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El adicto al alcohol promedio inicia el consumo regular a los 18 años. Sin embargo, recién solicita tratamiento pasados los 30 años de edad.

Mientras el alcohólico demora 15 años en aceptar su enfermedad y pedir ayuda, con la pasta base la consulta es mucho más rápida: el adicto promedio empieza a consumir a los 20 y a los 24 ya está en un tratamiento. Los cocainómanos tampoco dejan pasar tanto tiempo: empiezan luego de los 20 años y solicitan asistencia ocho años y medio después.

Estos son algunos de los datos que es posible extraer del proyecto Tratamiento Registra que está implementando el Observatorio Uruguayo de Drogas y la Agencia para el Desarrollo del Gobierno de Gestión Electrónica (Agesic). El emprendimiento, que aún está en fase piloto, aspira a constituir una suerte de censo permanente de los usuarios de drogas mediante la implementación de historias clínicas electrónicas. Un software que se está perfeccionando permite registrar información como el inicio de consumo, la fecha de la primera consulta, las altas y bajas de los tratamientos recibidos, los especialistas que lo asistieron y su evolución, así como datos del nivel socio-económico-cultural y el entorno familiar del paciente.

Julio Calzada, director de la Secretaría Nacional de Drogas, dijo a El Observador que en marzo se habrá ingresado al 80% de las instituciones públicas y privadas que se dedican al tratamiento de adicciones. Un dato fundamental que aspiran obtener es la cantidad de personas que se asisten.

Las historias clínicas que ya se completaron evidencian que en lo que va de 2013, el 40% comenzó al menos dos tratamientos. Héctor Suárez, sociólogo del Observatorio Uruguayo de Drogas, entiende que el dato es muestra de que la mayoría de los adictos “no puede absorber un tratamiento de primera”, ya sea porque no llega en condiciones de hacer abstinencia o porque no se adapta al régimen.

Esto es clave, agrega Calzada. “Más allá del imaginario de la gente, esto no es un taller mecánico al que lo llevo y se cura. En general la salud no funciona así, pero en las drogas sobre todo. No hay soluciones mágicas”, consideró el jerarca. La importancia de esta lectura tiene que ver con la “estrategia” de la Secretaría Nacional de Drogas de “ampliar la cobertura y retener” a los adictos. “Más adelante podremos medir la adherencia a las distintas propuestas terapéuticas que se aplican”, afirmó Calzada.

Sigue bajando la pasta base

Del total de usuarios registrados, más de la mitad son consumidores de pasta base. Aunque siguen siendo mayoría, en la Secretaría Nacional de Drogas dicen que los datos dan cuenta de una realidad que señalan hace meses: el consumo de pasta base está bajando. En 2011 los dependientes a esta droga eran el 80% de los pacientes.

Ahora la torta se divide de otra forma porque la “tendencia” es otra. Suárez explica que muchos adictos han sustituido la pasta base por la cocaína, lo cual se explica por varios factores: el económico (en la medida que tienen más dinero acceden a drogas más caras), el aumento de la percepción de riesgo (los usuarios son más conscientes de los efectos de la pasta base porque conocen a alguien que los padeció) y el factor social (los “pasteros” cargan con un estigma que no llevan los cocainómanos, dice Suárez).

Mientras la disminución del consumo de pasta base se compensa con un aumento del de cocaína, el alcohol y la marihuana se mantienen. Según las cifras actuales del Observatorio, entre quienes consultaron 60% consume pasta base, 25% cocaína, 8% alcohol y 6% marihuana. En tanto, a casi 60% de los adictos se les indica tratamiento ambulatorio. Al 23% se le sugiere internación en una clínica y al 19% se le recomienda hacer psicoterapia. La mayoría de los que consultan lo hacen de forma voluntaria. El 12,6% lo hace por “presión familiar” y un 5% lo hace por orden judicial.

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