Argentina disipa su devaluación, pero ven difícil repunte de actividad
Una vez lograda la paz financiera, Cristina Fernández apuesta a un boom del consumo
Una vieja máxima de la política argentina señala que incluso en medio de un escándalo por corrupción, o en medio de una crisis política, un gobierno puede obtener un buen resultado electoral, siempre que cumpla con algunas condiciones. Básicamente, mantener el dólar barato y estimular con fuerza el consumo.
Por otra parte, el hecho de que las cuentas de la expansión fiscal deberán ser pagadas por “el que viene” a partir de 2016, lleva a que exista en el gobierno la tentación de incrementar el gasto público o relajar la presión impositiva, de manera de estimular el consumo.
Plan con dificultades
La primera parte de ese escenario parece lograda: el dólar luce calmo, no solamente en su versión oficial sino también en el mercado paralelo, al punto que la brecha del blue cayó al entorno del 40%, todo un lujo para una economía que hace escasos seis meses se encaminaba a una brecha de tres dígitos.
Falta la otra mitad del paquete, la de la recuperación del ingreso. Pero es allí donde surgen las dudas: hay analistas que advierten que, a diferencia de lo ocurrido a lo largo de la década kirchnerista, ahora ya no queda mucho margen para generar ese shock consumista.
La apuesta oficial es a dos crecimientos del salario. Primero, en términos de dólares, gracias al atraso cambiario. Segundo, en términos reales, al habilitar aumentos superiores a la inflación en las próximas paritarias.
Pero el tema central del debate es si, incluso con la posibilidad de que haya una recuperación de salarios, eso no necesariamente garantiza que haya buena predisposición al gasto.
El argumento es que para que mejore el humor social se necesita mantener la calma macroeconómica, pero hay una paradoja: lo que posibilita el dólar anestesiado y la inflación contenida es, justamente, el clima recesivo. De manera que cualquier intento por provocar un shock en los ingresos pondría en riesgo el clima de tranquilidad. Uno de quienes apuntan en ese sentido es Eduardo Curia, un economista que advierte contra la tentación de “ablandar” las condiciones que ahora posibilitaron la calma.
Entre ellas, incluye una contención salarial de manera tal de que no agregue presión inflacionaria, pero cree difícil que ello sea políticamente viable. “Es harto difícil que los gremios renuncien a un criterio de ajuste adaptativo, por inflación pasada efectiva”, afirma.
Pero, además, muchos creen que este año las exportaciones agrícolas no ayudarán como en otros momentos, lo cual limitaría las posibilidades de incentivar el consumo.
“Las proyecciones para este 2015 apuntan a una caída en el valor del saldo exportable agrícola del orden de US$ 6.000 millones, por culpa del derrumbe del precio de la soja. En este contexto, parece muy improbable un repunte sustancial del nivel de actividad”, sostiene el consultor Federico Muñoz.
Pero, acaso el mayor impedimento que se percibe es la imposibilidad de volver a utilizar el gasto público como “lubricante”.
Como la asistencia al Tesoro ha implicado una fuerte emisión monetaria, el Banco Central se enfrenta a la necesidad de absorber grandes cantidades de dinero del mercado, para lo cual suben las tasas de interés.
De hecho, durante 2014 la base monetaria creció 20% en una economía en la cual los precios lo hacían al 40%. Esta vocación por “aspirar” pesos del mercado fue lo que permitió que ahora se esté viendo una inflación más moderada.
Pero, claro, no fue un remedio inocuo, porque enfrió la economía, al punto que hoy los analistas prevén una nueva contracción del PIB, en torno al 1%.
Los analistas ven esta situación como una transferencia de recursos en la cual los que pierden son los privados: “Se está produciendo el clásico ‘efecto desplazamiento’ asociado a la satisfacción de crecientes necesidades fiscales en el mercado monetario”, apunta la consultora Ledesma.
Su diagnóstico es que “a pesar de la estabilidad superficial que se esfuerza por propiciar el entramado de medidas oficial, en el fondo continúa deteriorándose a un ritmo acelerado la situación macroeconómica”, y cree inevitable una profundización recesiva.
De manera que, a diferencia de otros momentos, el contexto no parece propicio para “políticas keynesianas”. El gasto público ahora puede causar más problemas que expansión.
Peor aun, hay economistas que creen que llegó el temido momento de la “caída en la demanda de dinero”: esto significa que las subas salariales pueden traducirse en más inflación antes que en un aumento real de la producción.
“Si no hay un aumento de la oferta agregada que responda con mayor producción, existe el riesgo de que surjan presiones de demanda que terminen acelerando los precios y estimulen nuevamente la inflación, haciendo que el poder adquisitivo del salario no sólo se vuelva a evaporar, sino que termine cayendo más”, advierte Economía & Regiones.
En definitiva, la posibilidad de fomentar el consumo en este contexto aparece cuestionada. El “manual” electoral es claro sobre su conveniencia, pero la realidad económica muestra sus límites.
Cristina, “vendedora de shopping”
En estos días el gobierno argentino está abocado a una serie de anuncios focalizados en el incentivo al consumo. Planes para comprar en 12 cuotas sin interés, créditos especiales para autos, planes “canje” para electrodomésticos forman parte de la estrategia.
Es una política especialmente solicitada por Cristina Fernández de Kirchner, quien siempre se ha aferrado a la idea de que el consumo interno, sobre todo en momentos recesivos, es la clave para motorizar la economía.
Como la presidenta suele recordar, durante la recesión de 2009 se transformó en “una vendedora de shopping” porque cada semana anunciaba en cadena un plan estatal de subsidio para ventas con rebaja en productos de diversos rubros. “Salimos a vender, sí, porque hay que vender y hay que consumir, además. Por favor, que se les grabe esto en la cabeza, porque es el consumo interno el que nos salvó y nos permitió ese crecimiento del año 2010 y 2011”, recordó en un discurso.
De manera que ahí reside el principal motivo de preocupación actual: si existe algo de margen para generar el fenómeno de la “reactinflación” como el que permitió los récords de consumo de 2011 o si, para desgracia del gobierno, las mismas recetas keynesianas que dieron resultado en otro momento ahora ya no surten el mismo efecto.