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Darío Sztajnszrajber, el argentino que sacó la filosofía del aula y la puso de moda

Su último libro, Filosofía en 11 frases, es un éxito en ventas en Argentina

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17 de julio de 2018 a las 05:05

Hay que sobrevivir a Darío Sztajnszrajber. A él y su manera de decir, divulgar, comunicar. A su capacidad fascinante de poner en palabras eso que alguna vez pensamos o intentamos –sin éxito– verbalizar. Hay que sobrevivir a la adicción que generan las decenas de entrevistas, charlas, programas, disertaciones que hay en YouTube y nos dejan con la boca entreabierta, los ojos quietos, el suspiro listo. A su último libro Filosofía en 11 frases que mezcla esos enunciados que de tanto repetirlos hasta el hartazgo se transformaron en un cliché ("Solo sé que no sé nada"; "Pienso, luego existo") con una historia de ficción porque, como siempre dice, para él la filosofía es ficción. Darío Sztajnszrajber iba a ser actor pero es licenciado en filosofía. Es, hoy, un filósofo al que lo paran en el subte. No por cholulez, no para pedirle una selfi; le agradecen a Darío –argentino, 50 años, canguro, remera de banda de rock, el pelo grisáceo y recogido en una colita–, le dicen que desde que lo escucharon les despertó la inquietud por la lectura, los hizo pensar. Hay que sobrevivir a la dialéctica envolvente de este hombre que cita a Nietzsche, Platón y en el medio dice: "La existencia es una cagada porque te condena y te monopoliza a una única posibilidad. Yo hubiese querido ser jugador de fútbol". Al docente que está enfrascado con El cuento de la criada y su película favorita de los últimos años es Arrival y que, segundos después, enfatiza con orgullo que puede verse toda la saga de Duro de matar de una. Darío sabe que las posibilidades son infinitas y desde ahí resignifica las elecciones que tomó sin olvidarse jamás que ese camino no es ni el único, ni el mejor. "Vivir es elegir siempre una posibilidad; esto es dejar de elegir muchas más posibilidades de la que elegís", dice. Las angustias son, entonces, un motor, su motor. Sobrevivan, entonces, a Darío.

¿Cuándo cayó en la cuenta de que su trabajo se estaba masificando?

Lo proyectos de Canal Encuentro tenían, en principio, un alcance de nicho. El canal fue pensado como parte del Ministerio de Educación y tenía un público muy concreto que era el de las escuelas. La primera temporada de Mentira la verdad fue pensada como material de trabajo de colegios secundarios. Lo que pasa que el canal en la gestión del gobierno anterior tuvo en la grilla un lugar predominante, entre los dos canales más vistos (Canal 13 y Telefé) estaba Encuentro. Entonces en el zapping todo el mundo pasaba por ahí y como tenía una propuesta y una estética muy convocantes se empezó a ver más allá de las aulas. Eso hizo que empezara a explotar y que, en el mundo de los medios, me llamaran para hablar de determinados temas. Los filósofos hablan de cualquier cosa, entonces si había peleas de vedettes, partidos de fútbol o un hecho de violencia me llamaban. Un día estaba en el subte y tres personas me saludaron. Ahí me di cuenta de que la cosa tenía más proyección.

Parece que, en estos tiempos, hay una necesidad de acercarse a la filosofía. ¿Lo ve así?

Hay un preconcepto de que este es un tiempo que está vacío de sentido. Se habla de eso desde la década de 1980. Y se dice que la materialidad le fue enajenando el sentido existencial a las cosas. Yo creo en todo lo contrario. Estamos inundados de artefactos, de pelotudeces, de manuales de instrucciones, de recetas, de cositas. Estamos cosificados, en el sentido de que todas las cosas que nos rodean están al servicio de nuestro sosiego, nuestra tranquilidad. Lo que veo es que no hay vacío de sentido, hay sobreabundancia. Entonces la filosofía te da aire, hay una necesidad de aire. La filosofía es un lugar diferente para relacionarte con la pregunta y que no se da solo en términos individuales, se da nivel colectivo, político, empresarial. Hay una moda de la filosofía y tiene que ver con el contexto ontológico y con distintos productos que tuvieron éxito como Canal Encuentro y la serie Merlí. La cuestión de la filosofía es, en algún punto, histórica. Tenés dos opciones. O te encontrás sumido en el sentido común y te dejás estar. O te pasás todo el tiempo haciéndote preguntas. No podés estar ni 24 horas sin hacerte ninguna pregunta ni 24 horas haciéndote todas las preguntas porque es muy angustiante. Podés estar unas cuantas horas en modo avión sin cuestionarte nada y de pronto te empezás a preguntar sobre esas cosas que por lo general no hacés en lo cotidiano. ¿Por qué me dedico a lo que me dedico? ¿Por qué estoy en pareja? Y después decís: "Hoy no". Así postergás esas preguntas y volvés al modo avión. Pero ese modo existe porque hay un modo oceánico, o cielo; el avión te encapsula y le da dirección a tu existencia. El modo cielo te brinda todo para vos y uno vive en esa dualidad. Yo reivindico la tensión, la paradoja, la oscilación entre los dos extremos.

¿Tanta pregunta existencial no puede generar un nivel de angustia que sea paralizante?

Creo todo lo contrario. Esa parálisis es la puerta de entrada a otra forma de sentir, no le temo a eso. Necesito sentir la parálisis que nace de bajar un cambio. No sé si tenés que estar preparado para los cuestionamientos, tenés que romper los espacios de tranquilidad previa. Nietzsche habla del martillazo. Y eso después te reacomoda. Una cosa es vivir tranquilo y otra cosa es entender que la tranquilidad es uno de los estados que hacen a lo que somos. Si no vas a fondo en la radicalización de esa angustia, entonces, como diría Platón, no hay torsión del alma. ¿Cuál es la frontera con lo patológico? Ahí si querés tenés un problema o una pregunta que hace que la filosofía dialogue con la medicina, la psiquiatría, pero obviamente acá hablamos de angustias existenciales. No estamos hablando de angustias cotidianas o psiquiátricas. Una angustia existencial no necesita de un clonazepam. Con esa angustia existencial descubrís toda una zona que aunque te perturbe te vivifica, es creativo, movilizante, duele, pero está bueno reconciliarse con eso. ¿Cómo no va a doler si nacemos para morir?

Con esa angustia existencial descubrís toda una zona que aunque te perturbe te vivifica, es creativo, movilizante, duele, pero está bueno reconciliarse con eso. ¿Cómo no va a doler si nacemos para morir?

Acá se dio una discusión muy fuerte por el uso de los celulares en el aula y sobre el rol del docente. ¿Cuál es su visión al respecto?

Dar clase no es bajar línea, no es vertical, no es dictar contenido. Evidentemente en una clase tiene que provocarse un acontecimiento filosófico, tiene que pasar algo y para eso es fundamental la transferencia. Soy docente y llevo a los medios lo que hago en el aula. No cambié mi manera de vestir ni siquiera. Mis clases de filosofía siempre las transformé en un show, siempre había algo disruptivo para que fuera una clase y no la reproducción burocrática de contenidos que no le importan a nadie. ¿Cuánto va en la empatía, en la transferencia? Todo.

¿Cómo llegó a componer su disertación durante el debate de la ley por despenalización del aborto?

Todo lo que dije lo tenía pre-elaborado porque en distintas entrevistas me habían preguntado sobre el tema y eran argumentos que ya tenía. Lo único que hice fue ordenarlos. Sí tomé la decisión de ir por: "no discutamos metafísica". En ese momento entendí que era más útil para que salga la ley hablarle al dubitativo. Hubo diputados que me hicieron llegar el agradecimiento porque estaban dudando y se decidieron en función de ese discurso. Yo puedo tener mi propia concepción de lo que es el origen de la vida y dudar acerca de si un embrión de tantas semanas es abortable o no. Pero todo ese debate no resuelve el problema legal, lo que hay que hacer es poner entre paréntesis ese debate. La grieta que en el fondo se juega acá es abierto versus cerrado; conservar versus abrir.


¿Qué tan influyente ha sido y es Shakespeare en nuestra noción del amor?

La literatura del amor nos condiciona todo. La literatura shakespeareana lo que hace es construir un formato, un dispositivo del amor que, de algún modo, nos narra nuestras historias. Las historias de amor nunca son espontáneas, son aplicaciones de guiones previos. Nadie elige en el amor. Lo que, en definitiva, elegís es una historia u otra. Pero las historias están predeterminadas, es como creer que uno entra a un supermercado y elige qué tomar. Elegís entre dos marcas. Acá pasa lo mismo. Vos entrás a tu vida amorosa y tenés tres modelos: Romeo y Julieta, Don Quijote y Dulcinea o Adán y Eva. Y los tres son un bajón. Y también está la media naranja que es el peor de todos. Tenés que poder salir de ese esquema y esa es la pelea diaria: por el amor, contra el amor.
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