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Caballo de guerra (War horse), la última película de Steven Spielberg, está basada en una novela para niños del escritor inglés Michael Morpurgo. Y este dato inicial explica buena parte del filme. Porque en muchos de los 148 minutos de duración hay situaciones que tienen la edulcoración que solo resisten los menores de 15 años. Seamos sinceros: ningún adulto se come entero un enorme algodón de azúcar.

Lo meloso comienza desde el mismísimo inicio, cuando la pantalla se llena con un primer plano de Albie (Jeremy Irving), un niño lloroso que asiste al nacimiento de un precioso caballito tostado. Sucede algo similar a la cara de Elijah Word en El señor de los anillos: un par de ojos celestes insoportables y húmedos llenan la pantalla hasta el empalago.

Hay una familia rural, un padre borracho que compra un caballo, un hijo adolescente que se enamora del animal. La familia es pobre pero honrada, y debe enfrentar a un patrón maligno que reclama una deuda. El caballo juega como eje central del argumento, porque los conflictos humanos recaen en embudo sobre sus cuatro patas: el caballo es quien los puede salvar económicamente a través del arado, pero termina haciéndolo con su venta al ejército inglés que se va a la primera guerra mundial.

El elemento bélico ha sido recurrente en la extensa obra de Spielberg. Si bien la especialidad de la casa es la segunda guerra mundial (Rescatando al soldado Ryan, El imperio del sol, las series de televisión Band of brothers y The Pacific, e incluso un par de Indiana Jones), esta vez el creador de ET decidió contar una historia en una guerra que no ha sido muy visitada por el cine, salvo geniales excepciones como Sin novedad en el frente, de Lewis Milestone, La patrulla infernal, de Stanley Kubrick o Por la patria, de Joseph Losey.

Lamentablemente, Caballo de guerra no le llega ni a los talones (o a los vasos, en este caso) a ninguna de sus predecesoras. Los guionistas Lee Hall y Richard Curtis hicieron de esta película un pastiche con varios episodios dentro. A pesar de que todos tienen al caballo, cada episodio funciona de manera casi independiente. Este elemento funciona perjudicando a la trama, porque no todos estos “episodios” son parejos.

Joey es un caballo con varias facetas. Comienza siendo un “caballo de Disney” en el inicio. Spielberg se toma sus buenos 50 minutos no para que aparezca algún sonido de disparo en el filme, sino siquiera para que se nombre la palabra “guerra”. Lo que es una lástima, porque allí está el métier del asunto. Caballo de guerra gana en profundidad, en narrativa y en calidad plástica cuando Joey está en medio del conflicto, sea del lado inglés o en el bando alemán. La película vuelve a caer cuando el pingo se vuelve caballo de calesita, y la sensiblería innecesaria se apodera de una historia que nunca llega, salvo excepciones, a ganar en madurez y a perder su toque infantil primigenio.

Los rubros técnicos se lucen de manera impecable, algo que no es sorpresa ni noticia tratándose del equipo de confianza de Spielberg. La fotografía de Janusz Kaminisky es soberbia en todo sentido, desde una secuencia inicial donde la cámara parece ir montada encima de un arado a nivel de tierra hasta los fordianos planos finales, con las figuras recortándose sobre un cielo de ocaso, y planos de caballos que recuerdan a Sergei Eisenstein. Quizá la nota técnica negativa sea para el (gran) compositor John Williams, que en este caso no pudo despegarse de la melosidad general que chorrea la película.

FICHA TÉCNICA

Caballo de guerra

Título original: War horse/ Director: Steven Spielberg/ Actores: Jeremy Irvine, Emily Watson, Peter Mullan, David Thewlis/ País: Estados Unidos/ Año: 2011

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