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Por KATHARINE HOURELD, AP. El muchacho con un machete en la mano se siente frustrado: No encuentra a ningún miembro de la tribu kikuyu para matar, y eso que lleva cinco días buscando una presa.

Cuando el presidente Mwai Kibaki fue declarado ganador de las elecciones del 27 de diciembre con un margen mínimo, luego de varios días de demoras que no fueron explicadas, muchos residentes de Kisumu salieron a las calles e incendiaron y saquearon negocios.

Quemaron sus casas y les dijeron que se fuesen porque si no los matarían.

Quedan solo 150 kikuyus, acampando en condiciones miserables frente a una comisaría policial. Ningún autobús sacó gente de la ciudad desde el 13 de enero, pero de todos modos los vehículos son con frecuencia detenidos por jóvenes armados que buscan kikuyus.

Un comerciante de 50 años que vive aquí desde hace dos décadas, se casó con una mujer local de la tribu luyha y tiene dos hijos. Su esposa e hijos volvieron con su tribu, pero Kangoro se quedó y sobrevivió a la locura de los primeros días, en que grupos de oposición quemaron las viviendas de los kikuyus mientras de otros lugares llegaban versiones de matanzas generalizadas en represalia.

"Somos los últimos kikuyus que quedan en Kisumu", se lamentó.

El presidente Kibaki sostuvo que unas 300.000 personas habían sido obligadas a abandonar sus hogares y que la mitad de ellas serían kikuyus del valle de Rift.

La espiral de violencia en Kisumu comenzó cuando las turbas comenzaron a hacer saqueos y la policía las reprimió disparando hacia las multitudes. Decenas de personas, en su mayoría luos, resultaron muertas.

Cuando comenzaron las matanzas en Naivasha y Nakuru, Dorothy Atieno se dio cuenta de que las cosas se agravarían y llamó a una amiga kikuyu y le dijo que escapase inmediatamente. "Por suerte ya se había ido", comentó.

A lo largo y ancho de la ciudad se ven casas quemadas, flanqueadas por viviendas intactas. Muchas de las casas y comercios de kikuyus fueron atacadas por vecinos. Los saqueadores completaron el trabajo y ya no quedan ni los techos ni las ventanas.

Nicky Ochieng, un luo de seis años, dijo que se llevó varios libros de la vivienda donde residía su amiguita kikuyu Maina. Cuando se le preguntó si alguna vez volverían a jugar juntos, respondió: "Sólo si Raila es presidente".

(AP)

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