¿Por qué la mayoría de los estadounidenses está de acuerdo con los demócratas y vota por los republicanos? Ésta es una de las premisas de las que partió Drew Westen a la hora de escribir The Political Brain.
¿Por qué la mayoría de los estadounidenses está de acuerdo con los demócratas y vota por los republicanos? Ésta es una de las premisas de las que partió Drew Westen a la hora de escribir The Political Brain.
Este libro es una investigación del psicólogo y docente acerca del papel que juegan las emociones en el campo de la política. Publicado en 2007, produjo gran revuelo en los Estados Unidos porque presenta un abordaje al tema político hasta ahora poco explorado, desde el campo de la neurociencia y la psicología y la influencia de éstas en la toma de decisión para las elecciones de una nación.
Carlos Loaiza, abogado y Máster Harvard Law School en tributaciones, manifestó a El Observador: “Lo que me hizo sentir (el libro) fue que por fin había una explicación por aquello que sentía espontáneamente desde siempre: ¿por qué algunos tendemos naturalmente a querer provocar un cambio, a romper un statu quo, o al menos a ponerlo en cuestión, aunque luego de un proceso de cuestionamiento terminemos aceptándolo como bueno? Para mí eso es la izquierda, una mente de izquierda.
Y como es obvio tiene poco que ver con los partidos de ‘izquierda’ o con la política electoral identificada con la izquierda”.El libro repasa las campañas presidenciales de los Estados Unidos en los últimos 50 años. Así se refiere al caso de la campaña de Bill Clinton para las elecciones de 1992.
Clinton cuenta en primera persona su historia de vida, mostrándose cercano al electorado, utilizando el elemento afectivo como factor principal. Relata su origen (sencillo, de un pueblo llamado ni más ni menos que Hope), su historia familiar, cuando conoció a su mujer y cuando se emocionó por ver en persona a Kennedy siendo un niño por ejemplo.
El propio Clinton se refirió al libro diciendo que es un verdadero manual para saber cómo hablar de lo que realmente le importa al votante a la hora de elegir.
Otro de los ejemplos a los que se refiere Westen es el debate entre Al Gore y George W. Bush previo a las elecciones del año 2000. En tal debate, mientras Gore apela a conocimientos técnicos, cifras y datos que avalan su posición, Bush le responde si él “inventó la calculadora”, y agrega además que su preocupación son las personas no las estadísticas.
Esto es otra muestra del uso del “arma” emocional en lo político. Bush ganó esas elecciones.
Westen llega a la conclusión de que lo emocional le gana por nocaut a la razón.
“En política, cuando la razón y la emoción colisionan, la emoción triunfa invariablemente” sentencia el autor. Al respecto se refiere al “mercado de las emociones”; allí en realidad es donde se juegan la elecciones y no en el “mercado de las razones”.
Para el autor esta es una de las razones, tal vez la más importante, que explica la tendencia histórica de triunfos republicanos sobre demócratas en Estados Unidos. Los demócratas captan a sus votantes con los “issues” (los programas), pero los republicanos hablan directamente al corazón del electorado.
El libro menciona los tres factores que determinan el voto de la gente y estos son: sus sentimientos hacia los partidos, sus sentimientos hacia los candidatos y, si esto no los ha hecho tomar una decisión, sus sentimientos hacia las posiciones políticas de los candidatos, en ese orden. Y plantea que al hombre de a pie le interesa más un acercamiento menos intelectual y más emocional por parte de los candidatos.
Para Loaiza, este libro representa el primer análisis serio con esta aproximación en materia política. Aunque no es un enfoque totalmente novedoso en materia científica. “Existe toda una corriente conductista en la ciencia económica, que coloca a las emociones y criterios irracionales e intuitivos en el centro de las decisiones económicas, cuestionando con rigor a las Escuelas Racionalistas de la Economía” agregó.
El politólogo Ignacio Zuasnábar comentó a El Observador que los uruguayos no son ajenos a esta cuestión de las emociones a la hora de votar.
Zuasnábar sostiene que la identificación partidaria se da de manera emocional y esta construcción de identidad partidaria se adquiere en edades tempranas con un singular peso del modelo intrafamiliar. Algo similar ocurre con la identificación a instituciones deportivas.
Si bien las identidades políticas en Uruguay siempre estuvieron muy marcadas, no existía la dicotomía izquierda-derecha hasta el 71. Esa lógica se instala con la creación del Frente Amplio. Pero la construcción de la identidad frentista se consolida en la dictadura.
Por su parte, Loaiza opinó que el planteo del libro no es fácil trasladarlo a la estructura política uruguaya.
Hoy en día Uruguay “muestra un electorado de izquierda notoriamente conservador. Más allá del énfasis en las políticas sociales, un factor definitivo y loable en los gobiernos del Frente Amplio, es difícil considerar que se trate de un aspecto exclusivo de la izquierda, pues estuvo presente a lo largo de toda la historia independiente del Uruguay, y particularmente en la refundación batllista. Al final, izquierda y derecha lucen verdaderamente transversales en el electorado uruguayo, y todos son predominantemente conservadores”.
Generalmente, de hogares con padres frenteamplistas salen hijos frenteamplistas. En cambio en hogares blancos y colorados se ha ido resquebrajando la identidad y suelen haber cambios y migraciones hacia otros partidos.
Zuasnábar sostiene que en Uruguay entre un 60% y 70% del electorado vota definido por su identidad partidaria y que tiende a cero por ciento el número de las personas que lee los programas de gobierno.
Lo emocional sin duda se trabaja en el diseño de las campañas locales, pero no está del todo elaborado conceptualmente, opinó el politólogo.
Los resortes emocionales suelen ser a lo que se apunta en las últimas dos semanas de campaña para captar a los que no han definido su voto o a los independientes.
Otro de los puntos a los que se refirió Zuasnábar es a las limitaciones de los candidatos y a los castigos por gestión. Estar flojo en algunos temas racionales no es una limitante para ser electo; en cambio, no tener una comunicación afectiva con los votantes si lo es.
Por otro lado, agregó que muchas veces existe voto “castigo” a los gobernantes que no resuelven temas vinculados a la inseguridad.