Si alguien podía rescatarnos de las homogéneas y pantanosas aguas del dance-pop, o de los cansadores himnos inspiradores (ya lo sabemos, todos nacimos de cierta forma), era Madonna.
Si alguien podía rescatarnos de las homogéneas y pantanosas aguas del dance-pop, o de los cansadores himnos inspiradores (ya lo sabemos, todos nacimos de cierta forma), era Madonna.
Podía, pero no lo hizo. Con MDNA auguraba ofrecer un salvavidas, pero lejos de eso, se quedó a medio camino.
Con un título que parece aludir a las drogas (MDMA es sinónimo de Éxtasis), Madonna se aventura en este nuevo intento de retener su reinado con lo mejor que sabe hacer: pop teledirigido para las discotecas.
Pero aquí no hay confesiones en la pista de baile, sino que abundan las revelaciones de relaciones rotas y divorcios de alto perfil.
Madonna se separó del director de cine Guy Ritchie en 2008, mismo año en que editó Hard Candy. Por ende tuvo tiempo para canalizar todo lo sucedido y hacerlo canción. Desde un rap liviano y robótico de su vida de multitasking y peleas con abogados en I don’t give a, hasta tomar venganza en mano propia en Gang Bang, donde el asesinato del ex cobra dimensiones a lo Tarantino.
“Un dj salvó mi vida”, dijo el fin de semana pasado en el festival de música electrónica Ultra Music, hablando sobre sus comienzos en los años 80 y minutos antes de presentar el remix de Girl gone wild, realizado por el dj sueco en ascenso Avicii.
Lo cierto es que MDNA no fue salvado por el dj Martin Solveig como podría esperarse, ni tampoco por Benni Benassi, que también fue enlistado en las filas de producción. Fue por un viejo colaborador: William Orbit. El mismo que levantó a Madonna con Ray of light ahora rescató los momentos más brillantes de su carrera para reformularlos en versión 2012.
Sin embargo, lo mejor y lo peor de este disco es su autorreferencialidad. Cuando se utiliza bien, surgen temas como I’m addicted, con guiños a Daft Punk y su Tron, y raíces en Ray of light y Confessions on a dance floor. Pero es un arma de doble filo. I’m a sinner y Superstar parecen secuelas insatisfactorias de Beautiful stranger.
Girl gone wild comienza el disco en alto. Como corte de difusión es perfecto: se pega con fuerza hasta la médula, con un pop densamente pegajoso si los hay. Sin embargo, parece hermano directo de Celebration, aunque haya sido cocreado por otro de los fieles colaboradores, Paul Oakenfold.
Volviendo al tema de la religión –lo bueno– versus las ganas de pasarla bien –lo malo–, la canción comienza con la plegaria “acto de contrición”, que también forma parte del track Act of Contrition de su disco Like a Prayer de 1989.
Y el revival no se detiene aquí. El leitmotiv de la canción no es otro que “girls they just wanna have some fun”, lo mismo que predicaba Cyndi Lauper allá en 1983.
De haber sido este el primer single, Madonna hubiese comenzado con el pie derecho. Pero no. Fue Give me all your luvin’. Contando con la presencia de las raperas M.I.A. y Nicky Minaj como invitadas estelares, la canción parece más un intento de ganarse a la franja demográfica más joven (con el estribillo simplista y el obligado puente dubstep), que una auténtica reivindicación de su merecida corona de reina.
Mientras que en esta canción demanda que todos los discos suenan igual, ella misma graba Turn up the radio, una canción que sigue a rajatabla la fórmula de Guetta: pop bailable con un beat en crescendo, que de ser cantada por otra voz femenina de turno el resultado sería exactamente el mismo.
MDNA es un disco para los fans y para las discotecas. Pero a Madonna se le puede pedir más. Lejos de dar vuelta el tablero, tirar todas las piezas para que el juego empiece de nuevo, muestra su plan: un disco que afirma su lugar ya ganado y no agrega más nada; una gira mundial, que promete acercarse a Latinoamérica. Ahora solo resta esperar que las súbditas preparen su jugada.
MDNA dice algo que ya sabíamos hace mucho. No importa la edad, Madonna a fin de cuentas es una chica que solo quiere divertirse.