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Montañas cuasi lunares, arrasadas por millones de años de sol y sequedad; un desierto filoso de rocas puntiagudas que marcan el horizonte como un electrocardiograma; la aridez se huele en las narinas, machaca en la piel. De pronto, un águila desciende, se para sobre una enorme piedra y contempla la inmensidad, donde una figura oscura recorta una silueta humana. Un hombre de barba, saco, corbata y gorra con visera contempla en réplica al águila, que pliega las alas y espera, quizás, a que el día le dé una presa imprevista.

El tipo camina como un autómata en medio de la nada. El desierto pedregoso tiene ganas de tragárselo. ¿A dónde va? Nadie lo sabe. El águila se limpia el pico en las plumas.

El hombre continúa su camino hasta que un poblado perdido y herrumbrado se cruza en su camino. Se arrodilla ante un grifo, pero al abrir el pomo el caño está completamente seco. Avanza hasta un bar, abre la heladera, repleta de cervezas, pero las ignora y decide tomar un puñado de hielo, que mastica con fruición hasta que cae desmayado, ante el asombro de un panzón parroquiano.

Así comienza París, Texas, la película que, con guión de Sam Shepard, el director de cine alemán Wim Wenders filmó en 1984 en los Estados Unidos y con la que ganó la Palma de Oro en el Festival Internacional de Cannes.

Sabemos que el actor desmayado es Harry Dean Stanton. Todavía no sabemos el nombre del personaje, que está perdido de su familia y del mundo desde hace años, tiene un hijo de siete años, se separó de su esposa y desde entonces vaga en una especie de deriva vital.

Harry Dean Stanton murió esta semana a los 91 años, casualmente pocas semanas después que Shepard, el dramaturgo del que era amigo, protagonizó varias de sus obras y creó el personaje inmortal del cine por el que será recordado: Travis.

Según consta en sus datos biográficos básicos, Stanton fue un joven cocinero en un portaviones durante la segunda guerra mundial. Como tantos jóvenes, al término del conflicto regresó a su país, sin demasiadas perspectivas, y estudió actuación, derivando hacia Hollywood, donde trabó gran amistad, entre otros, con un joven actor llamado Jack Nicholson.

En la dorada década del setenta, trabajó, siempre como actor de reparto, con directores importantes, de la talla de Francis Coppola, Arthur Penn y el inglés Ridley Scott. Pero nunca logró atravesar el desierto del rol secundario, donde más allá de las amistades, tampoco queda agua para desarrollar una carrera relevante.

París, Texas fue el filme de su vida. El mutismo de Travis ocupa buena parte de la película: el hombre que llega desde ningún lado, que de forma muy pausada va desenrollando su historia, sus motivos, su comportamiento.

El silencioso y deprimido Travis tiene un tesoro: un hijo. ¿Dónde está la madre? Otro de los secretos de la historia. Luego de años de ausencia y crianza ajena, el hijo lo rechaza. De forma paciente, Travis comienza a ganárselo. Cuando descubren el sitio donde está la madre, el viaje entre padre e hijo se asemeja a un periplo de vida: el padre va a intentar cerrar el círculo que él mismo rompió, devolver al niño con su madre y cumplir con un mandato autoimpuesto que parece rozar la decencia. Luego de concretar el objetivo, la ruta vuelve a pedirle kilómetros. La soledad de la autopista en las lágrimas de la cara de Harry Dean Stanton es uno de los puntos más altos del cine de la década del ochenta y le valdrá al tándem Shepard/Wenders una eterna reverencia de los cinéfilos.

Hace poco, unos amigos me invitaron a hablar sobre Shepard, en una suerte de homenaje póstumo. Elegimos a París, Texas como la mejor película del dramaturgo fallecido. Las palabras del guión tomaron carne en Stanton. La barba inicial que se transforma en bigote, la flacura huesuda del último cowboy, el sueño americano invertido por el peso del asfalto y la distancia, la tristeza de una cara impávida ante las vueltas del destino: con esos elementos, Stanton construyó el papel de su vida.

Solo nos queda despedir a Travis, en el sendero más misterioso, sin águilas ni desiertos achicharrados. Pero cada vez que se quiera disfrutar en la dureza, saborear la melancolía, entender las maneras de contar una anécdota, mover los hilos de las marionetas y lograr la emoción plástica de la fotografía y la música, habrá que volver los ojos a París, Texas, donde Travis estará por el resto de la eternidad.
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