ver más

Desde Málaga, un día antes de emprender el viaje que lo traerá a Montevideo junto a su banda The Afrocuban Messengers, el músico cubano Jesús “Chucho” Valdés, considerado como uno de los cinco mejores pianistas de jazz del mundo, habló con El Observador de sus raíces, de su estilo, de sus miedos y de cómo será el espectáculo que traerá el próximo 20 de junio al Adela Reta, donde presentará Chucho’s Steps, un disco que según el artista es el mejor álbum instrumental que ha grabado en toda su vida y con el que acaba de ganar el premio Grammy a mejor álbum de jazz latino.

Si bien siempre menciona como referentes a pianistas estadounidenses como Herbie Hancock, McCoy Tyner o Bill Evans, su raíz musical está en su padre, Bebo, pero también en Peruchín o Lilí Martínez. Es decir, la pianística cubana usted la lleva muy dentro. ¿Qué siente que lo ha influenciado más? ¿Qué riqueza encuentra en unos que no tengan los otros?

Todos me han influenciado de alguna manera, porque cada uno tiene su gracia, ¿no? Por ejemplo, en Cuba, la influencia de Bebo, Lilí Martínez, Peruchín, Ernesto Lecuona o Jesús López es indudable porque ellos fueron los reyes. Nadie lo discute. El punto es que, en mi caso, tuve la suerte de ver a todos estos pianistas a diario porque visitaban mi casa. Si bien era un niño, siempre estaba allí cuando ellos se sentaban a tocar, pero no porque los espiara sino porque me gustaba verlos y oírlos. Esto por un lado, pero por otro, cuando mi padre empezó a trabajar en Tropicana, aquel famoso cabaret de La Habana, tomé contacto con otros grandes músicos de jazz, Nat King Cole, Art Tatum y Bob Powell, que se presentaban allí todos los días. De esta mezcla creo que yo saqué mi estilo.

Una vez dijo que los quiebres que protagonizaron en su momento Charlie Parker, Miles Davis, John Coltrane o McCoy Tyner ahora ya no se registran. Es más, dijo que el jazz ha entrado como en una especie de meseta. En este sentido, ¿cree que la rítmica latina puede aportar algo a este proceso?

Sí, pienso que sí. Desde Argentina, Brasil e incluso Uruguay con su fusión de candombe y jazz se está aportando mucho para que las cosas cambien. Lo que quise decir con los quiebres es que el jazz tiene sus momentos, ¿no? Siempre tendrá momentos de grandes figuras. La época de Parker fue de oro para el jazz, igual que en la década de 1950 con Miles Davis o en 1960 con Bill Evans, Herbie Hancock y Chick Corea. Ahora hay grandes figuras como Brad Mehldau o Joey Calderazzo, que son artistas muy jóvenes y están haciendo cosas tremendas con la música.

Puede coincidir o no con esta idea, pero usted es consciente de que cuando toca el piano parecería que estuviera tocando u instrumento de percusión…

Claro que es así, el asunto es que nosotros los latinos tenemos mucha rítmica, y esto es algo que podemos llevar al piano, no solo tocando rítmica sino mezclando las posibilidades melódicas que ofrece el instrumento, de lo contrario sería muy aburrido. Lo que pasa es que el piano es un instrumento de cuerdas percutivas, el sonido se produce por el golpe de un martillo, por eso se pueden hacer efectos de percusión. Probablemente esto es lo que yo he tratado más de hacer para definir un estilo.

¿El reconocimiento internacional que ha alcanzado lo paraliza, lo mueve a seguir estudiando o más bien le permite seguir tranquilo haciendo su música?

A mí me da miedo, me da terror y lo primero que trato de hacer es no creerme nada de lo que dicen. La idea es no dormirse en los laureles sino seguir y dar más y más y más. Es un compromiso tremendo y me pongo muy analítico con las cosas que he hecho antes.

¿Cómo es ese miedo, a qué se refiere específicamente?

Me refiero a bajar el nivel alcanzado. Siempre el público espera lo mejor, entonces tú no puedes bajar el nivel de lo que has hecho. Eso sería un fracaso.

¿Y cómo sigue ahora luego de haber grabado Chucho’s Steps, un disco que, según usted, es el mejor álbum instrumental que ha grabado en toda su vida? ¿El miedo es mayor?

Sí, porque después del disco anterior, New Conceptions, no hice nada más. Quiero decir, nos juntamos a ensayar, buscar y experimentar cosas nuevas, pero hasta que no hiciéramos algo que llegara a ese nivel o más no íbamos a grabar. Pasaron siete años para que sintiera que había algo que superaba New Conceptions.

¿Qué es lo que a través de los años, le ha dado más satisfacciones? ¿Irakere, haber conquistado el exigente público de Estados Unidos, los Grammy?

Creo que Irakere ha sido una de las cosas más importantes que hicimos allá por la década de 1970, porque fue un punto de partida para los cambios que se necesitaban dentro del jazz latino y la música bailable cubana. Irakere fue un cambio para bien. Las nuevas generaciones de músicos que surgen en Cuba tienen a Irakere como grupo de influencia. También en la década de 1970 tuve la satisfacción de conocer a Dave Brubeck, que era uno de mis grandes ídolos. Son muchas cosas, muchos años de trabajo, muchos festivales, muchos artistas que conocí y sigo conociendo, como pianistas mujeres, que cada vez hay más en Cuba con mucho talento.

Esto es interesante, porque hasta ahora hemos nombrado solo a hombres, pero podríamos recordar a Mary Lou Williams…

Qué bueno que recuerdes ese nombre, porque a mí me trae otros recuerdos y muy buenos. El debut mío en el Carnegie Hall con Irakere fue en una noche que tocó Bill Evans solo, después tocó McCoy Tyner solo, luego Mary Lou Williams sola, un dúo de guitarras y al final Irakere.

¿Cómo será el concierto en Montevideo?

Vamos a presentar las canciones de Chucho’s Steps, pero también un par de temas que hacía con Irakere y que creo que ya son como clásicos, más alguna canción de estreno, porque con The Afrocuban Messengers seguimos produciendo temas nuevos.

¿Qué siente todavía que necesita para salir seguro a un escenario?

Estar seguro de lo que voy a hacer, algo que consigo habiendo preparado bien el concierto. Pero siempre siento miedo al momento de salir a escena. Lo que sucede es que cada vez que salgo dejo todo en el escenario como la primera noche, no como si fuese la última. ¿Suena más bonito así, no?

Si el destino le concediera solo un deseo, ¿qué le pediría?

Que me deje tocar el piano hasta el último segundo de mi vida.

Seguí leyendo