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Los directores de las escuelas públicas recibieron este martes una indicación que, en apariencia, solo cambia unas pocas palabras. Ya no conviene convocar a "reuniones de padres". Tampoco pedir la autorización del "padre o la madre". Desde ahora, la recomendación es hablar de "adultos referentes".

El cambio no responde a una discusión sobre lenguaje inclusivo ni a una moda burocrática. Refleja algo mucho más profundo: en Uruguay, apenas la mitad de los niños en edad escolar vive con un padre y una madre bajo el mismo techo.

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El recordatorio surgió después de que una docente advirtiera que muchas comunicaciones oficiales seguían describiendo una realidad familiar que hace tiempo dejó de ser mayoritaria. La observación abrió una pregunta más amplia: ¿cómo están compuestas hoy las familias uruguayas?

Si por “reunión de padres” se llama a la madre y al padre que viven ambos bajo el mismo techo que su hijo o hija, solo aplica el término para el 49,8% de las personas en edad escolar. A ellos se les suma menos que un punto porcentual en que ambos progenitores están en el hogar, pero son del mismo sexo. Y no hay manera de calcular con exactitud los que tienen padres divorciados y en que ambos se hacen cargo por igual como “adultos responsables”. Así lo calcula para esta nota El Observador y el especialista en Economía Aplicada Juan Ignacio Pintos.

Las chances de habitar en un mismo hogar con ambos padres (sin importar su sexo) varían según el contexto. En Montevideo queda claro cuando se mira la diferencia barrio a barrio:

En Carrasco, el barrio más “rico” de la capital, más del 84% de los niños en edad escolar viven en hogares de ese tipo. En la zona con más necesidades insatisfechas (Casavalle, Las Acacias y Tres Ombúes), no llega siquiera al 40%.

A la inversa, entre los más pobres aumentan aquellos que viven con los abuelos o tíos (esté o no uno de sus progenitores). Y empieza a ser bastante parecida la distribución de los hogares monoparentales.

Hace apenas unas dos décadas sostener un hogar con un solo adulto era mucho más difícil. El aumento de la participación femenina en el mercado laboral, la expansión educativa, el crecimiento económico y la caída de la pobreza modificaron ese escenario y permitieron que muchas más mujeres pudieran criar a sus hijos fuera de una pareja. “La brecha se amplía por la mejora del bienestar de los hogares biparentales, debido a la incorporación en el mercado laboral de las mujeres en pareja y a las transferencias monetarias hacia hogares con hijos”. A lo que debe sumarse que “se encuentran elementos que indican una mayor capacidad de las mujeres pertenecientes a estratos bajos a sostener estrategias de residencia nuclear independiente”. Esto concluye el estudio de las demógrafas Wanda Cabella, Mariana Fernández Soto y Gabriela Pedetti.

¿Y los padres dónde están?

La transformación no ocurrió de un día para otro. Durante buena parte del siglo XX predominó el modelo del hombre proveedor y la mujer dedicada al hogar. Después llegaron las familias de las publicidades de los años 80 y 90: padre, madre, dos hijos y un perro. Pero la realidad empezó a ir por otro camino.

De hecho una tesis de Demografía de Iriñiz Blanca da cuenta en cómo en 30 años crecieron los hijos de parejas que no estaban casadas.

Ese mismo estudio arroja un dato clave: los padres varones no están presentes en el 15% a 17% de los nacimientos de sus hijos. No es que faltaron al momento justo del parto, sino que no se hicieron cargo. Desaparecieron del mapa.

Los estudios de las economistas Andrea Vigorito y Marisa Bucheli dan cuenta que cerca de la mitad de los padres que sí habían vivido al menos seis meses con sus hijos, una vez separados no les pasaban las pensiones alimenticias. Eso, adelanta Vigorito, “pareciera que pudo mejorarse cuando pasó a intermediar el BPS, pero todavía no tenemos los resultados finales para confirmarlo a ciencia cierta”.

También encontraron que las separaciones aumentan a medida que los hijos crecen. Hay erosión. Hay más crisis existenciales. Los datos procesados por El Observador muestran el mismo patrón: cuanto mayor es la edad del niño, menor es la proporción de hogares biparentales.

Incluso aunque vivan juntos, en parejas heterosexuales, el varón parece estar un poco alejado de eso que se le llama paternar. El demógrafo Santiago Pelufo lo concluyó: “un 40% de los padres uruguayos que viven con su pareja y sus hijos no participa de los cuidados infantiles”.

Y detrás de todo, dice Bucheli, “hay una cuestión cultural en que la mujer es la que siempre se hizo cargo de los hijos. Pasa cuando toma la decisión un juez, pasa en la práctica, pasa en el vínculo con la escuela y sigue pasando por más aumento en la corresponsabilidad”.

La siguiente gráfica le da la razón:

El censo capta una sola residencia habitual. Un niño con padres separados aparece en un solo hogar. Pero en el 62,7% de los monoparentales tiene un progenitor separado, divorciado o casado sin divorciar. No en todos estos casos el padre los ve o está libre. Pero en algunos es probable que los hijos alternen entre dos hogares.

La Real Academia Española tiene diez definiciones distintas de qué es una familia. Pero lo más interesante del diccionario está en el origen. Proviene de la palabra en latín famulus, como le decían en la Antigua Roma a los sirvientes o esclavos. Porque en realidad eran aquellos que dependían (por su sumisión) al jefe.

Siglos después, la demógrafa Blanca lo actualiza: “La caída de la fecundidad a niveles muy bajos, la reciente postergación de la edad al primer nacimiento, el aumento de las rupturas conyugales, la reducción de los matrimonios y el aumento de las uniones consensuales son los principales rasgos del cambio familiar contemporáneo en Uruguay”.

El lenguaje terminó adaptándose mucho después que las familias. Primero cambiaron los hogares. Ahora empiezan a cambiar los formularios.

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