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Todo proceso de cambio cultural tiene indefectiblemente partidarios o detractores, o como escribió con tino Umberto Eco en 1965, apocalípticos o integrados. Mario Vargas Llosa, es sabido, pertenece al primer grupo.

Con motivo de la presentación de su último ensayo, La civilización del espectáculo, el Instituto Cervantes de Madrid realizó a fines de abril un debate entre el ganador del Premio Nobel de literatura y uno de los mayores exponentes de pensamiento integrado: el sociólogo y filósofo francés Gilles Lipovetsky.

Convocando a dialogar a uno de los autores que más ha profundizado en el análisis de la cultura contemporánea, el escritor peruano comulgó con la reivindicación que hace en su libro sobre la necesidad del diálogo intelectual en estos tiempos de incertidumbre.

Una realidad y dos miradas

Tras las presentaciones, el escritor peruano inauguró el debate expresando su incomodidad y angustia ante los nuevos tiempos, y dijo de su libro que tiene como finalidad “ver qué efectos puede tomar la deriva de lo que hoy día llamamos cultura en distintos aspectos de la actividad humana”. Según afirma, estamos ante la debacle de la alta cultura y el imparable avance del entretenimiento como valor supremo.

En su introducción, el escritor demostró conocer bien las ideas de su contertulio y su perspectiva sobre la cultura contemporánea, sobre las que confesó que “a veces me convencen y a veces me dejan pensativo”.

Dicho eso, Lipovetsky entró en materia sin demasiadas formalidades, explicando que la “cultura noble, la alta cultura”, con la secularización de las sociedades y el inicio de la modernidad, vino a representar “el nuevo absoluto, una especie de religión del arte”, cosa que se ha desmoronado con la civilización del espectáculo y la sociedad de consumo. A ello, añadió que “ya no esperamos que la cultura cambie el mundo, que es lo que esperaba Rimbaud. Ahora de la cultura esperamos diversión”. Y puntualizó: “Aunque sea un poco más elevada”.

Tras exponer la innegable y mayor parte negativa del cambio cultural actual, el francés expuso que también se debe reconocer el potencial positivo. “No todo es cultura: el ser humano también es cuerpo y relación” dijo.

En este sentido, agregó, “la sociedad de consumo ha dado un grado mayor de autonomía a las personas. Han caído las grandes ideologías, y mediante el hedonismo, se han multiplicado los modelos de vida. La televisión, en cierto modo una tumba de la alta cultura, ha aumentado las referencias y ha abierto los horizontes”.

De confusión a libertad

Cualquier hecho puede ser visto desde distintas perspectivas y lo interesante de los debates es confrontarlas. La liberación que ha surgido con el fin de las grandes autoridades, sostuvo Vargas Llosa, ha terminado desembocando en una gran confusión: “Con la alta cultura se han desplomado ciertos valores estéticos”.

Por ejemplo, en las artes plásticas “todo puede ser arte y nada lo es, porque ahora no hay canon. Todo depende del gusto del cliente. En última instancia es la publicidad la que tiene la última palabra”.

Esta afirmación puso de manifiesto las diferentes sensibilidades de los intelectuales. Para Lipovetsky, lo que el peruano llama “civilización del espectáculo” ha creado “algo inédito en la historia: arte de masas. Antes todas las artes eran aristocráticas”, y concluyó que eso “no ha modificado esencialmente la estética sino que ha creado nuevas categorías válidas y enriquecedoras”.

El vacío que dejó la cultura en el corazón de occidente es algo que sin duda alarma a Vargas Llosa. Según él, la alta cultura fomenta ciertas sensibilidades que “equipan al individuo para ser mucho más lúcido sobre lo que anda bien y anda mal en el mundo en el que vive”. En contraposición, añadió, la civilización del espectáculo “promueve más conformismo que sosiego, que es lo que daba la alta cultura”.

Además, continuó, la cultura en el sentido tradicional forma ciudadanos y su erosión tiene una influencia nefasta en la conciencia cívica y el mantenimiento de una base ética. El cinismo y el nihilismo son características de las sociedades occidentales, pero como notó el filósofo galo, “las nuevas generaciones toman nuevas bases no ideológicas como la solidaridad”, algo que, recordó, “se expresa en la adhesión de las personas a ONG o programas de voluntariado”.

Como suele suceder en diálogos de este calibre, todo el tiempo es poco para exponer y profundizar lo que se desearía. Con el minutero en los talones, Lipovetsky blandió por última vez sus argumentos para matizar que aunque “el hombre moderno, la democracia y el humanismo le deben muchísimo a la alta cultura”, no es la única vía.

Y agregó que, sin duda, el “universo del consumo no puede llenar las aspiraciones más altas del hombre”. Como concluyó el francés, “el consumo no ha podido anular la creatividad del hombre”. Basta con entrar en internet para comprobarlo.

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