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Hace 29 años, en una vivienda precaria de Soriano, a pocos kilómetros del río, Verónica Vespa empezó a convivir con una frase que todavía recuerda.

"No podés".

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Al principio no eran exactamente palabras. Eran ausencias. Eran comidas que no siempre alcanzaban. Una madre desbordada por la crianza de ocho hijos. Un padre que desaparecía durante horas buscando alguna changa para llevar dinero a casa. Era, también, un Estado que concluía que aquella niña no podía quedarse allí y la trasladaba a una casa cuna.

De aquellos primeros años conserva pocos recuerdos nítidos. Pero hay una escena que regresa una y otra vez.

—Me acuerdo jugando con una túnica imaginaria. Me paraba frente a otros niños y hacía como que les enseñaba.

La imagen parece sencilla. Una niña jugando. Pero, vista a la distancia, también parece una premonición.

Las casas cuna no están pensadas para siempre. Cuando cumplió cinco años tuvo que marcharse. Y aunque aquel lugar le había dado protección, empezaba a resultarle asfixiante.

Poca intimidad. Poca calidez. Demasiadas reglas.

Entonces llegó una oportunidad.

Una familia sustituta aceptó recibirla junto a una de sus hermanas. Verónica todavía habla de ellos como "el señor" y "la señora", una forma de nombrarlos que mezcla cariño, respeto y una distancia que el tiempo nunca terminó de borrar.

—Acepté porque en el hogar pasaba encerrada casi todo el día. Yo quería salir. Quería ir a la plaza, al río, jugar con otros niños.

Por primera vez sintió que el mundo se agrandaba.

Pero la experiencia duró hasta los nueve años.

La recuerda como una etapa feliz. Una de las hijas de la familia se convirtió en su gran compañera de aventuras. Sin embargo, para consolidar ese nuevo vínculo apareció otra condición: debía alejarse de su madre biológica.

Otro "no podés".

No podés verla.

La única forma de reencontrarse con ella fue regresar al sistema de protección estatal.

Fue en aquel hogar del INAU donde su sueño empezó a tomar forma definitiva. Ya no era solamente un juego. Era la niña que ayudaba a sus compañeras con los deberes. La que disfrutaba explicando. La que encontraba en sus maestras algo parecido a un faro.

Ellas fueron las primeras en decirle algo distinto.

"Sí podés".

Le gustaba todo de la escuela: escribir en el pizarrón, las canciones patrias, los experimentos en el laboratorio, el recreo, el orgullo de ser abanderada. Y cada tarde repetía el mismo ritual: volvía del aula y ayudaba a otras niñas con las tareas.

Por eso, cuando tuvo la posibilidad de permanecer un año más en el hogar para terminar primero de liceo, ni siquiera lo dudó.

Eligió estudiar.

Hasta que regresó a vivir con su madre biológica.

Y volvió a escuchar las palabras que más temía.

—No podés estudiar porque sos pobre. ¿Para qué vas a perder el tiempo en eso? Hay que salir a trabajar.

La frase le cayó encima como una sentencia.

Dos meses después de volver a convivir con su madre, escapó de la casa para hablar con el director de un hogar de adolescentes del INAU. Quería reingresar.

Quería seguir estudiando.

Pero esta vez el refugio que encontró no era el mismo.

El hogar de adolescentes al que ingresó estaba habitado por muchachas mayores, con historias más ásperas y urgencias distintas. Algunas se escapaban durante días. Otras consumían drogas. Muchas cargaban heridas que se manifestaban en forma de rabia.

Verónica sintió que no pertenecía a ese lugar.

—Ellas andaban en otra. Yo lo único que quería era estudiar.

Duró poco.

Terminó haciendo lo que en la jerga institucional llaman una "salida no acordada". Un nombre prolijo para una decisión desesperada.

Se fue.

Caminó hacia la casa de una hermana mayor, que ya había formado su propia familia. Allí encontró algo que necesitaba tanto como un techo: tranquilidad.

Desde ese rincón recompuso su rutina. Descartó una oferta de prácticas deportivas en Maldonado. Volvió al liceo. Volvió a los cuadernos. Volvió a imaginarse un futuro.

Y también conoció a un muchacho.

Primero fueron compañeros. Después novios. Más tarde compartieron una casa bajo el mismo techo que la familia de él. Parecía que, después de tantos traslados y despedidas, la vida finalmente empezaba a estabilizarse.

Entonces apareció otro obstáculo.

Tenía 16 años cuando quedó embarazada.

Otra vez sintió que el camino se estrechaba.

Mientras las compañeras hablaban de exámenes, salidas y proyectos, ella aprendía palabras nuevas: ecografías, contracciones, lactancia.

Y junto con el embarazo llegaron los comentarios.

"No vas a poder seguir estudiando."

"No te va a dar el tiempo."

"Ahora tenés que dedicarte a tu hijo."

Las frases provenían de distintas voces. Algunas bienintencionadas. Otras no tanto. Pero todas transmitían el mismo mensaje.

No podés.

Fue precisamente en ese momento cuando apareció una de las personas que más terminarían influyendo en su historia.

La madre de su pareja.

Era maestra.

Y en lugar de enumerarle obstáculos, hizo algo mucho más simple.

La animó.

—Vos podés.

A veces una vida cambia por una gran oportunidad. Otras veces cambia porque alguien pronuncia las palabras correctas en el momento exacto.

Verónica empezó a sostener dos jornadas simultáneas.

Durante el día era madre.

De noche era estudiante.

Algunas veces llegaba al liceo después de cambiar pañales. Otras asistía con horas de sueño acumuladas. Más adelante nació su segundo hijo y la organización cotidiana se volvió todavía más compleja.

Los plazos se estiraron.

Las materias demoraron más de lo previsto.

Pero siguió.

Terminó el bachillerato.

Trabajó donde apareciera una oportunidad. Cortó leña en el monte. Vendió sandías. Hizo cuentas para que el dinero alcanzara. Aprendió a convivir con el cansancio.

Y aun así, el sueño de la túnica blanca seguía ahí.

Esperando.

Lo curioso es que el obstáculo más difícil ya no vino de afuera.

No fue una madre.

No fue una institución.

No fue la pobreza.

Fue ella misma.

Durante años se convenció de que convertirse en maestra era demasiado para alguien con su historia.

—Me quedó tan marcado que no podía porque era pobre que terminé poniéndome un límite yo sola.

Por eso eligió inicialmente otra carrera: profesorado de Ciencias Biológicas.

Parecía una meta más alcanzable.

Más realista.

Menos ambiciosa.

Pero los sueños tienen una forma extraña de insistir.

Cada vez que se acercaba a un salón de clases, cada vez que ayudaba a alguien a aprender, cada vez que recordaba a aquella niña que jugaba con una túnica imaginaria, la idea volvía.

Hasta que un día dejó de buscar excusas.

Y se escuchó a sí misma decir algo que nunca había dicho.

Es mi momento.

Entonces ingresó a Magisterio.

No fue fácil.

Había hijos que criar, cuentas que pagar y horarios que acomodar. Pero también había algo que ya no estaba dispuesta a perder: la certeza de que tenía derecho a intentarlo.

En los cursos volvió a encontrarse con personas que habían conocido su historia desde los tiempos del INAU. Algunos eran exfuncionarios de aquellos hogares donde había crecido.

Y al verla allí, sentada en un salón de formación docente, le repetían una frase que parecía perseguirla desde la infancia.

—Vos podés. Vos siempre podés.

En mayo de este año llegó el día.

maestra dos

Después de décadas de idas y vueltas, de hogares, mudanzas, ausencias, maternidad temprana y trabajos ocasionales, Verónica Vespa recibió el título de maestra.

La niña que alguna vez había jugado a enseñar ya no necesitaba imaginar una túnica.

Ahora la llevaba puesta.

Hoy trabaja frente a un grupo de alumnos. Escribe en el pizarrón. Corrige cuadernos. Explica. Escucha.

Hace exactamente aquello que soñaba cuando todavía era una niña institucionalizada que apenas conocía el mundo más allá de las paredes de un hogar.

Como ella, cuatro de cada diez menores que están en el sistema de protección pasan tres años o más institucionalizados. Pero su historia es la que, después de tantas roturas, tuvo un final distinto al de la mayoría.

Su madre biológica murió antes de verla graduarse.

Pero una frase quedó resonando para siempre.

Una frase que Verónica tomó, corrigió y convirtió en legado.

Por eso, cuando alguno de sus alumnos siente que la realidad le marca límites demasiado estrechos, ella intenta ofrecerle algo que durante años necesitó escuchar.

—Vos podés. Si tenés una meta, andá por ella. No importa lo que te digan. No importa de dónde venís. Importa hacia dónde querés ir.

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