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Con casi 38 grados de calor, un sol intenso y un fuerte olor a mar, algunos turistas se detienen a observar con curiosidad los yates, cruceros y veleros que permanecen amarrados en el puerto de Punta del Este durante la primera semana de enero.

Es que ciertamente parecen casas –prácticamente mansiones de uno o dos pisos–, con forma de barco. Brillan relucientes, se mueven al tranquilo vaivén del agua y se exponen cual si fueran joyas en vidrieras queriendo ser fotografiadas. Lo que para algunos resulta una fantasía inaccesible, para otros es un “chiche” con un valor afectivo especial que los traslada y hace disfrutar de una manera única sus vacaciones en familia.

Desde un cómodo sillón, un turista argentino llamado José permitió a esta periodista ingresar a su nave. Extendió la mano para ayudar a entrar al yate que llevaba dos banderas, una argentina y una uruguaya. Tiene cuatro hijos y está casado. Hace 10 años que viene a veranear a Punta del Este: desde diciembre está amarrado en el puerto y sale a navegar todos los días. Durante el año, pasea con su familia y navegan hasta el delta del Tigre. “Punta del Este sin barco no existe”, aseguró, mientras recibía a una familia amiga que ingresaba al barco con espíritu festivo para un almuerzo colectivo.

Para el argentino, una de las dificultades de venir a Uruguay es que dependen siempre de la cotización del dólar, ya que “cuanto más bajo más caro está”.

Como a José, a varios de los turistas navegantes que permanecen en el puerto de Punta del Este los motiva la idea de “estar al aire libre: algunos simplemente toman sol, destapan una champaña con amigos y otros aprovechan para salir “a dar una vuelta”. Sin embargo, un propietario uruguayo que prefirió el anonimato opta por permanecer todo el día en el barco disfrutando. Contó que durante el año embarca con su familia y pasea por Piriápolis, donde tiene su astillero de confianza, y que en Punta del Este siempre amarra en el mismo lugar, lo cual le permite mantener el contacto con los “vecinos” de siempre. “Acá generalmente nos conocemos todos y con los vecinos tengo un muy buen trato”, aseguró.

Estos dos turistas fueron la excepción en una recorrida que realizó Café & Negocios por el puerto de Punta del Este, ya que la mayoría se mostró muy recelosa de brindar datos y actuó con desconfianza ante la cronista. Ninguno quiso proporcionar información acerca del valor de su embarcación o de los gastos de mantenimiento.

El Ministerio de Turismo se está tratando de impulsar el turismo naútico y atraer más de estos visitantes top en el marco del Programa de Mejora de la Competitividad de Destinos Turísticos Estratégicos. El turismo naútico es bastante amplio, subrayó la coordinadora del Plan de Turismo Naútico Fluvial del Ministerio de Turismo, Andrea Schunk: por un lado está la navegación recreativa y por otro los deportes naúticos y los paseos en barco. El ministerio se basó en un diagnóstico de una consultora española (ver Turistas, en esta página) para generar un plan de acción en forma conjunta con la Dirección Nacional de Hidrografía y la Prefectura Naval. El plan propone invertir en infraestructura sobre todo en tierra para acompañar la estructura naútica (ver nota en esta página).

Embarcados en el este

Más allá de un espíritu un poco más aventurero que el turista de hotel o casa alquilada, hay varias cuestiones a tener en cuenta cuando se posee un yate.

El precio total de alquiler de una marina por los tres meses de la temporada alta, de mediados de diciembre a mediados de marzo, tiene un valor –incluyendo el costo del servicio de agua y electricidad– de US$ 105.000. Para calcular la cifra, debe multiplicarse el precio de la marina en temporada alta –$161,50– por el metro de eslora por día. Para este caso, se realizó el cálculo con un barco estándar de una eslora de 11 metros.

En la primera semana de enero, según el jefe de Puerto de Punta del Este, Carlos Ferreira, el puerto del balneario tenía sus 543 amarras ocupadas. Se estima que el 50% de los usuarios son argentinos, el 40% uruguayos, 4% brasileños y el resto de otros países de la región.
Según explicó Ferreira, las amarras están ocupadas por embarcaciones deportivas (yates, veleros, cruceros, lanchas), de tráfico (paseos y traslados), de pesca artesanal, pertenecientes a la Prefectura Nacional Naval, y la Dirección Nacional de Hidrografía. En temporada baja –de abril a noviembre– la ocupación es del 50% aproximadamente respecto a la temporada alta.

A pura chapa y pintura

Pero al gasto que genera el alquiler de la amarra se suma el del mantenimiento del barco. El director del astillero Santa Lucía, Alen Pujol, informó que en las reparaciones o en el mantenimiento en general, los propietarios gastan por año alrededor de US$ 5.000, equivalente a 1% o 5% del valor total del barco, si se toma en cuenta que las embarcaciones tienen un precio de US$ 100 mil como mínimo .

“Cuando me inicié en este trabajo me explicaron que es un rubro que da bastante poder pero como contrapartida uno trata con los ‘juguetes’ de personas muy poderosas y el nivel de exigencia de los propietarios es muy grande”, señaló Pujol, quien asegura que navega desde que nació. Hace 15 años que trabaja en el empresa familiar creada hace 26 años.

El director del Santa Lucía indicó que el mantenimiento tradicional de un barco se realiza una vez por año y demora una semana, salvo que se trate de una reparación un poco más grande, y en ese caso demora casi tres meses. “Generalmente el proceso tradicional de mantenimiento consta de quitarle la corrosión galvánica al barco –aplicándole una protección de zinc–, en sacarlo del agua y pintarle el fondo del casco –parte exterior– con una pintura “antifouling” que se usa para evitar que se le peguen los caracolillos al barco”, explicó. Luego se encera y se le hace una “pulida”.

El marinero es quien se encarga de cuidar y de seguir de cerca los daños del barco, abrirlo y ventilarlo. “Los propietarios van al astillero y te piden que una vez al año le hagas una pulida y pintada y durante el resto del año una vez por semana el marinero se encarga de limpiarlo, lo abre, lo orea, etcétera”, indicó Pujol.

La zafra de más trabajo del astillero Santa Lucía abarca el período setiembre-diciembre de cada año. “Es el peor momento nuestro porque todos los barcos se preparan para ir a Punta del Este”, dijo Pujol, e indicó que el 98% de sus clientes son uruguayos y el resto argentinos.
Según Pujol, si bien la náutica en general es un sector de elite, puede estar “al alcance de cualquiera” y existen varias formas de adquirir los barcos. “Una persona que tenga US$ 150 puede comprarse un kayak y eso es parte de la náutica, también se puede adquirir un bote por US$ 500 en Mercado Libre y eso te vale lo mismo que un auto “tuneado”.

Lo complicado, reconoció, es cuando hay que hacer alguna reparación específica y hay elementos que son difíciles de conseguir porque no hay demasiado mercado.

“El mercado no va al mismo ritmo de crecimiento que el de la cantidad de botes”, aseguró Pujol.

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