12 de abril de 2026 5:00 hs

En silencio, poco a poco, fue dándose en el mundo occidental una “revolución”: las mujeres salieron al mercado laboral, empezaron a estudiar más años, ascendieron a cargos de decisión.

Las inequidades que persisten siguen siendo carteles que aparecen, ya no en silencio, cada 8 de marzo. Y todo esto conjugado —más la evidencia científica sobre la relevancia de la presencia de ambos padres en el neurodesarrollo infantil— fue construyendo la idea de que en Uruguay el cuidado de los niños está siendo repartido en aquellos hogares en que conviven ambos progenitores.

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El magíster en Demografía Santiago Pelufo sabe que la literatura científica habla de este aumento en la participación de los varones en los cuidados. Pero, ¿cuán involucrados están realmente los padres?

Esta pregunta, entre otras, disparó su tesis de graduación en la que se centró en estudiar aquella conformación clásica de un hogar familiar: hay un papá, una mamá y al menos un hijo en edad pediátrica (hasta los 15 años).

Para empezar a desentrañar sus dudas fue a la profundidad de la encuesta más completa que hay sobre estos asuntos: la Encuesta de Género y Generaciones que cada tanto se replica en Uruguay y otros países. Y lo primero que fue a consultar fue la respuesta de los padres (varones) a la pregunta de quién es mejor para el cuidado de los niños.

Ya ese resultado le llamó la atención: cerca de la mitad de los papás contestó que las mujeres son mejores para eso. La mayoría del resto respondió que ambos por igual (mujeres y varones), y una minoría (que de tan pequeña no alcanzaba siquiera la muestra para hacer demasiados cruces) hablaba de que solo los hombres.

“Ya ahí estaba viendo lo que la literatura habla como roles de género, cómo los propios papás veían en un número significativo que las mujeres eran mejores para el cuidado infantil”. Y es entonces que dio un salto más: ¿esa percepción de quién es mejor cuidando se traduce en cuánto se involucran en algunas tareas cotidianas con sus hijos?

La encuesta pregunta sobre algunas tareas. Pelufo, después de ver la incidencia de variables, se quedó con tres básicas: cuidar al niño cuando está enfermo, ayudarlo a vestirse (si no lo hace solo) y los deberes (escolares o liceales). Y comprobó que “la probabilidad de involucrarse en las tres tareas es significativamente mayor en aquellos padres que consideran que ambos (mujeres y hombres) son idóneos para el cuidado de los hijos".

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Con un modelo estadístico que le permitió poner puntaje al involucramiento a esas tareas de cuidado llegó a un número que en Uruguay era hasta ahora un misterio: “Un 40% de los padres uruguayos (que viven junto a su pareja mujer e hijos) no participa de los cuidados infantiles”.

¿Quiénes son los padres que se involucran en el cuidado?

¿Qué pasa con ese otro 60%? ¿Qué hay de aquellos que sí se involucran? Pelufo pudo ver que son bastante parecidos entre sí. La edad, a diferencia de lo que se piensa y dice parte de la literatura científica (como que las generaciones más jóvenes reparten más que aquellas más adultas) no cambia mucho los resultados. Pero otros comportamientos son clave.

Cuando el padre es quien sale a trabajar de manera remunerada y la mujer se queda en la casa para trabajos no remunerados, es muy baja la probabilidad de que los varones se encarguen del cuidado o lo repartan.

En su defensa, Pelufo lo definió así: “La participación de la pareja en el mercado laboral incide en la probabilidad de involucramiento, en la mayoría de las actividades consideradas”. Si a eso se le suma que también afectaba el considerar quién es mejor para cuidar (roles), puede decirse que “en hogares con características más tradicionales, la participación masculina tiende a ser menor”.

¿Solo eso influye en el involucramiento? Pelufo fue a más y comprobó otra tercera pata clave: “La participación de los varones en las tareas del hogar (cuestiones como cocinar, lavar los baños u otras tareas domésticas) aumenta el involucramiento en los cuidados infantiles”. Lo notó sobre todo en vestir al niño y en los deberes, no tanto en el quedarse a cuidarlo cuando está enfermo.

El estudio que hizo el académico dentro del Programa de Población de la Universidad de la República da a entender que puede que estemos en un momento bisagra, o no, “de consolidación de una identidad masculina en la esfera doméstica”.

Por último, la tesis adelanta que al comparar con otros países o ciudades como Buenos Aires, “los padres uruguayos muestran niveles de participación exclusiva (en actividades de cuidado infantil) similares a los observados en la mayoría de los países analizados, aunque por debajo de los registrados en países nórdicos”.

En Dinamarca o Finlandia, por citar dos ejemplos, casi que se duplica el porcentaje de padres que se encargan de cuidar al niño cuando está enfermo. Y eso puede estar vinculado con factores culturales y también de incentivos: como flexibilidad laboral o licencias parentales más extendidas y equitativas. Pero en eso, reconoce Pelufo, “queda mucho para explorar y saber a ciencia cierta”.

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