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Javier Prieto Troncoso, The Conversation 

“Si pudiéramos dar a cada individuo la cantidad correcta de ejercicio, ni muy poco ni demasiado, habríamos encontrado el camino más seguro hacia la salud”.

Esta frase se le atribuye a Hipócrates, considerado el padre de la medicina en el mundo occidental. Su reflexión nos hace entender la importancia que ha tenido siempre el ejercicio físico para el ser humano.

En la salud y en la enfermedad

Y es que el ejercicio siempre ha estado ahí. Sabemos desde hace mucho tiempo que las personas que lo realizan de forma regular disfrutan de una buena salud. También que estos individuos activos enferman menos, y que si caen enfermos, se recuperan antes. Sin embargo, solo a partir de las últimas décadas hemos empezando a entender realmente su poder.

Antes, el hecho de sufrir una patología era motivo de excluir el ejercicio. El reposo era la regla general. Ahora sabemos que un paciente no solo puede, sino que debe ponerse en movimiento para tener una recuperación mejor y más rápida. Esto ha roto todos los moldes.

Tenemos evidencia de la efectividad del ejercicio físico como tratamiento en más de 25 dolencias diferentes: cardiovasculares, metabólicas, pulmonares, neurológicas, psiquiátricas e, incluso, diferentes tipos de cáncer.

Esto abre muchísimas posibilidades, ya que hablamos de una herramienta barata, fácil de usar y muy efectiva. Con ella podemos mejorar el pronóstico de la mayoría de enfermedades.

El poder de los músculos

Además, hemos empezado a entender desde una perspectiva científica el porqué de su eficacia. El músculo no es solo el motor de nuestros movimientos: se trata de un órgano complejo con funciones reguladoras y metabólicas.

De hecho, resulta un actor tan importante en la regulación del sistema endocrino que cuenta con sus propias hormonas: las mioquinas. Estas hormonas tienen un efecto generalizado en el organismo, desde el sistema endocrino al inmune, pasando por el cerebro.

Beneficios palpables

Hay enfermedades muy extendidas, como la diabetes tipo II y la hipertensión, en las que los réditos de la actividad física son especialmente tangibles. En estas personas, el ejercicio mejora la función endotelial y vascular, reduce la presión arterial y los triglicéridos y mejora los factores de riesgo de la enfermedad cardiovascular.

En otras patologías, tales virtudes no resultan tan evidentes, aunque está aumentando el peso de la evidencia. Un buen ejemplo de ello son los tratamientos de diferentes tipos de cáncer. Se ha observado que los pacientes que realizan ejercicio durante la quimioterapia ven reducida la fatiga y mantienen una mejor función de su sistema inmune.

Las personas en diálisis también pueden beneficiarse de un programa de ejercicio físico adecuado a sus circunstancias. El ejercicio debe ser visto como parte fundamental en el tratamiento, como coadyuvante de la terapia farmacológica y la diálisis.

Tres formas de moverse para mantener la salud

Cuando hablamos de ejercicio físico, tendemos a meter todo en el mismo cajón. Sin embargo, los tipos de actividades que podemos incluir en nuestro día a día y que nos van a traer beneficios para la salud pueden dividirse en estas categorías:

Por norma general, las personas enfermas que realizan ejercicio se cansan menos, toleran mejor y más tiempo el tratamiento y tienen una mayor capacidad de luchar contra la enfermedad. Practicarlo mejora la eficacia de las terapias farmacológicas y atenúa los efectos secundarios, incluso en tratamientos agresivos. Podría decirse que es la verdadera píldora mágica para la salud.

Es la máxima que debe llegar a toda la población: hay que hacer ejercicio físico siempre, adaptado a nuestras circunstancias y situación personal, pero siempre. Incluso estando enfermo.

Temas:

Salud

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