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El martes fue un día especial en la Guardia Republicana. Uno de los suyos recibió un balazo en el estómago en un supermercado que cuidaba. Fueron tres asaltantes, uno entró con una careta. El director Rovert Yroa, que no duerme más de cuatro horas por día, fue a visitar a su compañero y a ver la grabación. El policía (34 años) fue operado y está en un CTI.

Más temprano, la Republicana recorría Casavalle y zonas aledañas. Hubo dos tiroteos entre delincuentes. En uno de ellos cayó herido un adolescente hijo de un narco. El joven murió, así que se esperan represalias. Los oficiales de la Republicana volvieron a su cuartel, donde planificaron la noche y cómo si nada hubiera pasado salieron a las calles. No hablaron mucho de su compañero herido, pero dejaron ver que atacar a uno es atacar a todos. Se mostraban pacientes. El martes la oficialidad cenó arroz con arvejas, salsa y carne. Las radios estaban prendidas arriba de la mesa, para saber lo que pasaba afuera. Ellos se encargan de todo el cinturón de Montevideo –la zona donde hay más delitos violentos– y además están en la seccional 14, la de Carrasco, que cobró notoriedad tras la movilización de los vecinos pidiendo seguridad. Ahí están los Pumas con sus motos.

El capitán Jorge Solé recibió a El Observador en la sala de oficiales. Tiene más de 30 años de experiencia. Presentó a otros oficiales y habló de la “confianza” que deben tener entre ellos para trabajar. Son hombre rudos, de buenos modales y toman café sin azúcar.

Hay equipos antidisturbios especializados en aguantar y repeler, explicó Solé. Son los que utilizan gases lacrimógenos, que “son menos violentos que el enfrentamiento personal”, dice. También está el equipo táctico que utiliza armas letales. Estos son los que llegan después que la negociación falló. Están preparados para situaciones de crisis, como una toma de rehenes. Para entrar al grupo especial, los aspirantes deben cumplir una serie de pruebas físicas y psicológicas.

De hecho, de los 56 que lo intentaron la última vez, seis pasaron las pruebas, los demás fueron distribuidos a otras unidades.

Recorrido
Esa noche del martes 21, un grupo de fuerzas especiales se preparaba para recorrer el Borro, Marconi y Casavalle. Sus cascos resisten piedras y balas, igual que sus chalecos. Sus armas, de origen alemán y austríaco, estaban cargadas. Afuera de la base de la Republicana, junto a las ruinas del Cilindro Municipal, se escuchó prendido el motor del blindado ruso. “Vamos a pescar”, dice el teniente Rafael Cruz, encargado del equipo de siete hombres y se ubicó adelante en el asiento del acompañante. “La lata” (el camión blindado que cuesta US$ 250 mil) se cerró y “las troneras”, pequeñas ventanas redondas en los laterales, se abrieron. Entró un poco de aire fresco. Cruz explicó a El Observador que si hay tiros, parte de ellos repelerán el ataque y dos protegerán al periodista y al fotógrafo que tenían chalecos, para llevarlos al blindado, “la zona segura”. Había armas y municiones por todos lados. Dentro del vehículo los asientos están contra los laterales. Las luces van apagadas y pocas veces se prendieron.

El blindado arrancó, pasó frente al Hipódromo de Maroñas y avanzó hacia el corazón del Marconi. “A la derecha es menos complicado”, dijo Cruz, pero miró al chofer y le pidió doblar a la izquierda “que es más hostil”. El camino se angostó. Había llovido y era un lodozal. Se le dio más tracción a las ruedas, que son capaces de resistir hasta nueve impactos de bala.

Al equipo se le ve acostumbrado a recibir pedradas y de vez en cuando hay balaceras. Por las ventanillas se pudo ver movimiento de gente. Son unos pocos que oficiaban de campana y avisaron que el blindado entró en los pasajes, que son pequeños caminos donde el todoterreno tiene dificultades para doblar. Una columna fue puesta en la calle para entorpecer el paso de los patrulleros. El blindado la pasó por arriba sin notarlo. Adentro del blindado, se habló poco. Todos llevaban pasamontañas y solo se les veía los ojos. Uno le preguntó a su compañero por el estado de su perro, al que lo había llevado a un veterinario.

Solé explicó que el área comprendida entre Aparicio Saravia, camino Burgues y Teniente Rinaldi, está brava y hay tiros. Ahí hay que entrar a pie. No tienen información de “bandas”. “Los narcos no viven ahí”, dice. No les preocupa que no se puedan hacer allanamientos nocturnos. No lo creen tan necesario.

El capitán Solé dice que siempre hubo violencia, solo que ahora la Policía ataca más. También la prensa informa más de hechos policiales. Para el jerarca, el delincuente evita enfrentarse a la Republicana y cree que desde que el Código de Faltas se dejó de lado, “la delincuencia se disparó”. El blindado siguió hasta Unidad Casavalle y dió apoyo a un piquete policial que otros efectivos armaron en San Martín y Aparicio Saravia. El vehículo recibió las primeras pedradas. Nadie se inmutó. El equipo especial dio seguridad a sus compañeros y luego entró a los pasajes. Detuvieron a los vehículos que pasaron por ahí y se los revisó. Encontraron a un rapiñero que estuvo dos años y medio en prisión. Con su documento pidieron información a la central y surgió que era buscado. Lo llevaron detenido.

Los Palomares
La semana pasada hubo un enfrentamiento entre delincuentes. Las balas picaron en la escuela de Casavalle y los niños debieron ser evacuados. Se escondieron en el cuartelillo de bomberos de la calle Gustavo Volpe. Ahí se instalará la nueva Seccional 17, según lo anunció el ministro Eduardo Bonomi. El plan es dar más seguridad a la zona y complementarla con plazas de convivencia, canchas de fútbol 5, bibliotecas y servicios comunitarios y de salud. Las condiciones de vida de los vecinos se veían horribles desde la mirilla del blindado. En algunas esquinas había fogatas y bastante basura desparramada.

El blindado llegó a Los Palomares del Borro, otra zona sin vista al mar, comentó uno. El martes, la luz pública había regresado luego de varios días de ausencia. Los ómnibus, que a las 6 de la tarde dejaban de entrar, se vieron el martes aunque en número escaso. Más allá había tres autos en la cuneta. Eran robados y estaban en un lugar donde los desarman. Se bajaron cuatro efectivos. Usaban linternas. El resto se quedó alerta protegiendo el blindado. La puerta de atrás quedó entreabierta. Por ahí pueden disparar y también ser atacados. Setenta metros abajo de una calle barrosa, dos hombres los insultaban. Recordaron a las madres de los uniformados y estos no dieron corte.

Otro piquete
El equipo especial volvió a San Martín y Aparicio Saravia. Los piquetes estáticos fueron efectivos en los primeros 15 minutos. Después los delincuentes se avisaron entre sí y no pasaron por ahí. El capitán Solé –que siempre lleva la boina simbólica de los equipos especiales– decidió llevar la vigilancia a otra esquina. Movieron los vehículos a Pedro de Mendoza y Matilde Pacheco. El lugar era más tranquilo. Cerca hay cantegriles.

Los oficiales comenzaron a parar autos. El primero fue un BMW que venía atrás del blindado. Transportaba a una familia, a la que luego de pedir las cédulas, permitieron seguir. Un hombre venía caminando. Tenía mala pinta, estaba desabrigado y parecía drogado. Lo detuvieron. No tenía cédula. Lo colocaron contra el camión. Le preguntaron si estaba armado y dijo que no. En una bolsa de nailon llevaba comida que parecía sacada de la basura. Lo hicieron descalzar y encontraron una trincheta. Se la quitaron y lo dejaron seguir. En la radio se escuchó que había un hombre armado. Salieron cuatro policías corriendo porque era a media cuadra. Como era de noche, no podrían entrar a la finca, pero lo hicieron porque estaba en riesgo una vida. El hombre tenía un cuchillo grande en la mano y discutía con su compañera. Los uniformados lo redujeron y un patrullero se lo llevó.

Pasaron las horas. Unos vecinos pidieron auxilio cuando les estaban apedreando la casa. Otra vez los oficiales se perdieron caminando en la noche por una calle poco iluminada y lograron calmar los ánimos, al menos por ese día.

“Estamos preparados para situaciones de crisis, pero también ayudamos en estos casos”, comentó a El Observador un oficial armado para la guerra.

A las 2 de la mañana del miércoles, los uniformados volvieron a armar otro piquete policial en otra esquina y todo comenzaba de nuevo. “Tocó una noche tranquila”, dijo otro oficial.
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