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En menos de una semana hubo 16 conciertos de músicos extranjeros en Buenos Aires. Y aunque en la mayoría había bastante público, es notorio que las salas ya no se llenan y se escucha a los productores quejarse por las gradas vacías.

No es la primera semana que Buenos Aires se parece a Londres en cuanto a oferta cultural: hubo que prescindir de ver a varios artistas como Noel Gallagher, Justice o Nada Surf. En este contexto desgastante para los bolsillos de los espectadores inquietos y curiosos, ya sólo se ve a los fans más acérrimos en los conciertos. Y ni hablar del déficit en los conciertos de artistas locales.

El domingo pasado Crosby, Stills & Nash, que se juntaron a tocar por primera vez hace 43 años, dieron un sobrio concierto en un estadio Luna Park con apenas más de la mitad de sus butacas ocupadas por una mayoría de señores que promediaban los 50 y 60 años y hacían evidente culto de sus años rebeldes.

Cantando en excelente forma salvo Stills, que compensaba tocando la guitarra como los dioses —no en vano era el guitarrista preferido de Jimmy Hendrix— y secundados por una banda de cinco notables sesionistas, los legendarios músicos dieron un show de dos horas para el recuerdo. Cerraron con un clásico: Woodstock.

Dos días antes, en el mismo estadio, con un poco más de gente pero sin llenar, se presentó Duran Duran, el grupo inglés que hacía delirar a los adolescentes en los ochenta con sus hits pop con actitud rockera.

Quizás no sean los mejores intérpretes —la mitad de lo que sonaba era evidentemente grabado—, quizás las visuales fueran pobres, pero a nadie le importó: lo importante era cantar y bailar sin culpas esas deliciosas gomas de mascar ochentosas de su adolescencia.

Si no hubiese sido por los temas nuevos y esa manía de algunas estrellas pop de hablar de más con el público, la fiesta hubiese sido completa.

“Vivimos en una era del pop que se ha vuelto loca por lo retro y fanática de la conmemoración. (...) ¿Puede ser que el peligro más grande para el futuro de nuestra cultura musical sea su pasado?”, se pregunta el prestigioso crítico inglés Simon Reynolds en su nuevo libro Retromanía, La adicción del pop a su propio pasado (de pronta distribución en Montevideo). Quien firma esto se lo pregunta, también.

El martes, Little Dragon presentó su tercer disco Ritual Union en La Trastienda bonarense para unas 800 o 900 jóvenes personas bien vestidas, bañadas y perfumadas. La banda sueca de electro pop es una de las tantas bandas aclamadas por los hipsters (jóvenes que siguen la tendencia y la música independiente antes de que sea tomada por la cultura popular sin mucha implicación) y animaron casi todos los festivales europeos de los últimos años.

Tocaron una hora larga con actitud y buen gusto, entregando un groove entretenido al principio pero cayendo en una irremediable meseta de tedio que la actitud encantadora de la cantante no alcanzó a disimular. El público, sumido en el trance, y quizás alentado por el alto costo de las entradas, le puso ganas y pareció disfrutar el show en plenitud.

Para Reynolds “el 2000 fue también la década del reciclado rampante: géneros del pasado revividos y renovados, material sonoro vintage reprocesado y recombinado”. Podríamos preguntarnos si Little Dragon da fe.

En la misma sala, el sábado, para sólo 500 personas, casi todas ellas periodistas, los ya señalados hipsters y curiosos, se presentó James Blake. El músico nos entregó un muy interesante cóctel de soul espacial psicodélico, que algunos críticos se inclinan a incluir en el terreno del dubstep, pero esto no es más que jerga de sabios.

Lo cierto es que, secundado por dos jóvenes como él en bajo y batería, Blake nos dio un puñado de canciones curiosamente melancólicas, decididamente soul, llevadas con decisión y muy bien post producidas en tiempo real a oníricos terrenos.

“¿La retromanía llegó para quedarse o un buen día la dejaremos atrás y descubriremos que no ha sido otra cosa que una etapa histórica?”, se pregunta Reynolds. A partir de su reflexión, podríamos decir que esperamos que James Blake salga del caparazón en el que se oculta tras el vocoder y nos de todo ese pop nuevo y contemporáneo que necesitamos, de corazón.
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