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Con todo respeto por los 50 años de la muerte del Che Guevara, los 525 años del "descubrimiento de América", la amenaza de secesión de Cataluña, el inminente conflicto nuclear entre Estados Unidos y Corea del Norte y la pensión a Sendic; lo más relevante de la actualidad es que Uruguay se clasificó a un Mundial por tercera vez consecutiva.

Ni siquiera hace falta aclarar que se trata de fútbol. Claro que se trata de fútbol. De aquí al 14 de junio del año que viene habrá mucho para discutir y jugadas y goles para ver, y selecciones para investigar y estadísticas para repasar, mientras soñamos con levantar la copa una vez más.

Ir al Mundial es una obligación moral para Uruguay. El país es parte de la historia más rica de ese deporte en el mundo, a partir de que la selección conoció la gloria cuando la FIFA recién daba sus primeros pasos, organizando los torneos de fútbol en el marco de los juegos olímpicos.

Hasta 1970, nadie ponía en duda que Uruguay era una de las potencias mundiales. Ese año, los cuatro semifinalistas del campeonato disputado en México eran campeones: Alemania, Italia, Uruguay y Brasil. Los tres últimos habían salido campeones dos veces y si uno de ellos ganaba, se llevaría la copa Jules Rimet a su casa para siempre.

A partir de entonces todo fue cuesta abajo. Me acuerdo del comentario de un experto uruguayo en televisión que decía, antes del partido inaugural de Uruguay en el Mundial de Alemania Federal, en 1974: "... y de Holanda sabemos muy poco". En realidad, lo que quería decir es "no me interesa Holanda, que pierdan como quieran". Porque hubiera sido fácil enterarse de que Holanda tenía la base del Ayax, que estaba haciendo una revolución en el fútbol europeo.

La historia es conocida: Holanda nos dio un baile tremendo, que no se vio reflejado en el marcador final (2-0 a favor de ellos) porque el golero nuestro, Ladislao Mazurkiewicz, la sacó de todos lados. Después empatamos 1-1 con Bulgaria y marchamos 3-0 con Suecia. Y se acabó.

A partir de ese desastre, Uruguay participó en tres mundiales de los siguientes ocho. Los mundiales sin Uruguay son una tristeza. Es solo nombrarlos y se me caen las lágrimas: Argentina 1978, España 1982, Estados Unidos 1994, Francia 1998, Alemania 2006. Horroroso.

La única razón por la que Uruguay fue noticia durante esas décadas se debió a la inusual brutalidad de sus jugadores durante el partido y muchas veces después del partido. Casi todos temíamos que Uruguay no volvería a ver la luz.

Entonces llega la eliminatoria para Sudáfrica 2010, aquel partido increíble en Quito que está empatado y sobre el final hay un penal para Ecuador que el juez no cobra y después un penal para Uruguay que el juez sí cobra y Forlán la mete y vamos al Mundial y pasa todo lo que pasa en Sudáfrica.
Ahora hay un debate que me parece lícito. Se refiere a "cómo jugamos".

La respuesta está clara: "jugamos feo". Quiero aclarar que a mí me encantaría jugar como Holanda, pero Holanda cuando era la Naranja Mécánica no ganó. En los últimos dos mundiales anduvo bárbaro pero tampoco ganó, y ahora quedó afuera.

Lo que está pasando ahora es algo que durante décadas admirábamos de Alemania: la continuidad de un proceso, la capacidad para aprovechar al máximo nuestras posibilidades. No creo que sea prudente pedir mucho más.

Para colmo, como una suerte de dádiva magnánima, el zar de nuestro fútbol (lo digo sin ironía y con gran respeto) decidió convocar, de entre los más jovenzuelos, a los que más la mueven.

Y si hay algo de lo que sabe Tabárez es de mística. La selección uruguaya no se va a derrumbar. Le ganarán porque jugarán mejor, o tal vez tengan que jugar mucho, muchísimo mejor para ganarle. O tal vez no le ganen. Porque los uruguayos no van a pasear a Rusia, con todo respeto por las selecciones de turistas que habrá en el Mundial.

Se logrará o no, pero Uruguay va por la hazaña.
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