Opinión > ANÁLISIS / EDUARDO BLASINA

A seis meses del acto de Durazno: lo que dejó la movilización de los autoconvocados

Un solo Uruguay debe persistir en el esfuerzo por construir una sociedad que no discrimine a los productores y se ponga por meta el desarrollo sostenible

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29 de julio de 2018 a las 05:00

Seis meses atrás, bajo un calor tórrido, mientras muchos uruguayos estaban disfrutando despreocupadamente de las olas, otros miles se reunieron en el centro del país para reclamar el fin de lo que consideraron injusticias que llegaban a lo intolerable y para advertir que el país había tomado un rumbo equivocado.

La reunión significó una innovación en varios aspectos. Los sectores que muchos urbanos consideran brutos, toscos, conservadores, lograban en pocos días de enero usando internet y su red social estrella, el Whatsapp, organizar una movilización de varios miles. Nunca había pasado. Sacudían al país en el mes en el que "no pasa nada" y en el que las pantallas de televisión son una ensalada de frivolidad.

Innovaron proponiendo algo que no suele hacerse en una actividad que inevitablemente es de protesta. En aquella ocasión no se apeló al enfrentamiento sino a todo lo contrario, a la búsqueda de soluciones y a superar de una buena vez las perimidas dicotomías campo/ciudad, empresarios/trabajadores.

Le advirtieron a la sociedad uruguaya a través del gran Serrano Abella sobre los peligros de los intentos hegemónicos del italiano Gramsci, lo que equivale a recordar lo saludable que es en las democracias la alternancia del poder y su distribución en poderes independientes. Vaya innovación en Uruguay convocar a una manifestación con un compromiso de no molestar, no ensuciar, no estorbar. Obtener cambios por la razón y no por la presión. Dejar el lugar sin un resto de plástico.

Es decir, se formó allí un capital social valioso capaz potencialmente de convencer al no proponerse vencer. Y de encontrar soluciones para rumbos que van mal. Va mal el empleo, va mal la competitividad, va mal el poder político que favorece parientes con cargos como quedó claro desde enero en varios niveles.

Soportaron sin responder provocaciones, el viejo cuento de las 4x4, la oligarquía vacuna y las discriminaciones varias con que suele caricaturizar a aquellos que trabajan la tierra, lejos del confort de las ciudades. Resistieron al intento de dividir grandes por un lado, chicos por otro, trabajadores por otro.

En los días siguientes el movimiento logró convencer al gobierno de un hecho evidente: había problemas serios que se habían subestimado o no se habían percibido. La respuesta del gobierno fue más táctica que estratégica. Se conformaron mesas de trabajo, los productores llevaron propuestas y se llegaron a discutir. Pero no se consolidó el método de trabajo. Tal vez por un incidente con un colono, revelador de los problemas que tienen, hasta se llegaron a tomar medidas con un factor común, un alto impacto aparente, para la opinión pública y un escaso impacto real. Los problemas que pusieron sobre la mesa son problemas generales y generalizados. Los costos altos, las tarifas usadas para ajustar otros desajustes, a lo largo del año se sumó el desborde de violencia que fue tanto tiempo considerada "una sensación térmica".

El gobierno tomó algunas medidas, que no cambian el fondo de los problemas pero que alivian parcialmente a algunos segmentos. Pero lamentablemente no quiso tomar la oportunidad de mesas de análisis permanente de la competitividad y entonces arriesga a ser testigo de caídas del área agrícola y de pequeñas y medianas industrias lecheras.

Un Solo Uruguay no generó una revolución que sacudiera las raíces de los árboles. No sitió Montevideo ni lo llenó de vacas y ovejas que colapsaran el tránsito. Y por eso surgen las voces radicales, que prefieren "métodos de lucha" que han criticado la aparente anomia. Sabido es que los radicalismos se alimentan mutuamente.

Como decía Bertrand Russsell el problema del mundo es que los racionales están llenos de dudas mientras los fanáticos están plenamente convencidos. La dirigencia que intenta sembrar la semilla de la austeridad en el gasto de los dineros públicos, de la transparencia, de un tipo de cambio equilibrado y no usado como ancla que busca fórmulas que acerquen el precio de la energía al de los países vecinos y que reclama un país abierto al mundo, no va a cosechar frutos de un día para el otro. Y entonces se ve acusada de "blanda", timorata cuando no enchastrada de acomodaticia.

Como edu.uy, Un Solo Uruguay tiene que mantener la racionalidad, la imparcialidad político partidaria, la mano con un mate tendido aún a quienes piensan y actúan diferente. Tiene que seguir explicando todo lo que está mal en términos de competitividad, así como edu.uy ha señalado lo que está mal en educación, y proponer alternativas sólidas y serias a los partidos y grupos que quieran tomarlas .

Son dos emprendimientos difíciles de clasificar, que no se pueden encuadrar ni dentro de lo político ni dentro de lo gremial y que tienen que tener la capacidad de persistir, convencer, tratar de llevar a la práctica planteos racionales, construir una plataforma sinérgica para transformar a la sociedad uruguaya en un plazo más largo que el de la campaña electoral.

No es fácil innovar en ningún plano y no es fácil cuestionar al poder. Hay que estar dispuesto a soportarlo todo. Los argumentos desleales y las chicanas. Porque la batalla es por dar un cambio cultural en la sociedad. Y eso ni es fácil ni es gratis.

Es necesario reconocer cuando hay logros, la apertura de Chile, el diferencial en el precio del gasoil y seguir explicando las cosas que siguen mal y muy mal. Hay señales de cambio cultural que como tenues brotes verdes se animan por primera vez a cuestionar lo incuestionable. Las trabajadoras del frigorífico de Salto que enfrentaron al patoterismo unas semanas atrás, los trabajadores del frigorífico PUL que esta semana hicieron lo propio. Algunos llaman a que Un Solo Uruguay termine de una vez, yo creo que la necesidad de ciudadanos alertas, fiscales de quien sea que gobierne, y que no se canse de construir puentes entre el campo y la ciudad mantiene plena vigencia.

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