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Rodeado de cráteres rojos que parecen una postal de Marte, el ganadero brasileño Ubiratan Lemos Abade extiende los brazos y señala los dos posibles futuros para sus tierras amenazadas por la incesante expansión del desierto.

A su derecha, apunta a un campo de hierba marchita, que murió antes que su ganado pudiera pastar. A su izquierda, un exuberante lote de grama regada con un improvisado sistema, del que depende para mantener vivas a sus vacas, y a sí mismo.

Abade vive en la zona más afectada por la desertificación en todo Brasil, la región de Gilbués, en el estado nororiental de Piauí, donde el paisaje árido y socavado por cañones devora granjas y viviendas en un área mayor a la ciudad de Nueva York.

Décadas atrás, la base de la economía de la región eran los cultivos de algodón, caña de azúcar y tabaco, además de la ganadería. Hoy, grandes extensiones de Piauí, que en la lengua tupí significa "río de peces pequeños", evidencia una erosión rampante.

El ya frágil suelo sufre los efectos de una exacerbada deforestación y el desarrollo indiscriminado. Los expertos también consideran los eventuales posibles efectos del cambio climático. La situación afecta al único curso fluvial que tiene agua todo el año.

Se trata del río São Francisco, que al igual que los Uruçuí Negro y Gurgea, sufre intenso proceso de sedimentación, cada vez mayor debido a la grave deforestación para la implantación de cultivos, especialmente en las cabeceras y los márgenes de los ríos.

Pese al avance del desierto, cientos de familias que se dedican a la agricultura y la ganadería en pequeña escala se rehúsan a abandonar esta tierra desolada, y recurren al ingenio para desafiar la adversidad y alertar sobre el problema.

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"La situación está descontrolada. No está lloviendo como antes. Por eso tenemos que usar irrigación. Sin eso, no tenemos cómo producir", dice Abade en referencia a un precario sistema que consiste en un pozo para extraer agua de una napa y una red de mangueras.

"Sin irrigación, quedaría como aquel otro sector, muriendo de sed", dice el hombre, de 56 años, que nació y vivió durante toda su vida en la zona. "Para producir aquí hace falta tecnología, pero cuando no se tiene recursos es difícil, muy difícil", explica.

"Tierra frágil"

Desde el cielo, el "desierto de Gilbués" parece una hoja gigante de papel de lija arrugado, de color rojo ladrillo. “El problema de la erosión no es nuevo”, apunta el historiador ambiental Dalton Macambira, de la Universidad Federal de Piauí.

Sin embargo, el impacto de las actividades humanas, como la construcción de asentamientos y la expansión de la frontera agrícola para la producción a gran escala, empeoró el problema al arrasar y quemar la vegetación, cuyas raíces ayudaban a contener el suelo limoso.

Gilbués fue escenario de una fiebre de diamantes a mediados del siglo XX, de un "boom" de la caña de azúcar en la década de 1980 y ahora es uno de los principales municipios productores de soja del estado.

"Ahí donde hay personas, hay demanda de recursos naturales", dice Macambira. "Eso acelera el problema y exige al medio ambiente más de lo que puede soportar", explica el experto. Según un estudio que publicó en enero, el área afectada por la desertificación se ha más que duplicado.

“Pasó de 387 a 805 kilómetros cuadrados desde 1976 a 2019, afectando a unas 500 familias agricultoras”, dice Macambira. Sus pares añaden que son necesarios más estudios para determinar si el calentamiento global también está acelerando el fenómeno.

Por lo pronto, los agricultores constatan temporadas secas más secas, y de lluvias más cortas pero más intensas, lo que agrava el problema. Las fuertes precipitaciones arrastran más tierra y hacen aún más profundos los enormes cañones conocidos como "vocorocas".

Según Macambira, el calentamiento del planeta solo puede empeorar la situación. “En las zonas con problemas de degradación ambiental, el cambio climático tiende a tener un efecto más perverso", afirma.

Oportunidades

Según las agencias de Naciones Unidas (ONU), la desertificación es una "crisis silenciosa" que afecta a 500 millones de personas en el mundo, y es causa de pobreza y conflictos. Sin embargo, para Fabriciano Corado, presidente del grupo de conservación SOS Gilbués, la crisis abre posibilidades.

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Este ingeniero agrónomo, de 58 años, dice que aunque el suelo de Gilbués se erosiona fácilmente, al mismo tiempo es ideal porque es rico en fósforo y arcilla, y no necesita fertilizantes u otros tratamientos. Al igual que Abade, afirma que los agricultores precisan de tecnología para sobrevivir al desierto invasor.

Dice que “nada muy sofisticado”,  y señala que los productores locales han obtenido resultados muy positivos; por ejemplo mediante la protección de la vegetación local, la irrigación por goteo, el cultivo de peces y la técnica milenaria de las terrazas agrícolas.

"No tenemos que reinventar la rueda. Los aztecas, incas y mayas lo hicieron por nosotros", apunta con relación las milenarias técnicas de cultivo desarrolladas por los pueblos originarios de América Latina. Recuperarlas y generar otras nuevas no es una tarea sencilla.

A la falta de recursos que afecta a las familias campesinas se suma la inacción del gobierno local. Abade se lamenta del cierre hace seis años del centro público de investigación contra la desertificación en Gilbués, que ayudaba a los agricultores a implementar técnicas y que el estado prometió reabrir, pero sin una fecha definida.

“La región, por ejemplo, tiene también potencial en energía solar”, dice Corado, al citar la apertura reciente de un parque solar de 2,2 millones de paneles, mientras otro está en plena fase de construcción. “Con la mezcla adecuada de conservación y tecnología podríamos producir mucho más”, dice Abade.

Macambira agrega una mirada antropológica. “Al analizar la sociedad local, es fundamental resaltar sus preocupaciones, inquietudes y contradicciones, y las demandas que llevaron a la forma en que se utilizan los recursos naturales en la región”, dice el investigador.

Para hacerlo, la historia ambiental tiene un carácter interdisciplinario. Requiere un diálogo sistemático con otras ciencias humanas y naturales.

“Es importante utilizar el conocimiento ya producido sobre los diversos procesos que llevaron a la degradación del suelo para ilustrar y fortalecer el complejo análisis de las relaciones del hombre con la naturaleza. Un paso esencial para frenar la desertificación”, sintetiza Macambire.

(Con información de AFP)

 

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