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La receta mágica parecería perder uno de sus ingredientes que hasta ahora ha sido fundamental. En esta zafra arrocera, los productores han alegado que los precios no cubren sus costos y sostienen que se ubican por encima de otros países, mientras que la industria arguye que han pagado más de lo que el mercado indica a sabiendas de la mala situación del sector primario. Y he aquí un punto esencial: el arroz es un commodity y la llave del éxito es producir a bajo costo. Es un sector tomador de precios, se vende buena parte en cuatro países: Irak, Irán, Brasil y Perú, habiendo en algunos casos preferencias y precios mayores pero que al fin y al cabo acompañan las tendencias internacionales. El mercado mundial ha mostrado ciertas fortalezas con precios levemente en alza, pero con cambios en los fundamentos. Por ejemplo, al igual que en la carne, India ha escalado y es el principal exportador mundial; y Tailandia, en contraste, ha cedido espacio en el exterior debido a medidas proteccionistas.

En cualquier caso, el problema es lo que llamaría el síndrome PPA de costos del Uruguay: puerto y porteras adentro. Los costos suben más rápido que los precios: erosión de márgenes, pérdida del factor clave de competitividad que es producir barato.

Ahora bien, ¿cómo ha producido Uruguay arroz a bajo costo? Una rápida radiografía: existen menos de 600 productores, de los cuales la mitad son puros y el resto diversificados, dos tercios se ubican en el este del país; el área plantada se mantiene en un rango estable hace tiempo ya, con un promedio de 170.000 hectáreas en los últimos cuatro años; las tres cuartas partes se produce sobre tierra arrendada; el rendimiento se eleva casi a los 8.000 kilos por hectárea. La fase industrial, netamente exportadora, el 87% está en manos de cinco empresas, siendo la minoría de capitales nacionales. Una empresa de capital brasilero controla casi la mitad. En síntesis, es un sector totalmente concentrado y consolidado en la fase primaria e industrial, con una capacidad de organización, de incorporación de tecnología y de lobby político muy potente y propia de un sector con tales características.

Vayamos un poco más a la competitividad del cultivo. Es uno de los que más capital se invierte por hectárea tanto para cubrir costos operativos como para la maquinaria e infraestructura. La tesis que planteo es que el sector ha tradicionalmente subutilizado (o no internalizado en sus costos) una buena parte de la inversión necesaria que forma parte del sistema arrocero. Ese componente es la inversión en infraestructura, en los canales, drenajes, caminos, puentes, construcción de represas para riego, estaciones de bombeo. Y aun más, en la utilización clave como es la del agua dulce, siendo el arroz el gran usuario de este recurso en el Uruguay. Sigo: el paquete tecnológico ha apuntado a utilizar la chacra uno a tres años y luego rotar a un nuevo suelo, con su correspondiente sistematización, lo cual explica en parte la alta incidencia del arrendamiento en este cultivo. Menos de la mitad del arroz cada año se planta sobre arroz. Y si miramos la salida de chacra: solo 6 de cada 10 quedan con pasturas luego del ciclo arrocero, pese a tener un nivel de fertilidad residual tremendo. Históricamente, también se favoreció con la migración a nuevas tierras no cultivadas, proceso con apoyo estatal para la provisión de energía, acceso a fuentes de agua, caminos, drenajes.

Hubo otros aportes públicos como la genética y variedades desarrolladas, o financiamientos con condiciones muy favorables como el tercer fondo en curso.

La competitividad del sector ha estado apalancada con todos estos factores, fueron un ingrediente esencial. Pero, ahora que este ingrediente contribuye cada vez menos, quedan al desnudo los problemas y la realidad.

El valor tierra y arrendamiento, el costo de la electricidad (60% del riego es por bombeo), el costo del agua, y buena parte de los costos asociados al sistema (infraestructura, transporte) han subido a ritmos mayores que los precios. No cierra. Cada vez la competencia internacional será más dinámica. El sistema arrocero tendrá que reacomodarse y utilizar en forma diferente quizás sus inversiones y activos. Seguramente se agreguen soja, sorgo, maíz, y más ganadería al sistema arroz para usar esas capacidades e infraestructura, que de alguna manera mejoren la productividad global de todos los recursos utilizados en el sistema y, al final, su competitividad.

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