¿Vamos al aislacionismo?
Algunos grupos políticos creen que nuestra débil economía puede seguir creciendo aunque le dé la espalda al mundo
Reconocer realidades internacionales que afectan al país es una exigencia mínima a cualquier dirigente político. Elude, sin embargo, a tres sectores prominentes del Frente Amplio, cuyos líderes parecen no percibir que Uruguay quedará aislado y empobrecido si no se acopla a la cambiante estructura del comercio mundial. La visión restringida del MPP del expresidente José Mujica, del sector del vicepresidente Raúl Sendic y del Partido Comunista está centrada en estos momentos en el acuerdo de servicios TISA. Pero se aplica también a otros tratados en los que se basará el intercambio en los años próximos. La actitud de esos grupos cae en el peligroso error conceptual de creer que nuestra débil economía minúscula puede seguir creciendo aunque le dé la espalda al mundo.
Incorporarse al TISA es conveniente, no solo por las ventajas obvias que aportará al país sino, fundamentalmente, por los enormes perjuicios que causaría mantenernos al margen de las negociaciones de una cincuentena de países, grandes y chicos, para acordar políticas comunes en una vasta gama del sector servicios. La oposición dentro del Frente Amplio parte, además, de la premisa falsa de que el TISA nos ataría en áreas que consideran sagradas e intocables, como las empresas estatales y la educación pública. El argumento es inexacto porque, cuando se concrete el TISA, cada país puede elegir en qué rubros de servicios participará, absteniéndose de hacerlo en los que considere inconvenientes.
El efecto de quedar al margen del TISA, por otra parte, se agrava por la renuencia de esos sectores del oficialismo a ponerse a rueda de un nuevo orden mundial en materia de comercio. No les sirve el TISA, no les sirve la Organización Mundial de Comercio (OMC), no les sirve nada. El fracaso de la OMC en liberar el intercambio en el mundo entero ha llevado a que esa meta haya pasado a manos de tratados entre grupos de países, liderados por los más poderosos y dirigidos a la eliminación o baja acentuada de aranceles. No es lo ideal pero es la realidad. La Trans-Pacific Partnership reúne a 12 naciones que incluyen desde Estados Unidos, Japón y Canadá hasta economías chicas como las de Chile y Perú y que representan el 40% del producto mundial. Y el Transatlantic Trade and Investment Partnership, una zona de libre comercio que negocian a paso firme Estados Unidos y Europa y constituye más del 50% de la economía del planeta, marcará el nuevo marco regulatorio del comercio mundial, aunque formalmente esté limitado al intercambio entre esos dos grandes bloques.
Con un alcance más regional, la reticencia a adaptarse a la nueva estructura que reemplaza a la frustrada OMC se extiende a la Alianza del Pacífico, único ejemplo de integración económica exitosa en América Latina, formada por Chile, Perú, Colombia y México. El equipo económico que lidera el ministro Danilo Astori percibe con claridad el camino que impone el expandido sistema de alianzas para la liberación comercial, aunque sea al costo de resignar parcialmente viejas posiciones dogmáticas arraigadas en nuestra economía. Queda en manos del presidente Tabaré Vázquez, como responsable de las decisiones finales, frenar el costoso aislacionismo que preconizan sectores de su fuerza política y asegurar que prevalezca una visión realista ante el nuevo sistema, que no es de derecha ni de izquierda sino que reconoce las necesidades de los países, al margen de las diferencias ideológicas de sus gobiernos.