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Al parecer, la columna publicada por mí el viernes 21 de enero ofendió a los ediles de la Junta Departamental de Montevideo, que trataron el tema de manera casi oficial, al hacerlo durante una sesión extraordinaria.

En la columna que tanto ofendió a los legisladores capitalinos, se parodiaba una sesión de la Junta donde ninguno de los presentes proponía nada. Si bien la parodia es un invento mío, el hecho de que en los últimos cinco años las edilas y los ediles no hayan presentado un solo proyecto, no lo es. De hecho, lo reconoció la presidenta de la institución, Cecilia Cairo, en declaraciones a El Observador, publicadas en un artículo el miércoles 19 de enero. Allí, otro edil reconoce que por este motivo “la jerarquía de la Junta está absolutamente disminuida”, y Fernando Rodríguez, defensor del vecino, agrega que la falta de iniciativa de la Junta “empobrece la democracia”. Hasta ahí los hechos irrefutables.

Alguien podría pensar que los legisladores comunales no están justificando su sueldo al no proponer nada nuevo durante su gestión. Eso no es cierto, de los 225 millones de pesos que conforman el presupuesto de la Junta, los ediles no se llevan un centésimo, pues su trabajo es honorario. Apenas reciben 250 litros de combustible por cabeza, lo que les permite, en un auto normal, recorrer unos 2.500 quilómetros de nuestro departamento cada mes, para conocer las inquietudes de los montevideanos. También tienen pase libre para viajar en ómnibus, lo que podría parecer contradictorio, pero eso es otro asunto. Lo único que reciben en efectivo son 60 mil pesos para gastos de funcionamiento y secretaría. La función de los secretarios es organizar el trabajo de cada edil, y asesorarlo en su trabajo. Se ve que estos son los que están fallando.

Porque en la extensa alocución de los ediles Mendiondo y Barbato acerca de mi columna, se presenta una serie de errores, dos o tres equívocos, y más de cuatro flagrantes falacias.

En su exposición ante la Junta, don Mendiondo hace referencia a mi abuelo Eduardo Depauli, famoso actor que tuviera su momento de auge en las décadas de 1930 y 1940 del pasado siglo. Como orgulloso secretario de la Comisión de Nomenclatura de la Junta, Mendiondo sugiere que la comuna debería homenajear a mi abuelo poniéndole su nombre a una calle. Un gesto muy loable, si no fuera porque según el decreto 29.357 del 22 de febrero de 2001, la calle Oficial 4, que nace en Oficial 3, atraviesa Alfonso Lamas y llega a Osvaldo Cruz, se llama Eduardo Depauli. Es una lástima que nadie haya avisado esto al legislador.

También es una lástima que haya dedicado tanto tiempo a hablar del Bimbo Depauli equivocado. Porque yo no soy el que, como Mendiondo contó a sus pares de la Junta, actuó en la obra “Libertad Libertad” a principios de la década de 1970. Ese era mi padre, con quien Mendiondo asegura “compartió cosas en el Club de Teatro”. No sé qué habrán compartido, pero en esa época yo era un niño y no recuerdo que haya ido a comer a casa, o algo por el estilo. Por otra parte, difícilmente mi padre hubiera podido publicar columna alguna en enero de este año, en tanto falleció el 17 de octubre del año pasado. Es raro que Mendiondo no lo supiera, ya que compartieron tantas cosas juntos. También es raro que no supiera que mi padre era el director de la sala municipal La Experimental, un teatro que es orgullo de Malvín y de la Intendencia, que la remodeló y puso en funcionamiento con la dirección de mi padre. Era para él un enorme orgullo dirigir una sala que funcionaba en la escuela en que se educó y en el barrio donde creció. Hasta tres días antes de su muerte fue a trabajar apoyado en muletas. Esto no tiene por qué saberlo nadie, ni me interesa que nadie lo sepa, pero cuando se trata de una sala municipal en la que se invirtió una fuerte suma de dinero seguramente aprobado por la Junta, no estaría de más que los ediles conocieran el nombre de quien la administra.

Mendiondo también dice que recuerda cuando mi padre vivía en Dante y Cufré, y que debía haber imaginado la columna estando "en zapatillas en la vereda, bajo un plátano". El hecho de que mi viejo jamás haya vivido en esa zona es menor, no así la simpleza con que el edil cree que se hace este trabajo.

Luego se lamenta Mendiondo porque ataco a la Junta y no a una empresa privada. Pues bien, si las empresas privadas son ineficientes, no perjudican más que a sus propietarios, pero si los organismos públicos no trabajan como deberían, perjudican a los ciudadanos. Por otra parte, en las casi 1.200 columnas que he publicado en El Observador hasta la fecha, "ataco" a empresas privadas, organismos públicos, gobiernos extranjeros y organismos internacionales por igual.

Podría dedicarle unas líneas a examinar los conceptos vertidos por el edil Mendiondo acerca de la libertad de prensa y la necesidad de que haya alguien que califique qué es humor y qué no lo es, pero el fascismo es algo tan pasado de moda que no considero necesario hacerlo.

Habiendo aclarado que yo no soy mi papá, que mi abuelo tiene calle, que está claro que la Junta no está trabajando como la Constitución le sugiere, que también hablo de privados y que no escribo a la sombra de árbol alguno, doy por terminada esta ridícula polémica.

Espero que los honorables ediles de la Junta Departamental no decidan continuar utilizando los recursos de la ciudadanía para seguir con el asunto y que, en lugar de ello, se pongan las zapatillas, se sienten bajo la sombra del plátano de Dante y Cufré y piensen qué podrían proponer para mejorar Montevideo, ciudad que amo desde lo más profundo de mi alma.

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