La identidad de Montevideo se define en parte por lo que no está, tiene que ver con épocas mejores, con la nostalgia por aquella Tacita de Plata de los tiempos de gloria.

El paisaje montevideano actual poco tiene que ver con aquel esplendor. Por un lado, en Pocitos, impera esa muralla de edificios que deja a la playa en sombras desde temprano en la tarde. Por otro, la serie de terrenos baldíos en la Ciudad Vieja, los palacios demolidos y por demoler, los edificios de escasa categoría construidos y por construir.

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Durante décadas, la justificación para tanto deterioro y decadencia fue la merma de recursos financieros. Uruguay ya no era el Uruguay de las vacas gordas y entonces es normal que la capital se fuera afeando.

Ahora hay un “boom” de la construcción y entonces el peligro es el mismo: se demuelen cosas que estaban hechas con un criterio y una calidad superior, para construir otras inferiores, a todas luces.

El director general de la Comisión del Patrimonio Cultural de la Nación, Manuel Quintela, admite que la situación no es la ideal y que los instrumentos que tiene el Estado y las intendencias no son los más adecuados, pero cree que se puede hacer más con lo que hay y que se puede generar mejores instrumentos.

“Lo más importante es la conciencia de la gente en la importancia del patrimonio y esa conciencia es mucho mayor hoy que hace algunos años”, dice Quintela.

A partir de esa sensibilidad de la población, que Quintela atribuye al buen trabajo que se hizo con la conmemoración del Día del Patrimonio, una idea importada de Francia por Luis Livni, se pueden generar los instrumentos para cambiar las cosas, porque “cada generación construye su patrimonio”.


Esos instrumentos deben estar en una ley nueva, que contemple la creación de un Instituto, con funcionarios presupuestados y no honorarios, que tenga la capacidad y la celeridad para gestionar el patrimonio, algo parecido a lo que en Brasil es el IPHAN (Instituo do Patrimonio Historico e Artistico Nacional) creado a fines de la década de 1930.

Quintela cree también que habría que empezar por reconocer la labor que realiza hoy un grupo de funcionarios escasamente remunerados. “Me parece importante corregir esa situación, para dar una señal de que es un trabajo clave para la preservación”, asegura.

Una ley nueva debería corregir algunas disposiciones que conspiran contra la conservación, añadió. “Cuando se protege a un edificio por razones de conservación patrimonial, el dueño puede exigir que el Estado lo expropie. Si no se dispone del dinero para hacerlo, entonces, el propietario queda en libertad para demolerlo. Eso tiene que cambiar”.

El jerarca entiende que la gestión del patrimonio debe coordinarse con los entes estatales, los gobiernos municipales y el Ministerio de Turismo y también alinearse con los contenidos educativos, desde Primaria.

“Hay que combatir esa cultura de tomar un bien patrimonial como una desgracia, como si fuera una maldición”, dice Quintela, en referencia a los supuestos perjuicios económicos que ocasiona.

Quintela cree que el Estado debe plantear exoneraciones tributarias que favorezcan el mantenimiento del patrimonio. “En cada ciudad hay una serie de reglas urbanísticas, la propiedad tiene una función social. Si quiero hacer un edificio de 40 pisos no puedo hacerlo en cualquier lado”, explica.

Las razones para ser optimistas tienen que ver con cosas que se han hecho y con la voluntad para hacer más: “En la rambla de Montevideo, se le dijo que no a tres torres de 43 pisos que iban a ser construidas frente al edificio Panamericano. El proyecto se mejoró y los planes actuales prevén una altura no superior a la del Yacht Club”, cuenta Quintela.

Con una ley más severa y que a la vez contemple, mediante exoneraciones tributarias, a los propietarios de bienes que tengan valor patrimonial, Quintela cree que se podrá revertir la tendencia demoledora y mantener la identidad de Montevideo como poseedora de una arquitectura única en la región por su variedad y calidad.

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