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Para buena parte de los uruguayos, sobre todo aquellos de más de 50 años de edad, las estaciones de tren fueron un punto de referencia en su vida cotidiana. Allí, sobre esos andenes donde recibían o despedían a sus seres queridos, muchas familias proyectaron su futuro de la mano del ferrocarril, sabiendo que era posible crecer de la mano de esos monstruos metálicos capaces de trasladar lo inimaginable.

Sin embargo, más allá de la importancia que han tenido estos sitios en los que también se construyó buena parte de la identidad cultural del país, llegando incluso a forjarse poblados en función de que el tren pasaba por allí –como Progreso, Suárez, La Cruz, Casupá, Sarandí Grande, Illescas, Fraile Muerto, Tambores y Tranqueras, entre otros–, las estaciones son desde hace mucho tiempo un territorio fantasma, un lugar poblado solo por el recuerdo de quienes vivieron de cerca uno de los más potentes desarrollos industriales que tuvo el país a mediados del siglo XIX, con el que inició un rico camino de modernización en materia de comunicaciones y crecimiento territorial.

Algo de esto es lo que se percibe al recorrer la muestra En silencio, del fotógrafo uruguayo José Risso, quien salió a recorrer estos territorios fantasmas para retomar un viejo proyecto en el que buscaba capturar los signos que conforman el paisaje y la historia visual del campo uruguayo así como de sus ciudades cercanas.

“La idea surgió delante del mapa del Uruguay, viendo tantos pueblos y parajes en los cuales el ferrocarril fue desmantelado como servicio de transporte. Recordé las viejas estaciones que fotografié en el pasado –a veces vestigios de lo que fueron– y me di cuenta que debía registrar otras tantas. En definitiva, la fotografía fue la excusa para conocer pueblos y ciudades a los que aún no había llegado”, señala este fotógrafo nacido en Maldonado en 1970 e iniciado en la fotografía de la mano de Roberto Riverti y Panta Astiazarán.

A través de las imágenes de su muestra, Risso logra que el espectador pase del silencio al ruido, que todo lo que es blanco y negro vaya tomando color, que los vacíos que hay en su cartografía de andenes abandonados se vaya llenando con los matices que le dieron sentido a estos materiales ferroviarios, convertidos hoy en un silencioso descarte industrial que solo atrae más silencio a su alrededor.

Según Alina Tortosa, curadora de En silencio, Risso visitó varias veces las estaciones más cercanas a su casa y en otros casos, después de recorrer más de 400 kilómetros, solo encontró unas paredes sin techo y las vías cubiertas por el pasto. Esto es lo que hace de su búsqueda –y por lo tanto de sus imágenes– un universo único para entender lo que significó el desmantelamiento del tren en nuestro país, que en 1869 tenía apenas 17 kilómetros de extensión de vías y en 2009 llegaba a 2.900 kilómetros.

Dicho de otro modo, los trenes, las vías y los andenes, incluso los galpones de carga, los talleres y remesas, los tanques de agua y de combustible, las casillas de señales, las casetas de guardavías, las viviendas del personal y todas las construcciones asociadas al tendido férreo poseen una riqueza que excede los aspectos propiamente fotográficos, dado que alcanzan dimensiones urbanas, sociales, turísticas y culturales de gran valor pero que ahora solo están En silencio.
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