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Los aniversarios producen los saltos invisibles hacia atrás en las cifras de los siglos. Acabamos de entrar en el año 2016 de la era cristiana y es inevitable recargar algunos acontecimientos que en este ciclo de 366 días (porque es bisiesto) deberemos tener en cuenta dentro de las cifras redondas.
Juguemos en grande, porque solo pretendo marcar algunos episodios y personajes importantes del mundo y del Uruguay que en este 2016 disparar múltiplos de cien.

Por ejemplo, en febrero se cumplen 500 años de la llegada en 1516 del primer europeo a este estuario bordea por el sur al país. Fue Juan Díaz de Solís quien se adentró en lo que creyó que era el tan ansiado canal interoceánico para descubrir a las pocas millas que el agua se volvía dulce, que allí no podía haber océanos, que lo que navega era un enorme río. Por lo tanto lo bautizó como Mar Dulce. Un tiempo después el estuario se bautizó como Río de la Plata.

Si saltamos cien años, el año 1616 será recordado para siempre en la historia del arte y la literatura como el de las dos mayores muertes dentro de esa disciplina para los idiomas español e inglés. Con diferencia de horas murieron entre el 22 y el 23 de abril de aquel año Miguel de Cervantes y de William Shakespeare, nada menos. Por lo tanto, en este año que comienza se conmemoran los 400 años de aquellas célebres defunciones de los padres de dos de las literaturas más importantes del Occidente.
Dos siglos más tarde, el año 1816 asistía perplejo al desarrollo de obras fundamentales de cuatro poetas ingleses que constituyeron los pilares básicos de todo el movimiento romántico. Ellos fueron Lord Byron, Samuel Coleridge, John Keats y Percy Shelley; tan bisagra fue ese año. En el caso del primero, continuó desarrollando su largo poema Las peregrinaciones de Harold Childe, un clásico del romanticismo inglés y obra de referencia para entender las creación literaria de una época. Coleridge publicó su Kubla Khan. Por su parte, Keats y Shelley abundaron en sus poemas de exaltación a la naturaleza y la grandeza de la creación divina con le hombre inserto dentro de ella.

Mientras esto sucedía en Europa, a nivel local en mayo de 1816 –todavía bajo el gobierno artiguista que terminaría en breve– se veía el surgimiento de la Biblioteca Nacional con la donación de ejemplares por parte del primer gran intelectual que tuvo estas tierras: el cura párroco Dámaso Antonio Larrañaga. Hecho fundamental para la vida cultural y social de la ciudad, la creación de la Biblioteca Nacional significó una de las piedras fundamentales del inicio de las actividades educativas y de formación para las nuevas generaciones de un país que todavía entonces estaba en plena gestación.
Un siglo después el mundo había cambiado de forma radical. En 1916 una Europa arrasado por una guerra terrible y donde la capacidad tecnológica a la que había llegado la inteligencia del hombre se utilizaba para matanzas horrendas, dos hombres (un alemán y un austríaco) editaban dos obras que marcarían para siempre los campos de la ciencia y la mente. Albert Einstein presenta su célebre teoría de la relatividad, y Sigmund Freud hace pública su Introducción al psicoanálisis, alterando la visón del tiempo, del espacio y de los misterios de la interioridad como se concebían.

En una ciudad de Montevideo convulsionada por las primeras elecciones abiertas y libres de la historia uruguaya para elegir una asamblea constituyente que pretendía (entre otras cosas) variar la conformación del Poder Ejecutivo) nacía Carlos Real de Azúa, uno de los mayores intelectuales que dio el país en el siglo, y que perfectamente junto a José Enrique Rodó y Carlos Vaz Ferreira podría integrar un podio de los más selecto que produjo la nación a nivel académico.

Estas fechas, y también otras que quedarán en el tintero, deberán recordarse a lo largo de este 2016 que empieza luego de la consecuente resaca, luego de que todos fuegos artificiales y los petardos hayan apagado sus ecos.

Con la mente despejado y el criterio afinado, habrá que poner la mirada hacia el pasado para hacer la correspondiente reverencia. Otras ya han sentido lo que nosotros ahora escribimos.
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