejecutó múltiples operaciones internacionales, como las campañas de Afganistán e Irak, y habilitó la base naval de Guantánamo para la detención y procesamiento de prisioneros bajo estrictos regímenes de seguridad.

La inmigración, que ya era un asunto polémico antes de los atentados, adquirió una nueva dimensión de temor y desconfianza. Gran parte de esta sospecha recayó sobre la población de fe musulmana o proveniente de países de mayoría islámica, debido al origen de los terroristas que secuestraron los aviones.

Por ejemplo, en 2002, el gobierno implementó el Sistema Nacional de Registro de Entrada y Salida que exigía a los hombres no ciudadanos mayores de 16 años procedentes de 25 países, en su casi totalidad de mayoría musulmana, registrarse ante las autoridades al ingresar al país o en las oficinas de inmigración si ya residían en él. Diversas organizaciones denunciaron el programa por considerarlo un acto de discriminación racial y religiosa, hasta que finalmente fue desmantelado en la década siguiente.

“La idea de que existe esta amenaza externa en forma de personas con este aspecto o procedentes de determinados países impulsó la reorganización del Departamento de Seguridad Nacional y ha seguido impulsando la forma en que hemos financiado y contribuido a la intensificación de la seguridad de nuestro sistema de inmigración y de la sociedad en general”, afirmó Jayesh Rathod, profesor de la Facultad de Derecho de Georgetown, AP.

Esa percepción se refleja en la existencia de la Administración de Seguridad en el Transporte y en el endurecimiento general de las medidas de seguridad en la sociedad en su conjunto.

“La idea de que debemos hacer todo lo posible para protegernos de esta amenaza, sea cual sea, una amenaza amorfa, se ha normalizado por completo”, dijo Rathod.

Un giro en la percepción de la amenaza

Sin embargo, a 25 años de los ataques perpetrados por Al Qaeda, las prioridades de seguridad de los ciudadanos estadounidenses experimentó un viraje. Mientras que en la década posterior al 11-S el temor se concentró en células terroristas internacionales, las dinámicas actuales muestran una preocupación creciente por el extremismo ideológico dentro de sus propias fronteras.

Una encuesta realizada por Reuters/Ipsos a mediados de 2013 mostraba que el 28% de los estadounidenses consideraba el terrorismo extranjero como la principal amenaza para su seguridad, frente a un 21% que señalaba al terrorismo interno y un 51% que temía más a los actos de violencia aleatorios.

En contraste, un nuevo sondeo efectuado entre el 28 y el 31 de agosto de 2026 evidencia una transformación en estas prioridades: al ser consultados sobre el mayor riesgo para el ciudadano promedio, el 33% de los encuestados eligió el terrorismo interno, superando al 20% que optó por el terrorismo internacional, mientras que el 42% señaló a los tiroteos masivos y hechos de violencia aleatoria.

Cómo el 11-S cambió la forma de volar

Otra de las formas en que el 11-S dejó una huella indeleble en Estados Unidos y el mundo fue en la manera de viajar por aire, representando una de las transformaciones más perceptibles en la vida cotidiana global.

Por lo general, para tomar un vuelo comercial desde un aeropuerto de Estados Unidos se requiere un control de seguridad del gobierno federal, una tarjeta de embarque o autorización previa para acercarse a la puerta de embarque, y prestar mucha atención al contenido del equipaje de mano. Pero no siempre fue así.

Antes del 11 de septiembre de 2001, la seguridad aeroportuaria estaba en manos de contratistas privados, el acceso a las puertas de embarque no requería boletos confirmados y no existían restricciones severas sobre equipajes de mano o líquidos.

Los atentados demostraron que las aeronaves podían ser utilizadas como armas, obligando a reescribir los protocolos de aviación mundial. El Congreso de EEUU creó la Administración de Seguridad en el Transporte, implementó la inspección del 100% del equipaje, reforzó las puertas de las cabinas de los pilotos y desplegó agentes federales en vuelos comerciales.

Los procedimientos que siguen hoy en día los pasajeros aéreos se fueron construyendo capa por capa. Con el tiempo, el sistema evolucionó hacia el uso de listas de vigilancia, investigaciones de antecedentes y programas de verificación previa para agilizar las filas, marcando el fin de la era de los viajes aéreos sin restricciones.

La verdad sobre el aire tóxico de la Zona Cero

Los ataques del 11-S dejaron 2.977 muertos en Estados Unidos, en su mayoría por el derrumbe de las Torres Gemelas en Nueva York. Sin embargo, las muertes posteriores causadas por enfermedades derivadas de la exposición a los escombros y al polvo tóxico del Bajo Manhattan ya llegan a contabilizar más de 9.400 personas.

En la víspera del 25 aniversario, el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, anunció la divulgación de más de 170.000 páginas de documentos oficiales que demuestran que las autoridades municipales conocían los riesgos del aire tóxico pero ocultaron la información para limitar su responsabilidad legal.

"Son documentos que muestran lo que la ciudad sabía sobre el aire tóxico alrededor de la Zona Cero, cuándo lo supo y cómo actuó para limitar su responsabilidad", dijo el alcalde en una rueda de prensa.

La publicación de estos archivos, producto de un acuerdo con la organización 9/11 Health Watch, expone que cuatro administraciones locales sostuvieron ante el público y el Congreso que el aire era "seguro" tras el colapso del World Trade Center.

"Durante 25 años, cuatro diferentes administraciones municipales ocultaron al público, al Congreso de Estados Unidos y al Ayuntamiento documentos que mostraban lo que la Ciudad sabía realmente sobre el peligro de los químicos tóxicos en el Bajo Manhattan y el oeste de Brooklyn tras el derrumbe del World Trade Center, incluso mientras funcionarios de la ciudad seguían transmitiendo al público el mensaje de que el aire era 'seguro y aceptable'", afirmó el director del grupo, Benjamin Chevat, en un comunicado.

Los documentos salpicaron las gestiones de los exalcaldes Rudy Giuliani y Michael Bloomberg, dejando al descubierto decisiones gubernamentales que comprometieron directamente la salud de miles de socorristas y residentes.

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