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Alimentar a la población mundial no es tarea sencilla en la actualidad y aún menos lo será en el futuro. Las proyecciones de crecimiento, bien conocidas por todos, hablan de 9.000 millones de habitantes para el año 2050.

Este hecho demanda la atención de un sinnúmero de organizaciones de escala mundial, advirtiendo la importancia de asegurar la provisión de alimentos y la preservación de los recursos naturales.

Este tema, como muchos de los que demandan atención pública, derivan en fuerzas que poseen sentido contrario. El suministro creciente de alimentos implica la intensificación de los sistemas de producción, lo que deriva en un mayor impacto sobre los recursos que se emplean. Estos son suelo, agua y biodiversidad entre otros.

Una mirada puntual y aislada de los sistemas de producción y sus efectos sobre el ambiente puede llevar inevitablemente a conclusiones y acciones erróneas, puesto que se trata de un enfoque parcial sobre un sistema que se explica por la interdependencia de sus partes. Esta aproximación al tema también puede estar motivada por el oportunismo de establecer restricciones y trabas al comercio, consiguiendo que un tema de índole científico se convierta en un instrumento político.

Varias veces se ha advertido del peligro de las regulaciones basadas en la emisión de los gases de efecto invernadero y las prácticas de bienestar animal. En este sentido la medición de la huella del carbono y la estandarización de las prácticas de manejo animal han sido objeto de discusión en las organizaciones que inciden en la regulación del comercio internacional.

Hace unos pocos meses podría decirse que este enfoque fragmentario y promotor potencial de regulaciones ha cedido ante la presión del mundo científico y visión holística de los diferentes sistemas de producción.

Si bien la temática de bienestar animal continúa avanzando en el sentido de la estandarización a través de normas de carácter general y universal, se ha ido aceptando una postura adicional que plantea cumplir con las cinco libertades de los animales (libres de hambre y sed; libres de incomodidad; libres de dolor, lesiones y enfermedad; libres de poder expresar su comportamiento normal; y libres de miedo y angustia) a partir de medidas que se ajusten a cada sistema de producción en particular.

De la misma manera, en relación al impacto de la producción agropecuaria sobre el ambiente, se ha ido aceptando una concepción amplia del término sustentabilidad, donde la emisión de gases efecto invernadero es sólo una parte del análisis. En un sentido integral de los efectos de los sistemas de producción debe considerarse además la relación con los niveles de crecimiento y pobreza, así como el uso de los recursos naturales y la incidencia sobre la nutrición y la salud humana. Específicamente en carnes cobra relevancia la eficiencia en el uso de los recursos, el tratamiento de los desechos y la valorización de la producción natural como medio de preservación del acervo ambiental.

Si bien podría decirse que este nuevo abordaje de las temáticas de bienestar animal y sustentabilidad reconoce la complejidad que ofrecen, debe recordarse aquella vieja premisa que dice que “la energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma”.

Podrá encausarse con mayor sensatez la consideración de estos temas, sin embargo la posibilidad de utilizarlos como exigencias al comercio se ha trasladado al desarrollo de iniciativas piloto de etiquetado a nivel de minoristas. En pocas palabras, lo que se ha tornado complejo de aplicar mediante regulaciones al comercio entre países se intenta llevarlo al ámbito privado.

La alimentación de 9.000 millones de personas es todo un desafío, tanto desde el punto de vista de la producción como ético. En el largo plazo afecta la relación entre los alimentos y las personas; escasez, precios y diferenciación. En el corto plazo afecta la relación entre el ambiente y las personas; eficiencia y preservación. La discusión está abierta y sólo quizás bajo un aparente “viraje”.

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