Una señora mayor se arrodilla en el pasto para escuchar. León XIV da su primer discurso en Uruguay en el que hace mención y detalla el Éxodo Oriental que está representado en el friso del monumento a Artigas en la Plaza Independencia. La mujer lo mira a través de una pantalla, al igual que las demás personas reunidas en Plaza Matriz. Todas esperan y miran hacia el único dispositivo que les permite seguir el recorrido del papa. Esta es la primera vez que el pontífice visita el país y es la primera oportunidad que tienen de conocer a un papa en su propia tierra. Son personas que esperan un momento -aunque sea un instante- para tocarle la mano, para escucharlo, para mirarlo. Para tenerlo cerca.
Hay varios momentos de emoción entre la marea de lo que —aparentemente— es un evento tranquilo. Uno de ellos es cuando León XIV baja del avión y toca suelo uruguayo. El puñado de personas que se encuentra en frente a la Catedral Metropolitana de Montevideo lo mira descender de las escalinatas del avión y grita, aplaude, se emociona.
Una niña llora y la madre la levanta del piso. Tiene los colores de la bandera del Vaticano pintado a dos rayas en los cachetes: blanco y amarillo. Otro niño corre disfrazado de pastor. Una mujer camina con una ramita de olivo guardada en la mochila, que se le escapa del bolsillo. Otra, una monja, busca su velo negro que se voló por el viento. Un puñado de personas —no más de 200, no menos de 100— se arremolina junto a las vallas que marcan el lugar donde, horas después, pasará el papa León XIV.
Aún hay pocas personas, pero se anticipa.
—Soy una enamorada del papa León, ¡lo amo!
Mónica abre un libro con mucho cuidado, con respeto, casi: es la biografía de Robert Prevost, que intentará —si tiene suerte— acercarle a su protagonista para que lo firme. Dentro del libro tiene guardadas fotos impresas de León XIV: una de su primer discurso luego de ser nombrado papa, pero también otra de cuando era bebé. Las fotos son capturas de pantallas impresas de la red social TikTok. Mónica también quiere que el papa le firme una foto de la hija, aunque aclara que no es creyente como ella. Cuando sostiene las fotos del papa, dice que lo ama, que lo está esperando desde la mañana, que quiere charlar con él.
La carta que Mónica recibió del Vaticano.
Uno de los papeles que muestra es la carta que le envió el Vaticano. El papel dice que es de noviembre del 2025; en él, se puede leer lo siguiente: “El papa León XIV ha recibido su amable escrito y agradece su gesto de comunión y cercanía afectuosa, a la vez que imparte de corazón la Bendición Apostólica, que extiende a su familia y demás seres queridos”.
Mónica usa tres pins con la cara de León en su solapa. Tiene puesta, también, una remera del pontífice. Tiene las uñas pintadas de amarillo y blanco. Cuando una persona se le acerca, ella le dice que está ahí hace rato, que ese lugar es suyo.
—Cuando venga León XIV, todos tienen que estar sentaditos.
Una persona de seguridad le advierte a los niños que se encuentran sobre las vallas que deben tener cuidado y seguir el protocolo. Ellos verán, en unas horas, al papa y podrán hacerlo desde muy cerca. Son muchos y están vestidos de personajes bíblicos: pequeños pastores, vírgenes, curas y monjas. Recibirán al papa mientras él hace su recorrido en un carro de golf desde el Cabildo hasta la Catedral.
“Los niños del papa, esos somos”, cantan, de a tramos, durante toda la jornada. También cantan la canción oficial de la visita del papa a Uruguay. En particular, repiten: “Una gran alegría. Vengan todos, que les anuncio una gran alegría. Una gran alegría, una gran alegría”.
La Plaza Matriz se va llenando a medida que pasan las horas; cerca de las seis y media de la tarde, durante el discurso del papa León en Plaza Independencia, las personas girarán su atención de las vallas hacia la pantalla para escuchar qué tiene para decir. Aplaudirán en intervalos: habrá aplausos cuando mencione la importancia de la familia; habrá aplausos cuando mencione la democracia.
Cerca de una hora después, León XIV estará recibiendo las llaves de la ciudad de mano del intendente Mario Bergara —una parada breve, mínima, por el Cabildo de Montevideo— y seguirá su camino entre la gente hacia la Catedral.
No hay que verlo para saber que llegó. Las personas gritan y sacan sus teléfonos celulares: los flashes de las cámaras iluminan su camino. Él sonríe. Cuando llega a la Basílica, se baja y empieza a caminar a pie. Las personas gritan más fuerte. Gritan “papa”, gritan “León”, gritan entre sí para que otras personas se corran y no obstruyan su visión. Graban todo. León no se detiene: avanza y entra a la Catedral para lo que será su penúltima instancia de aparición pública.
Dentro de la Iglesia todos estarán con el celular en mano, preparados para la aparición del Santo Padre: obispos, sacerdotes, monjas, diáconos y seminaristas. Desde la organización pedirán que dejen los dispositivos de lado, y dirán que el papa "vino para estar con nosotros". Será un encuentro a puerta cerrada, pero habrá prensa y se trasmitirá en vivo, para todas las personas que seguirán la ceremonio en la Plaza Matriz.
Luego de escuchar unas palabras de bienvenida que le dará el presidente de la Conferencia Episcopal, Milton Troccoli (obispo de Maldonado, Punta del Este, Minas), el papa pronunciará su primer homilía en la que comentará la oración pronunciada antes. Invitará a los obispos de todo el mundo a convocar jornadas de oración por las vocaciones. "Invito a mis hermanos, los obispos de todo el mundo a promover en sus diócesis jornadas de oración y ayuno por el aumento de vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Que las parroquias, las familias y las comunidades religiosas se unan".
Esta vez, vestirá una capa pluvial elaborada en satén triple verde por la diseñadora uruguaya Florencia Arrosa y confeccionada por la modista de alta costura Laura Sorhuet. La pieza central será un un broche bañado en oro, hecho por Isabel Navarro, diseñadora de tocados.
También habrá una mención a la pila bautismal donde fue bautizado José Gervasio Artigas, como "un recuerdo de la vida de su pubelo" que se conserva en la Catedral, y al beato Jacinto Vera, enterrado allí, el primer obispo de Montevideo, cuyos pies "recorrieron los caminos de Uruguay para llevar el evangelio a su pueblo" y cuyas manos "bendijeron, socorrieron a los pobres y administraron los sacramentos".
Dirá, también: “En Jesús hemos conocido cómo nos mira y cuánto nos ama. Queridos hermanos, ese amor de Cristo ha querido llegar ante personas también por medio de ustedes. Sus ojos han visto crecer a generaciones enteras y han descubierto lágrimas que pasaban inadvertidas”.
Un par de horas después —desde la Nunciatura Apostólica, donde se alojará— y antes de irse a descansardirigirá unas últimas palabras a las decenas de personas que lo esperaron con cantos: “Veo que Uruguay es un país de jóvenes que tienen fe”.