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Leticia es una muchacha que tiene 20 años. Cuando nació era una niña que se movía rápido y aprendía con la curiosidad de los bebés, hasta que a los nueve meses algo pasó. Se desvaneció, tuvo una convulsión, estuvo tres días en coma, los médicos no entendían qué pasaba, corrían en el CTI, hacían exámenes y al tercer día despertó. La cara de sus padres, Richard y Carina se volvió a iluminar y ahí empezó otra historia.

Leticia tuvo un problema cerebral, perdió el equilibrio, quedó en un estado delicado, se tambalea al caminar y solo conservó lo poco que había aprendido hasta los nueve meses. No pudo aprender a leer, ni a escribir, dibuja como una niña pequeña que trata de embocar en el contorno al pintar, no pudo terminar la escuela, no puede caminar sola.

La cura médica no llegó, los especialistas no dieron con la tecla y si bien no se resignan, los neurólogos no pudieron saber exactamente qué le provocó quedar discapacitada. Alguno de ellos aún siguen estudiando su historia clínica.

Eso ahora ya no importa tanto.

Leticia hoy sonríe.


Encontró una amiga a la que ve todos los jueves. Se prepara para el encuentro. Duerme distinto. Su amiga se llama Manchita, es una yegua tubiana, manchada en blanco y marrón. Mansa como pocas, bien alimentada y tiene 10 años.

Manchita pertenece a la Guardia Republicana que –sobre la calle Varela al costado del destruido cilindro municipal– brinda un servicio de equinoterapia. Empezó siendo solo para policías y ahora, junto al hospital Policial, apoya a gente discapacitada.

Para llegar a la parte de atrás de la Guardia Republicana se pasa una primera barrera de seguridad. A lo lejos, un grupo grande de uniformados entrena con sus escudos y garrotes. Cerca de ese campo de entrenamiento hay una carpa verde que recuerda a las películas militares y es la oficina provisoria que usa el director de la Guardia, Rovert Yroa, quien recibe a El Observador montado en un caballo enorme. A la derecha del camino hay un polígono de tiro y se escuchan balazos.

Al fondo del destacamento hay un viejo galpón. En una parte están los caballos de la tropa que la noche anterior estuvieron en los incidentes del centro en el festejo de Peñarol, donde hubo vidrieras rotas y la Suprema Corte de Justicia fue apedreada. En otra zona del galpón, pintada de amarillo hay otros seis caballos, –uno es un pony–. Todos se utilizan para la equinoterapia.

El piso de la pista es de arena y se riega todas las mañanas, explica a El Observador Néstor Sánchez, encargado del lugar. Eso facilita el movimiento al caballo. El techo es de lata y por algunos agujeros entra luz del sol. El servicio igual se brinda aunque llueva, salvo que diluvie, y por esos agujeros entre agua.

A la pista
Leticia tiene su propio casco, sube por una rampa con tremenda dificultad y monta a Manchita que la espera quieta. Se conocen. Se quieren.

Un equipo de rehabilitadores ecuestres la ayuda. Se pone uno a cada lado y comienza el trabajo. La yegua da pasos, para, arranca y vuelve a frenar. Da un trotesito lento y para.

Assael Arcos, responsable del servicio de equinoterapia explica a El Observador que el movimiento del caballo “es tridimensional”. “Va para adelante, los costados y hacia arriba. Eso es, para una persona, lo más similar a caminar”. La temperatura de los caballos es uno o dos grados más que los humanos. Ese calor en las piernas estimula y ayuda a relajar los músculos del jinete.

A Leticia le piden que enderece la espalda y le acercan aros de colores. Paola Pucherelli, rehabilitadora ecuestre y profesora de educación física, dijo a El Observador que ese ejercicio es para trabajar la presión fina. Además, a Leticia le mandan deberes. “Tiene que pintar a Manchita dentro del margen”. Parece fácil, pero para ella no lo es. Agarrar el lápiz cumple la misma función que los aros.

El equipo de profesionales está integrado por psicoterapeutas, profesores de educación física, psicomotricistas, rehabilitadores ecuestres, terapista ocupacional, psiquiatra, psicólogo y enfermeras del hospital Policial. Otros dos funcionarios se dedican exclusivamente a los caballos y a veces reciben ayuda de los niños para peinarlos, darles de comer o bañarlos. “Para trabajar acá tenés que amar a los niños”, comenta Richard, el padre de Leticia, que toma mate y luego irá a trabajar.

Manchita sigue con su vuelta, la terapia dura media hora.

En las paredes blancas de la pista hay un cartel de las películas Happy Feet, otro de Vecinos invasores y un ómnibus amarillo. Se escucha en el parlante la música de Xuxa.

Educación
La familia de Leticia vive en el barrio Brazo Oriental. Una amiga que tiene auto se ofreció a llevarlos todos los jueves a la clase de equinoterapia. Su madre dice que el día previo a la terapia Leticia está diferente. Sabe que al otro día montará a su yegua.

Los padres de Leticia ya no lloran. Seguro que lloraron mucho. Dicen que otras parejas en situaciones similares terminan separándose. Ellos, al contrario, se unieron más.

Su hija fue a la escuela pública, solo a jardinera porque después, cuando los demás niños empezaban a aprender a escribir no les pudo seguir el ritmo. “El sistema de inclusión en la educación no existe”, dice Richard. Él sabe que su hija nunca podrá trabajar ni valerse por sí misma. Sin embargo, decidió integrar una asociación de padres de niños con discapacidad para ayudar a otros, que tal vez puedan avanzar en su educación. “Si no hay educación primero, no habrá trabajo después”, dice.

Su hija va cuatro horas por día a un centro especializado que es privado. Eso le da un poco de oxígeno a la madre. Ahí le enseñan a socializar, a cocinar, aprende algo de computación y también sirve para marcar rutinas, tener una motivación, tener que vestirse, aprontar su mochila y compartir cumpleaños. Fue también a Casa Gardel, “que le hizo bárbaro”, afirma su padre, porque tenía piscina y psicomotricidad, pero como ahora tiene mutualista perdió el derecho. La mutualista le ofrece un club, pero los padres tienen miedo porque no hay un profesor que se pueda hacer cargo de Leticia mientras está en la piscina.

Última vuelta
Leticia terminó por ese día su sesión de equinoterapia en la Guardia Republicana. La ayudan a bajar de Manchita y sus padres que la miraban desde arriba –un lugar con unos pocos asientos acondicionado para las familias–, bajan a buscarla. La joven sonríe, sale junto a Manchita y le da de comer una zanahoria. Al final de cada actividad los caballos reciben su premio: una zanahoria, una manzana o un caramelo. Nadie se olvida de traerlo. El sistema de trabajo y el personal existente permiten que haya hasta tres caballos en la pista al mismo tiempo.

Se acerca otro niño que llegó con su madre. Se lo ve fuerte. Está abrigado con una campera roja y del bolsillo derecho sobresale la zanahoria. El niño es autista. Parece asustado arriba del caballo. Y con el trote comienza otra historia.

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