A Irán irá un día la curiosidad
El arte y el cine de aquel país demuestran su condición innovadora y universal
No se me han ido las ganas enormes que tengo de poder visitar algún día Irán. Ese país, que alguna vez fue Persia, es hoy un misterio blindado, al menos para quienes vivimos en este lugar del mundo con visión occidentalizada y cristiana, y recibimos la información solo por canales noticiosos de Occidente, para los cuales Irán existe solo como usina de noticias políticas, religiosas o relativas al petróleo, pero raras veces culturales. A pesar del contexto político poco propicio a la diseminación de ideas libres, en territorio iraní se producen y filman películas de primer nivel, incluso tras la muerte de Abbas Kiarostami (1940-2016), una de las últimas verdaderas mentes originales que ha dado el cine. Kiarostami fue también poeta y fotógrafo, aunque debería decirse que sobre todo fue poeta y además, director de cine y fotógrafo, pues en sus películas la realidad emerge como lo que en verdad es, un laberinto lírico lleno de interrogantes.
En la vida artística de Kiarostami la característica estética que se impuso fue el lirismo, ocupando varias formas, sea la visual, la escrita, o la audiovisual. No conozco ninguna edición de su poesía completa traducida al español, pero la editorial Sticking Place Books de Nueva York publicó en 2015, en forma bilingüe (farsi/inglés), A Wolf on Watch, los tres volúmenes de su poesía completa, ante la cual el lector se verá inundado por la sorpresa y el deslumbramiento, pues sobran los poemas de notable calidad lírica, tal como debe ser la poesía que aspire a llamar la atención del espíritu.
Sin embargo, aunque la falta de información que tenemos sobre la vida cultural en Irán pueda llevar a lecturas completamente incompletas de esa realidad, ese país produce grandes creadores en todas las disciplinas artísticas, si bien el cine parece ser la más conocida de todas, pues de alguna forma relativa al coraje, la persistencia y al amor al arte, sobre todo a esto, el cine iraní reciente ha encontrado la forma de expresar su libertad, salir de fronteras y, por ende, alcanzar públicos en todo el mundo. Algunos incluso, caso de Asghar Farhadi, se han transformado en estrellas con prestigio internacional. Las cuatro películas más recientes de Farhadi, A propósito de Elly (2009), La separación (2011), El pasado (2013) y El viajante (2016), tuvieron distribución mundial, y todavía más, dos de ellas, La separación y El viajante ganaron el Oscar a Mejor película extranjera. Su más nuevo filme, Todos lo saben, anunciado como "thriller psicológico", está hablado en español y cuenta con las actuaciones de Penélope Cruz, Javier Bardem y Ricardo Darín. Conviene recordar que otra película iraní, Niños del paraíso, de Majid Majidi, fue nominada al Oscar como Mejor película extranjera en 1998 y también tuvo gran éxito internacional.
De alguna forma o de otra, siempre relacionada al talento y creatividad de los involucrados, el cine iraní se la ha rebuscado para no perder pie en el contexto mundial. Por el contrario, ha logrado incluso tener mayor éxito comercial y de crítica que filmes provenientes de países exportadores de cine, cuyos habitantes viven en condiciones de mayor libertad política y artística. No obstante, en otras disciplinas artísticas Irán continúa siendo un misterio, mejor dicho, un país entre introspectivo y autista a la hora de divulgar la producción cultural de quienes viven en su territorio y no están exiliados en Estados Unidos o Europa, pues esa ya es otra historia.
Otra historia justamente es la Ali Akbar Sadeghi, un pintor iraní genial que a los 81 años de edad sigue sorprendiendo por la originalidad de su arte, de su tan inclasificable arte. Sadeghi es un narrador de los estados de la mente cuando esta sale en intencional deriva a buscar nuevas formas de expresión y las encuentra. Algunos lo califican como artista surrealista, aunque en verdad el trabajo de este persa genial no depende tanto del inconsciente en estado de libertad pura, como de la razón cuando se libera de obligaciones inmediatas y decide extender las fronteras de su actuación. Por eso en sus obras el gran acervo tradicional persa pasa por un filtro modernizador, haciendo que de la mezcla de lo viejo y de lo moderno surja una obra tan impredecible como imposible de catalogar. Una obra que no se parece a nada, salvo a sí misma.
Si bien en ella se pueden encontrar vínculos con la obra pionera de Max Ernst y Giorgio De Chirico, dos de los principales pintores surrealistas junto con René Magritte y Paul Delvaux, la obra de Sadeghi apunta a otra dirección. Sale de los moldes y formas que le han legado los tiempos que corren para hacer valer su propia mirada, una que no duda a la hora de instalar el desvarío y el delirio en los estados supuestamente comprensibles de la realidad. La obra de Sadeghi exhibe sin pudor el enorme archivo de conocimientos en los cuales se basa el trabajo de autoría, pero nunca cae en un impostado intelectualismo, tan de moda en estos días, ni tampoco en el clisé de lo banal reverenciado, como lo hace el chino Ai Weiwei, uno de los mayores farsantes de nuestra época y por cuya obra los coleccionistas pagan fortunas para obtenerla.
Artista trascendente en serio, no un farsante celebrado por la tribu capitalista del arte, es Sadeghi, un artista épico, poético y fenomenal. Amigo de la vida y del arte de Kiarostami, ha demostrado con la obra realizada luego de la caída del Sha y de la llegada de los fundamentalistas religiosos al poder que el arte es un acto político que debe aprender a sobrevivir en las peores condiciones. Y ya no solo a sobrevivir, sino a seguir creando, estableciendo las pautas con las cuales la historia de su época será interpretada una vez que el marasmo político desaparezca y no quede nada del presente, salvo las obras de arte que durante sus días se produjeron. La exposición Ali Akbar Sadeghi: A Retrospective, que en estos días y hasta el 14 de abril se realiza en el Museo de Arte Contemporáneo de Teherán, viene a demostrar que el arte y la necesidad del ser humano de llevar la mente a un estado superior al de los hechos diarios es el mejor referente para medir los logros y desastres de nuestra historia.