ver más

Es difícil saber a qué obedece, pero desde hace un tiempo es notorio que la renovación de las letras uruguayas viene del interior del país. A los nombres de Gustavo Espinosa, Martín Bentancor, Damián González Bertolino o Valentín Trujillo, ahora se suma el de Juan Estévez con su primera novela, Entusiasmo sublime.

Dentro de esta corriente se puede observar que los más jóvenes escriben desde el presente y sitúan la mayoría de sus textos allí, mientras que los más veteranos eligen las convulsas décadas de 1960 y 1970 para situar a sus personajes. La decisión es bienvenida porque arrojan luz sobre una parte de la historia nacional no suficientemente contada, que es como se vivió la dictadura en el interior del país.
Entusiasmo sublime cuenta algunos años de la vida de Iván, un joven cualquiera, hijo de una prostituta pobre, que recorrerá diversas locaciones de Uruguay y Argentina huyendo de la miseria y de un autoritarismo militar cada vez más restrictivo y cruel.

Te puede interesar
En ese periplo hay de todo. Está Sendic padre como personaje invitado en una escena memorable. Hay una visita a la Argentina aterrorizada de los Ford Falcon. Un pasaje de Iván por las fuerzas armadas, que se enrola para ver de cerca lo que intuye. Y un cálido recuerdo para los anarquistas anónimos que se la jugaron en defensa de la libertad.

Todo está contado con una prosa singular, que no duda en suprimir puntos y comas cuando lo cree necesario o incluir varias contracciones en las palabras para rescatar la oralidad de la gente de campo.
El libro es complejo porque se puede leer de dos maneras diferentes. Literalmente, siguiendo el derrotero de Iván sin más por una época oscura; o como relectura de la historia nacional, ya que se intuye que varios nombres propios de militares y cuarteles, además de Sendic, pueden también ser reales.

Si el lector logra abstraerse un poco del trasfondo político, si deja un rato de lado el fondo ideológico del asunto, es posible darse cuenta de la destreza de Estévez para construir escenas que describen estupendamente el clima de la época pero que, además, son en sí mismas radiografías certeras de la miseria material y espiritual de muchos de los personajes del texto.

La descripción de la vida en los quilombos del interior es soberbia, casi se puede oler el perfume barato. La madre, en particular, con sus clientes y su pareja fija, con su religiosidad de mil santos en porcelana y estampitas, con sus inciensos y su curandera de confianza cuando todos los rezos fallan, resulta un arquetipo perfecto.

Igual de memorable es la escena donde el joven Iván es adoctrinado por el Bigotes, frente a un afiche del príncipe Kropotkin, sobre las virtudes del anarquismo y sobre los pecados de la burguesía. Es uno de los pocos momentos de la novela donde Estévez muestra su veta humorística, nada despreciable.

También, aunque más previsible, está la burla sistemática a la forma de actuar de los militares y su mentalidad bipolar, que pasa del infantilismo al sadismo en un instante. Hay pasajes inolvidables, como el del robo con alevosía de un avión de un cuartel militar o la historia de una milanesa vieja mordida durante días que sirve para seducir a una mujer, que justifican por si solos todo el libro.

Entusiasmo sublime, con su efectiva mezcla de relato histórico y aventura personal, es una buena opción para cualquier lector inquieto.

Temas:

libros literatura

Seguí leyendo