17 de mayo de 2026 5:00 hs

No todos los escritores se despiden de sus lectores. Algunos no pueden. A otros no les interesa hacerlo. A otros, la muerte los sorprende incluso en medio del acto mismo de la escritura. Julian Barnes tuvo la posibilidad, o más bien se permitió la posibilidad. Llegó a las ocho décadas y decidió que podía tener un último acto literario voluntario. El cierre de su bibliografía quedó en sus manos y la decisión de cómo encararlo también. El más francófilo de la “generación Granta” extrajo de ese último proceso el título Despedidas, que en inglés se rotula con el menos literal y más poético Departure(s), y que está en librerías, como siempre, enmarcado en el amarillo característico de Anagrama.

Llegué a Barnes hace relativamente poco, cuando publicó una de sus últimas novelas, La única historia. La recuerdo como una lectura atravesada por una sensación de melancolía plácida, como ese último golpe de sol de las tardes de otoño que te calienta la cara. Después seguí sus ensayos sobre arte, sus textos más híbridos, todavía tengo pendiente sus grandes novelas —El loro de Flaubert me sigue esperando—, pero quería cruzarme con Despedidas en cuanto supe de él. La idea de ser testigo de un adiós premeditado, calculado, bienvenido, desprovisto de cualquier halo de tragedia. Eso es esta novela.

Lo de novela, de todos modos, podría discutirse, ya que Barnes hace gala por última vez de su capacidad para subvertir los géneros y entrega, en su libro final, una finísima mixtura de formas: hay memorias, autoficción, esbozos novelados de la relación de dos de sus amigos más íntimos —de los que juró nunca escribir, y a quienes reconoce haber “traicionado”— y una veta ensayística que está atravesada por las lecturas del autor, los ecos de sus franceses de cabecera —Proust, Flaubert, Mallarmé— y una exploración sobre el Recuerdo Involuntario Autobiográfico, que de hecho abre la primera parte del libro.

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Julian Barnes

Barnes, además, expone los vericuetos de la enfermedad con la que convive, un raro cáncer en la sangre que describe como “tratable” pero “crónico”, y a partir del cuál aprovecha para hacer un ejercicio introspectivo sobre su cercanía con la muerte en el que nunca pierde el sentido del humor.

Toda mi vida he mantenido una vinculación muy estrecha con la muerte, tanto teórica como real, y he escrito sobre ella muchas veces. Sin embargo, a pesar del escalofrío de “no puedo decir si es o no es leucemia”, no había recibido ninguna sentencia de muerte. Al contrario, lo que había recibido era una sentencia de vida, la sentencia de vivir con mi cáncer hasta que muriera. Toda mi vida he mantenido una vinculación muy estrecha con la muerte, tanto teórica como real, y he escrito sobre ella muchas veces. Sin embargo, a pesar del escalofrío de “no puedo decir si es o no es leucemia”, no había recibido ninguna sentencia de muerte. Al contrario, lo que había recibido era una sentencia de vida, la sentencia de vivir con mi cáncer hasta que muriera.

Pero Despedidas es también un libro sobre la amistad, y la forma en la que esta se transforma a lo largo de las décadas, y de cómo se tambalea por el peso de las decisiones o los horizontes occilantes.

La historia de Jean y Stephen, que Barnes relata a dos tiempos, en algún punto recuerda también a la otra gran amistad (y su ruptura) que rodea a la figura de este escritor: la que tuvo con Martin Amis, que luego derivó en una fría enemistad que perduró hasta la muerte del autor de La zona de interés.

Me creía muy listo, porque había escrito muchos libros; creía saber lo que motivaba a la gente; me consideraba incluso un centro de asesoramiento. Pero había tratado a Jean y a Stephen como si fueran personajes de mis novelas, pensando que podía encaminarlos delicadamente hacia los respectivos finales de que yo deseaba. Había confundido la vida con la literatura. Me creía muy listo, porque había escrito muchos libros; creía saber lo que motivaba a la gente; me consideraba incluso un centro de asesoramiento. Pero había tratado a Jean y a Stephen como si fueran personajes de mis novelas, pensando que podía encaminarlos delicadamente hacia los respectivos finales de que yo deseaba. Había confundido la vida con la literatura.

Por último, el autor de El sentido de un final ajusta cuentas con el suyo propio: el final que le espera al final de la página del libro y de su vida. Reflexiona sobre la memoria, se despide del lector y emprende la última aventura de su vida. Una que no tendrá correlación literaria, pero por su propia, y acaso valiente, decisión.

En cuanto a mí, tengo ahora setenta y ocho años y este será definitivamente mi último libro, mi despedida oficial, mi postrera conversación contigo. Terminar mi último libro en vida y después guardar silencio tiene al menos una consecuencia positiva: significa que no me interrumpirán en plena escritura. Es una forma de negarle potestad a la muerte. Aunque sea de un modo ínfimo, hay que reconocer. En cuanto a mí, tengo ahora setenta y ocho años y este será definitivamente mi último libro, mi despedida oficial, mi postrera conversación contigo. Terminar mi último libro en vida y después guardar silencio tiene al menos una consecuencia positiva: significa que no me interrumpirán en plena escritura. Es una forma de negarle potestad a la muerte. Aunque sea de un modo ínfimo, hay que reconocer.

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