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Recostado en el sillón de su casa en la ciudad de Castillos, Rocha, Edgardo Molina parece una fuente de anécdotas desopilantes, de esas que solo un policía retirado que trabajó 15 años en soledad en Cabo Polonio puede reunir y contar.

El 24 de diciembre de 1998, con 40 años, llegó con su uniforme y algunas pertenencias al cabo. Eran tiempos complicados. “En los primeros años hubo operativos grandes, porque se juntaba mucha gente en carpas y cobraba peaje a los veraneantes”, recuerda Molina.

Por esos días, a fines y principios de siglo, la relación de la Policía y la Prefectura con los lugareños no era la mejor. En contrapartida, Molina se ganó, entre charla y charla, el apodo de “Boya” y la simpatía de los vecinos. También aprendió una de las máximas que debe respetar un agente en ese territorio: “Si un tipo está tomando un vaso de vino o fumando un porro tranquilo, sin molestar, déjalo”. Volcar los vasos de vino y enfrentar a los lugareños que pasaban las horas bajo el sol fue una práctica policial que buscó desterrar pronto. Y lo logró.

“Edgardo era un lugareño más”, recuerda Flavio Machado, uno de los comerciantes que habita todo el año en el Cabo.

En invierno, cuando quedaban menos de 50 personas viviendo en el lugar, la comisaría se convertía en sitio de encuentro. Molina tuvo desde principios de la década pasada televisión satelital. Por eso, los lugareños se juntaban en el destacamento a mirar los partidos clásicos, las peleas de boxeo y algunas películas.

El Boya, además de ser el anfitrión, era el referente ante el menor inconveniente que se generara, incluso, entre los pocos que aguantaban las tormentas invernales. Una madrugada de invierno, Joselo, el propietario ciego del tradicional bar que lleva su nombre, llegó al destacamento policial, golpeó la ventana y despertó a Molina. “Fulano parece Martín Aquino –personaje histórico conocido como el último matrero– entró en mi boliche y no quedó nadie”, gritaba el cantinero, en busca de apoyo. Molina se levantó y lo acompañó hasta el bar. El agente encontró que el fulano en cuestión era un vecino que estaba armado, muy borracho y amenazaba a los parroquianos. “Vi que tenía un pedalín bárbaro. Lo conversé y lo conversé. Tomamos un vino juntos. Me decía que me quería mucho pero que tenía que matarme y en un descuido de esos le tranco el cuchillo, le hago una llave y lo saco para afuera. ‘Me mataste’, decía”, recuerda Molina. En ese momento llegaron dos españolas que, al ver al hombre en el piso diciendo que lo habían matado y a Molina vestido de civil, con el cuchillo en la mano, salieron disparando. “Todavía están corriendo”, exagera el policía jubilado.

El agente siempre apeló a la conversación para solucionar los problemas y, cuando era necesario, compartía un vino o preparaba un café con leche para convencer a un ocupante de una casa ajena. El policía retirado se enorgullece de no haber tenido que esposar a nadie en sus 15 años de trabajo en el Polonio.

Recurrían a él a cualquier hora del día cuando alguien se había metido en una casa sin permiso, para separar una gresca, cargar celulares, hacerle nebulizaciones a un niño o preguntar a qué hora salía el último camión. Era, en definitiva, un referente que recorría el poblado cada día a caballo, al principio, y en cuatriciclo durante los últimos años. También fue el golero y director técnico del Deportivo Cabo Polonio.

“Es necesario que haya policía en el Polonio, aunque sea uno solo, para reunir las denuncias”, asegura Molina. De todas maneras, considera que, por la dificultad para entrar y escapar del lugar tras un delito, el cabo sigue siendo seguro.

En abril del año pasado le llegó la hora de la jubilación y partió hacia Castillos, donde dejó crecer pelo y barbilla.

El agente pagaba $ 3.800 por mes al Ministerio del Interior por concepto de alquiler del lugar donde dormía: el destacamento. Varios lugareños consideran que por esa razón ningún policía quiere tomar la posta del Boya.

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