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Todavía afectados por la melancolía post-Mundial, los argentinos están descubriendo que durante las últimas semanas todas las cosas que iban mal, ahora están peor. La economía va por su tercer trimestre consecutivo de caída, o sea que ya está oficialmente en recesión, y los economistas creen que en la segunda mitad del año las perspectivas son poco alentadoras.

Hay una lista larga de números como para deprimirse.

La industria cae a un 5,3% respecto del año pasado, y la situación es especialmente crítica en el sector automotor, el más emblemático del “modelo reindustrializador” del kirchnerismo. Con un mercado interno que vive un desplome del 35% en las ventas y con el mercado brasileño que no ayuda a las exportaciones, el sector no deja de dar malas noticias, con plantas fabriles que suspenden personal.

También en la construcción se está viviendo un retroceso, con una caída ininterrumpida de la actividad desde comienzos de año. La variación negativa está en 4,6% respecto del año pasado y también en este sector se está dejando personal vacante. El sector inmobiliario, mientras tanto, sigue su caída libre desde la aplicación del “cepo” cambiario: la última cifra marca un 16% menos de actividad que hace un año.

Pero acaso el aspecto que más llama la atención es el deterioro del consumo, justo en un modelo que había hecho de la demanda interna uno de sus pilares. Una encuesta de pequeños comerciantes retail marca que en el primer semestre las ventas –medidas en volumen, no en pesos– cayeron 7%. Se había generado la expectativa de que en junio la situación mejorase, por la combinación del “efecto aguinaldo” con el “efecto Mundial”. Pero lo cierto es que el público siguió reticente y hasta en los típicos rubros que se mueven gracias al fútbol, como el de indumentaria deportiva o los televisores, se registraron caídas en las ventas.

Para peor, nuevos indicadores apuntan a que incluso en la alimentación –supuestamente, el rubro que las familias recortan recién cuando ya ahorraron en todos los gastos superfluos– también está mostrando un retroceso. Un relevamiento de la investigadora de mercado CCR indica que los supermercados registraron en junio una caída real de 2% respecto del año pasado. Hacía una década que no se registraba una merma de ventas en las góndolas en un primer semestre, y los expertos atribuyen ese fenómeno a una caída en el poder adquisitivo.

De hecho, una encuesta sobre percepción de ingresos del hogar revela que el 73% de las familias dicen haber perdido capacidad de compra en lo que va del año.

Otros analistas agregan que, además de haber menos plata, está el temor al desempleo, que hace que los que sí tienen poder adquisitivo prefieran replegarse por las dudas. Hoy, el porcentaje que opina que hay pocos puestos de empleo llega al 53%, y hay que remontarse a la recesión de 2009 para ver una cifra similar.

Una recesión autoinducida

Pero, aun con este panorama sombrío, los analistas creen que no se ha visto lo peor, dado que para la segunda mitad del año no ven perspectivas de reactivación. De hecho, muchos están recalculando a la baja sus pronósticos de variación del PIB.

El punto central que se plantea como crítica al gobierno es que este estancamiento no es tanto producto de un shock externo sino más bien inducido por la propia política económica.

“Estamos frente a un laberinto monetario con estímulos cruzados que inducen una contracción en el sector privado y una expansión en el sector público. Exactamente al revés de lo que se necesita”, es el contundente análisis de Jorge Todesca, titular de la consultora Finsoport.

Ocurre que, ante la elevada inflación y la presión sobre la cotización del dólar, el gobierno convalidó una fuerte suba de tasas de interés para retirar pesos del mercado. Y, además, abogó por “topear” las subas salariales en 30%.

Ello motivó un inmediato enfriamiento de la economía. Pero, sobre todo, la medida que los analistas señalan como más preocupante es la de haber “pisado” las importaciones, en aras de cuidar las castigadas reservas del Banco Central.

Según una estimación del Estudio Bein, por cada punto que crece el PIB, se necesita que las importaciones crezcan tres puntos, dado que la industria utiliza maquinarias e insumos producidos fuera del país.

En consecuencia, se exacerba la necesidad del crédito externo. Para el economista Nicolás Dujovne, por cada US$ 3.000 millones que se consigan, se “salvará” un punto de crecimiento.

¿Por qué el gobierno lleva adelante esta política si lleva a un resultado recesivo? La clave está en la escasez de dólares: el gobierno, que no tiene crédito externo, debe priorizar las reservas del Banco Central a la cancelación de obligaciones financieras y a la importación de energía, luego de la pérdida del autoabastecimiento.

Los dólares inclinan la balanza

Los meses que vienen por delante no traen motivos para el optimismo: el momento de la gran entrada de dólares derivados de la exportación agrícola ya pasó. Y si quedó un remanente de soja sin liquidar, debe enfrentar un precio internacional con tendencia a la baja.

De momento, el factor al que el gobierno parece echar mano para sostener la actividad es el gasto público, que crece a un ritmo de 42% frente a una recaudación impositiva de 35%. Un punto, por cierto, para la polémica, porque los economistas creen que esta política está llamada a provocar más inflación que crecimiento.

No es de extrañar, en este contexto, que en las últimas semanas haya vuelto a notarse un endurecimiento en el régimen de venta de dólares a los ahorristas y para el turismo. Y que los rumores de una nueva devaluación hayan ganado en intensidad.

Hay, pese a todo, una esperanza que lleva a pensar que no necesariamente se deba caer en una recesión más profunda. Y, naturalmente, tiene que ver con la resolución del extenso litigio que el país mantiene con los denominados “fondos buitre”.

El diagnóstico de los analistas es que una resolución positiva podría habilitar líneas de crédito externo, lo cual inmediatamente cambiaría las expectativas y descomprimiría la presión sobre las reservas del Banco Central y el tipo de cambio.

Claro que también está la otra posibilidad, la de un default técnico inducido ante la falta de un arreglo. En ese caso, los diagnósticos de lo que puede ocurrir oscilan entre “malo” y “desastroso”.

Quedan las últimas dos semanas para llegar a ese entendimiento en el plano judicial, de manera que en los próximos días se sabrá para qué lado se inclina la suerte de la economía argentina. Como en las definiciones por penales, solo hay dos resultados posibles.
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