Cuero que inspira
Irene Casas y Fernando Auersperg se la juegan al diseño y la producción artesanal con su marca Malakita
En una época en que los productos del exterior copan las vidrieras y tiendas con diversidad de diseño y precio, dos uruguayos, Irene Casas y Fernando Auersperg, decidieron echar mano de la reconocida calidad del cuero uruguayo rescatando lo artesanal y agregando diseño, calidad y profesionalidad para así cristalizarlo en una marca de productos: Malakita.
La historia de la empresa se remonta a 2008 cuando Irene Casas, diseñadora de profesión, decidió dejar su trabajo en un trading textil e iniciar su emprendimiento personal. Eligió el nombre para su marca inspirada en una piedra semi preciosa verde oscura con vetas verde claro.
“La piedra malaquita simboliza la inteligencia, favorece la inspiración y la creatividad y yo quería que en la marca se vieran reflejados esos aspectos”, según Casas, quien empezó diseñando y fabricando los productos en su casa en lo que hoy es el dormitorio de su hijo.
Hoy Malakita tiene su showroom en pleno corazón de Pocitos, además de distribuir sus productos en tiendas que destacan los productos artesanales uruguayos.
En 2010,Fernando Auersperg decidió sumarse al proyecto que conocía de primera mano por ser amigo de la infancia del esposo de Irene. La decisión no fue fácil, ya que se desempeñaba como brand manager de una importante marca de automóviles. Aunque el camino ha tenido obstáculos no se arrepiente de “haberse tirado al agua”.
“Buscaba un desarrollo profesional independiente y ambos teníamos una visión parecida en ese sentido. Además los dos teníamos el deseo de trabajar con elementos tradicionales uruguayos que generaran valor hacia el mundo”, recordó Auersperg.
Impulsos y frenos
A la visión de diseño que traía Casas se le sumó el conocimiento de Auersperg en el gerenciamiento de marca, la elaboración de un plan de negocios y el marketing necesario para el crecimiento de Malakita.
La empresa inició con un capital de US$ 5.000 proveniente de préstamos familiares y ahorros personales y con dos diseños de carteras y diez billeteras.
Los emprendedores consideran que el acceso a la financiación no es tan sencillo: entre los tiempos de tramitación y las tasas que se ofrecen, la capitalización, fundamental para el crecimiento, no es del todo conveniente. A esto se suma que las estructuras estatales que han sido instauradas para apoyar los emprendimientos muchas veces no acompasan los tiempos de las empresas.
“Hemos estado visitando organismos del Estado que dan apoyo a exportación, pero sus tiempos no son los de las empresas y eso tranca mucho la capacidad para generar. Por ejemplo, hacemos una consulta para exportar y demora un mes la contestación”, se lamentó Auersperg. Para el emprendedor ha sido parte de la curva de aprendizaje la lección de que en el ensayo y el error es donde se va forjando la diferencia.
Casas reconoce que a veces le dieron ganas de “tirar la toalla” y regresar a la comodidad del trabajo dependiente.
Pero no todo han sido obstáculos: ambos destacan el trabajo que el país está haciendo para instaurar en el mundo la marca país. “Hay un buen paraguas institucional a través de la Cámara de Diseño que busca llevar la marca Uruguay hacia el exterior proyectándola a ferias internacionales”, señala Auersperg.
Para los empresarios la clave del éxito de los productos Malakita está en el detalle y en la dedicación que se le da a cada artículo. Desde la elección de la materia prima –en la que ambos destacan la existencia de muy buenas curtiembres en el país pero que exportan la mayoría de su material a grande firmas– hasta el cuidado en las costuras.
“Se elige cuero por cuero y se hace una selección muy minuciosa de todo lo que se utiliza para la creación de una cartera en la que pueden estar involucradas hasta cinco personas en su confección”, cuenta Casas. Para la diseñadora, la invasión de productos del exterior baratos pero no de tan buena calidad genera un público que busca lo artesanal, incluso desde un punto de vista ético relacionado con rescatar una tradición y dar trabajo a los uruguayos.
Auersperg señala que los productos de cuero artesanales generan además la posibilidad de mantener un lazo especial.
“La gente no te compra algo no solo por ser buena sino que también le resulte conveniente. Hay gente que valora que un producto le dure muchos años u le genere una especial relación, un buen producto de lana o cuero que se va poniendo más lindo; esto no pasa con un cuero sintético”, estimó el emprendedor.
Por otro lado, ofrecer el artículo en un show room en el que están los propietarios y creadores de la marca ds la posibilidad de conocer de primera mano quién estuvo involucrado en el proceso y saber la historia de fabricación del producto. Hay quienes están dispuestos a pagar esa exclusividad en un mercado invadido por los productos en serie de procedencia asiática.
Estar al tanto de las nuevas tendencias y de los gustos de los uruguayos ha sido otra de las claves para competir con otras marcas en un mercado en el que se dedican a la marroquinería artesanal desde hace muchos años y donde han posicionado su marca como referentes.
“Antes de que estuviéramos en el mercado notamos que lo que se ofrecía en cuero era en una gama de colores muy acotada; negro, marrón, algún rojo pero no mucho más. Cuando realicé los diseños aposté mucho al color y eso tuvo una gran aceptación del público”, cuenta Casas. La diseñadora considera que actualmente las mujeres uruguayas se animan mucho más con los colores, en especial en el verano y en los artículos más pequeños.
Rescatar los oficios
El creciente desarrollo de las escuelas de diseño ha generado que cada vez sean más los jóvenes que crean sus propias líneas de vestimenta y accesorios. Sin embargo, este crecimiento no ha sido acompasado por la generación de mano de obra especializada.
“Nadie quiere coser; todos quieren diseñar. A largo plazo va a faltar la mano de obra para confeccionar”, advierte Casas.
Malakita trabaja con pequeños talleres familiares donde algún miembro del núcleo en general se desempeñó en empresas textiles que con las sucesivas crisis fueron desmanteladas e incluso en algunos casos sus ex empleados se quedaron con maquinaria como parte del despido.
“El problema de las empresas familiares es que hay mucha informalidad, precarización y falta de profesionalización. Además hay un envejecimiento de quienes se dedican a estos oficios”, concluye.