Uruguay ingresa al nuevo año con un cúmulo de problemas. Mitigarlos pondrá a prueba la capacidad del gobierno para orquestar orden operativo y fiscal y activar una economía que se desacelera. La pesadilla mayor es el decreciente pronóstico de crecimiento. Los analistas privados y Cepal coinciden en que 2015 y el año próximo rondará el 1,5% o aun menos, muy por debajo de la proyección oficial y pese al modesto aumento del Producto Interno Bruto (PIB) de 0,6% en el tercer trimestre. Siete de cada 10 empresarios consultados estiman que 2016 será peor que el año que termina, golpeado ya por la caída del consumo interno y de las exportaciones. Su consecuencia se advierte en el gradual aumento del desempleo, con 13 mil trabajadores enviados al seguro de paro cada mes. La inflación sigue fuera de la meta del gobierno y también las cifras fiscales.
No se percibe el ajuste del cinturón fiscal que es el camino lógico ante esta situación. El gobierno ha logrado cierto éxito en contener las demandas sindicales de aumentos de salarios desalineados con la realidad, fuente de un año de desaforada conflictividad. Pero su mayoritaria bancada parlamentaria aprobó un presupuesto deficitario y con supuestos poco realistas en cuanto a crecimiento económico. La aguda caída en la construcción y el comercio no alcanzan a ser compensadas por el mejor comportamiento del agro y la industria, y el futuro de estos sectores es incierto ante el desplome económico de Brasil, nuestro principal mercado junto con China. Y el repunte de las tasas de interés en Estados Unidos retaceará el acceso a la inversión externa. Ni siquiera se ha podido trasladar a la población el pronunciado descenso de petróleo por causa de la crisis en ANCAP.
Hay, sin embargo, elementos de esperanza moderada para aventar nubarrones. El nuevo gobierno de Argentina levantó el cepo cambiario y eliminó las restricciones a las importaciones impuestas por el proteccionismo kirchnerista, lo cual puede dar cierto impulso al turismo y a las trancadas exportaciones a nuestro vecino rioplatense. Algunos capitales argentinos pueden reactivar algo la construcción pero otros, sobre todo en el agro, ya están volviendo a su país de origen. La esperanza mayor, aunque no de resultados inmediatos, está centrada en la decisión del gobierno de mayor apertura comercial al resto del mundo.
El Mercosur ha recibido aire con el nuevo gobierno argentino. Los resultados posibles incluyen acelerar la conclusión del postergado tratado de libre comercio con la Unión Europea, el ingreso a los bloques del Pacífico y, con suerte, hasta flexibilidad para que Uruguay pueda cerrar acuerdos bilaterales por fuera del bloque regional. Pero el presidente Tabaré Vázquez y quienes comparten su visión de apertura comercial más amplia y de mayor recurso a asociación del Estado con el sector privado tienen que superar las objeciones ideológicas y las presiones estatistas de sectores de su Frente Amplio, anclados en un anacrónico conservadurismo. Si luego de su desvaído primer año el gobierno logra calmar las disputas internas de su fuerza política, controlar el volumen y la calidad del gasto y darle un fuerte impulso al comercio exterior, con o sin Mercosur, gana fundamento la esperanza de que, en algún momento del 2016, se enciendan luces para el futuro.
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