Tanto ha cambiado en los últimos años que hasta su nombre se castellanizó. Ya no es más Qatar para nosotros, sino Catar, aunque a muchos les suene raro. Y ese cambio radical que tuvo este país salido de un cuento de Las mil y una noches no tiene límites porque crece día a día.

Solamente 200 mil personas son nativas del país. El resto ha llegado a trabajar desde distintos lugares del mundo.

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Como Donny, que estaba al mando del pequeño ómnibus que me trasladó al hotel. Donny es de Nepal y cuando me lo dice le contesto que es el país en el que está el monte Everest, como para demostrarle que sé en qué recóndito lugar del mundo nació. Quizá porque a veces a los uruguayos nos da cierta bronca que la mayoría del planeta no tenga ni idea de en dónde queda nuestro país. ¿Será un complejo?

Es que en algunas cosas Catar se parece mucho a Uruguay. Pese a la riqueza inmensa que existe en ese país, todo se centra en su capital, Doha. Esa hermosa ciudad que tiene miles de contrastes.

Están orgullosos de ser un país abierto al turismo y lo saben mostrar. Porque tienen una de las bahías más bellas que se puedan conocer. La rambla –que se parece en parte de su recorrido a la de Montevideo– tiene su punto alto en los rascacielos de fondo. Allí sí se nota la diferencia. Es La Corniche, uno de los sitios más emblemáticos de Doha y de todo Catar.

En algunas cosas Catar se parece mucho a Uruguay. Pese a la riqueza inmensa que existe en ese país, todo se centra en su capital, Doha

El golfo Pérsico al lado, con los tradicionales barcos turísticos llamados dhow y, de fondo, los rascacielos con el edificio más imponente de todos: el Burj Qatar, un espectáculo con su fachada cilíndrica de más de 200 metros de altura, para ver a toda hora pero, sobre todo, por la noche, ya que cambia constantemente su color con una iluminación realmente asombrosa.

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Eso sí: si usted quiere sentarse en esa rambla de unos cuantos kilómetros no encontrará muchos asientos. Como insólitamente tampoco lugares para tomar un café. Solamente hay uno frente por frente a los rascacielos, algo que llama la atención. La ciudad alberga a gran cantidad de inmigrantes. Una ciudad que se asemeja a una Torre de Babel contemporánea. "Aquí puedo trabajar y ganarme un sueldo digno como para ayudar a los míos", me dice orgulloso Tai, un indio que trabaja en el hotel en el que me hospedo.

Los días de descanso en el calendario musulmán son diferentes al nuestro. El domingo occidental vendría a ser el viernes en Catar y si se toma en cuenta el fin de semana, al viernes se le agrega el sábado. Por lo tanto, para ellos el domingo es como para nosotros el lunes.

El contraste más grande que se puede apreciar en Doha –que es como decir Catar– se da cuando termina esa rambla espectacular. Parece un país diferente. Uno viene transitando La Corniche, pasa los rascacielos y cuando toma una curva y el mar queda atrás, está inserto en el medio de una zona desértica en la cual existen pequeñas casas. De allí en adelante, tomando para el lado norte y a medida que pasan las cuadras y luego los kilómetros, uno se encuentra ya en medio de la nada. No parece real.

Ni hablar de alcohol

Como sucede en todos los países musulmanes, el alcohol está prohibido. Nadie toma siquiera una cerveza, aunque sí existen sin alcohol.

Solamente expenden bebidas alcohólicas los bares exclusivos de determinados hoteles y a precios exorbitantes.

El Corán se reza cinco veces al día y en la habitación del hotel está marcada en el techo una flecha que indica hacia dónde está La Meca, para orientar a quienes tengan que hacer el rezo sagrado. Incluso en el primer piso hay un salón para orar –al cual se debe ingresar descalzo– con un tablero digital que marca las horas para rezar.

La religión es cosa seria en este país lleno de petróleo y tanto es así que en la piscina del hotel hay horarios diferenciados para los hombres y las mujeres. No pueden estar al mismo tiempo. Y eso que Catar es uno de los países árabes más occidentalizados.

El trato de la gente es increíble. Nunca una cara larga, casi siempre una sonrisa pronta ante la pregunta en inglés. Porque allí hablan tanto árabe como inglés.

Con respecto al clima puedo decir que tuve suerte de ir en invierno. La temperatura normal por día era de unos 20 °C, pero en verano llega casi a 50 °C. Por eso hasta la multinacional FIFA decidió cambiar por primera vez el calendario del Mundial de fútbol que organizará Catar en 2022: en lugar de junio, como es habitual, se jugará en noviembre.

Caminando por el mercado Souq Waqif me percaté de algo: los árabes son uno solo. Es que en un televisor emitían un partido entre Ghana y Argelia, y cuando un jugador argelino estuvo a punto de hacer un gol, se pararon todas las mesas para festejarlo por anticipado, aunque luego no se dio.

En Souq Waqif hay prácticamente de todo y es uno de los paseos obligados. Uno puede encontrar desde perros cachorros enjaulados como si fueran hámsteres hasta serpientes marinas. Hay artistas haciendo su trabajo en vidrio, maravillosas alfombras, cofres y lugares que transportan cientos de años atrás, cuando la recolección de perlas hizo famoso al país en todo el mundo. También se puede ver cómo se fuma la pipa de agua con distintos sabores en las decenas de bares que hay para el turista. En cuanto a especias no hay una que falte, lo que le da un aroma único al lugar.

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La vestimenta de las mujeres musulmanas es muy variada. Están aquellas que utilizan una especie de bufanda larga que les cubre también la cabeza, hasta otras que se tapan toda la cara excepto los ojos con lo que llaman burka. Todas visten de negro en señal de respeto a su cultura.

A 200 metros y cruzando la rambla en el semáforo con la luz roja más extensa del mundo –esperé 10 minutos para poder cruzar hasta que me mostrara la luz verde– se encuentra el Museo de Arte Islámico. No es fácil encontrar las palabras para describirlo. Una entrada larga flanqueada de palmeras y un par de fuentes que impresionan dan paso al lugar.

No cobran entrada, pero a uno lo revisan como en los aeropuertos y tiene que dejar todo lo que tenga menos la cámara de fotos.

Dentro se pueden encontrar manuscritos increíbles que tienen siglos de antigüedad, piezas de vidrio y alfombras de infinidad de tamaños. Cada pieza tiene una etiqueta con el año aproximado y el país de origen. El que más colaboró en cuanto a cantidad de objetos fue Irán, seguido por India, Egipto y Turquía. En cuatro pisos, con salas enormes que se intercomunican, uno se puede pasar toda una tarde viendo reliquias en un marco espectacular.

¡No hay motos!

En Catar, como en la gran mayoría de los países del mundo, el tránsito es todo un tema y ni que hablar en horas pico. Eso sí, no existe un auto que tenga más de dos años en la calle. Los más viejos son de 2013 y normalmente pertenecen a los inmigrantes. El litro de nafta cuesta casi seis veces menos que en Uruguay: 7 pesos.

Una de las mayores curiosidades que se pueden apreciar en Doha es el hecho de que prácticamente no existe transporte colectivo. No hay ómnibus de línea. La gente que no tiene auto, se sube a un taxi pintado de color turquesa y modelo 2014 o 2015.

Y algo más: no se ven motos en las calles. La única vez que apareció una fue de una altísima cilindrada que debería costar una fortuna.

La seguridad es algo para resaltar. A cualquier hora del día se puede caminar sin inconvenientes y nunca nadie siquiera mira al que va caminando al lado. En 15 días en esa ciudad no vi ni un solo policía en las calles, ni un patrullero. Nada.

Lo que se puede apreciar como algo diferente es la cantidad de edificios que se están construyendo. Son cientos y cientos las grúas y los obreros (100% inmigrantes) que trabajan de domingo a domingo en las futuras construcciones.

Haciendo un recorrido amplio del pequeño país árabe, se nota que no hay pobreza. Hay gente con muchísimo dinero y una clase media alta o muy alta; las casas más pequeñas están muy bien construidas. Uno no se encuentra con indigentes en las calles de Doha.

El Mónaco de Asia

Si nos adentramos un poco en este pequeño país llegamos en algo más de una hora al desierto. Todos los hoteles tienen a disposición excursiones con safaris incluidos a precios que no son tan módicos.

Sin embargo, si uno intenta conseguir un mejor precio, lo puede lograr. En mi caso pude conocer el desierto, pasear un rato en camello y estar en uno de los lugares más bellos de Catar: el Khor Al Adaid. Se trata de un mar interior rodeado de altísimas dunas a las que se accede sí y solo sí en una camioneta 4x4.

Resulta inexplicable que detrás de altísimas dunas, a pocos metros, aparezca una ensenada, una especie de playa con agua no tan salada en la que en pleno invierno catarí, varios aprovecharon para bañarse. Es agua casi cristalina y los 20 °C invitaban, pero de todas formas no me di un chapuzón.

Una de las mayores curiosidades que se pueden apreciar en Doha es que prácticamente no existe transporte colectivo. No hay ómnibus de línea

Tomando la carretera como para volver a Doha, a pocos kilómetros, hay una entrada con camino de tierra señalado por varias banderas de ambos lados. Se trata de un festival anual en el que compiten halcones que cazan palomas. Es como un deporte nacional y en el que se apuesta mucho dinero.

En un extremo de lo que sería una pista recta de unos 500 metros, se para un hombre con su correspondiente turbante y un halcón en su mano. En el otro un hombre mueve una cuerda con una paloma atada en la punta. Cuando le dan vía libre, el halcón sale volando rasante a gran velocidad en busca de la presa, y el que pone menos segundos en llegar, gana.

Había un palco construido con techo para los jeques dueños de los halcones –un ave muy querida y respetada en el país, al punto que al propio príncipe Sheikh Jassim bin Hamad Al-Thani, cuando era primer ministro, el club Barcelona de España le regaló uno como forma de agradecimiento, ya que Catar auspiciaba y aún auspicia su camiseta–. Semejante construcción desmontable en medio del desierto parecía broma. Pero no lo era. Allí la entrada es gratuita y uno se puede quedar el tiempo que quiera degustando dátiles y tomando un té muy particular que sirven de un color marrón claro y muy dulce.

Para seguir conociendo este país en el cual se fundó el canal de televisión Al Jazeera –la principal emisora del mundo árabe–, a pocos kilómetros de Doha se encuentra Katara. Es una ciudad cultural que se recorre en poco más de una hora y que cuenta con algunos museos y un teatro de ópera al aire libre realmente excepcional con el mar de fondo.

Si seguimos unos kilómetros más hacia el norte nos encontramos con La Perla. Es el único lugar de todo Catar en el que los extranjeros pueden comprar tierra. Se trata de un archipiélago artificial que aún no está terminado, pero se puede decir que ya es el "Mónaco de Asia" por sus construcciones, su puerto repleto de yates y sus lugares de venta de ropa exclusiva.

En mi caso, entré a un local que vendía los últimos Rolls Royce, solo para ver. Y enfrente había otro local con un enorme ventanal que exponía uno de los autos más lindos del mundo: Ferrari. "Aquí en Catar no se cobran impuestos", me dijo una chica que atendía. Se ve que pensó que yo estaba interesado en comprar uno. Ganas no me faltaban. Al menos hubiera estado bueno hacer lo de Al Pacino en Perfume de mujer cuando salió a probar una Ferrari por las calles del bajo Nueva York.

Catar en cifras

Población: 2.123.160 habitantes
Extensión: 11.586 kilómetros cuadrados

PIB per cápita: 144.400 dólares (primero en el mundo)

Esperanza de vida: total de la población, 78 años; mujeres 80 años y hombres 76

Fuente: CIA Factbook

Temas:

Turismo

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