Acabará el infierno en Gaza cuando las partes se acepten
La única solución posible al conflicto árabe-israelí es un reconocimiento mutuo de los reclamos
Cualquier análisis político de un conflicto en el que día por medio se reportan decenas de niños muertos por bombardeos parecería un poco descodado. Cualquiera diría que tal situación no debería necesitar de mediadores ni de llamados a la paz para detener inmediatamente esos ataques. Sin embargo, así son las cosas desgraciadamente en la Franja de Gaza, donde desde que Israel iniciara sus operaciones militares hace dos semanas para desmantelar el aparato armado de Hamás, han muerto más 500 palestinos –la mayoría civiles– y 27 soldados israelíes.
Las muertes han aumentado rápidamente tras la incursión terrestre de las tropas de Israel en la Franja el jueves pasado. Y solo queda esperar ahora a que prospere el cese el fuego promovido por los gobiernos de El Cairo, Washington y las Naciones Unidas. El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, ya ha dicho en conferencia de prensa no saber bien hasta cuándo puede durar la escalada de sus tropas en Gaza, y los extremistas de Hamás tampoco detienen sus ataques con cohetes sobre Israel, que ya han cobrado la vida de dos civiles israelíes.
La crisis humanitaria producida por los bombardeos sobre zonas densamente pobladas en Gaza llega a tal punto que el gobierno de Barack Obama ha ofrecido 50 millones de dólares en ayuda. Pero el mandatario estadounidense renovó su respaldo a Israel en su derecho a defenderse de los ataques de Hamás.
Y la intención de Netanyahu es, en efecto, destruir los túneles por los que los extremistas se internan en territorio israelí y los lugares desde donde lanzan sus cohetes; pero todo ello a un costo demasiado alto en vidas y un infierno para los habitantes de Gaza. Una cosa es atacar a los extremistas de Hamas –que tienen como propósito la destrucción del Estado de Israel y de todos los judíos– y otra convertir a la Franja en un baño de sangre.
El gobierno de Israel insiste en que la suya es una operación de precisión contra objetivos terroristas. Y Washington no ha puesto eso en tela de juicio. Pero el domingo un micrófono abierto le jugó una mala pasada al secretario de Estado, John Kerry. Momentos antes de una entrevista con la cadena Fox, le dijo a uno de sus colaboradores en tono sarcástico y sin percatarse de que ya estaba al aire: “¡Es un infierno de operación de alta precisión!”.
Advertido luego del desliz, matizó que apoya decididamente el derecho de Israel a defenderse, dijo que “la guerra es dura” y que la suya solo había sido “una reacción como la tendría cualquiera ante la muerte de niños y civiles”.
Pero la tregua se hace esperar. Hamas la ha rechazado y Netanyahu todavía no ha dicho que la acepta. El propio Kerry se encuentra ahora en El Cairo para apoyar la mediación egipcia, que plantea un cese inmediato de los enfrentamientos. Pero más allá de la urgencia de este cese el fuego, de tregua en tregua no se construye la paz. Esta vez después de eso, parece impostergable retomar las negociaciones de las que el gobierno de Israel se levantó a fines de abril en rechazo al acuerdo entre Al Fatah (el partido del líder de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas) y Hamas para formar un solo gobierno palestino.
La única manera de poner fin al conflicto más largo del mundo es que las partes empiecen por reconocer algunas de las razones del enemigo. No se puede hablar de paz con una organización como Hamas, que se dedica al terrorismo y propone la eliminación de Israel.
Lo primero es que reconozca la existencia del Estado judío y abandone para siempre los ataques contra la población civil y sus llamados a la yihad. Y el gobierno de Israel también debe reconocer el derecho de los palestinos a obtener su independencia y aceptar la solución de los dos Estados, única posible para alcanzar una paz duradera y no condenarse a malvivir entrematándose en un estado de guerra permanente.
Pero siempre los extremismos han acabado por imponerse. El extremismo islámico de Hamas y el odio contra el pueblo judío han convertido a este conflicto en algo más que una disputa de tierras. Seguramente ahí radique el germen de su interminable irresolución. Del otro lado los extremos no estriban en soluciones religiosas, sino en la respuesta de Estado a ese extremismo islámico y en el nacionalismo israelí que no admite la solución de los dos Estados.
Mientras eso no ocurra, seguirán en guerra, encima con el agravante de que cada nueva escalada en el conflicto recrudece la siguiente y reaviva los odios y resentimientos entre dos pueblos urgidos de mutua aceptación.