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La noticia ya se convirtió en el “cisne negro” del panorama político argentino: la sorpresiva licencia médica que deberá asumir Cristina Fernández de Kirchner como consecuencia de su hematoma cerebral no sólo causó el natural impacto en la opinión pública, sino que además cambió por completo la agenda nacional.

A esta altura, casi podría decirse que las elecciones legislativas del 27 de octubre pasarán a un segundo plano. Ya venían con un clima frío y con dificultades para concitar el entusiasmo popular, luego de que las primarias legislativas (PASO) restaran el suspenso por el resultado. Y ahora la salud presidencial supondrá además una virtual paralización de las campañas.

En las horas siguientes al parte médico de la presidenta ya hubo señales en el sentido de una “tregua” que bajará el tono de las chicanas. Ya sea por convicción genuina o por cálculo político –todos comprenden que no se puede hacer blanco de las críticas a alguien que acaba de sufrir un quebranto de salud y recibe una ola de simpatía–, lo que queda claro es que ahora el arco político reescribirá de apuro su libreto electoral.

Por lo pronto, los opositores como Sergio Massa, Mauricio Macri, Francisco de Narváez o Ricardo Alfonsín enviaron frases de aliento desde sus cuentas de Twitter, deseando una pronta recuperación para la presidenta. Se notó entrelíneas un mensaje en el sentido de que, a pesar de las diferencias, todos quieren aparecer como respetuosos de la investidura presidencial.

Y, sobre todo, que nadie cree que su alejamiento temporario de la presidencia sea una buena noticia para el país.

De parte del oficialismo, hubo una ambigua declaración del gobernador Daniel Scioli, en el sentido de que hay que preservar a Cristina para que no exponga su salud “a ningún riesgo mayor al que tiene la exigencia de este trabajo”.

Es algo que puede interpretarse en el sentido de un pedido de tregua a todo el arco político y empresarial, en la misma línea de cuando pidió “ayudar a que este gobierno termine de la mejor manera posible”. Además, dejó entrever su preocupación por las insospechadas derivaciones de esta situación.

Tal vez nadie haya definido de manera más elocuente estas sensaciones que Jorge Asis, el corrosivo e influente analista de la interna peronista, quien escribió en Twitter: “Deseo racional. Recuperación necesaria de la presidenta. La autoestima colectiva dificulta que Argentina sea conducida por Boudou”.

Ahí está la clave de la etapa que se abre ahora: la enfermedad de Cristina sólo puede agregar incertidumbre a un país donde ya había demasiadas dudas.

Al nerviosismo característico de todo período electoral, ahora se agrega una cuota adicional de temor porque, además de los problemas económicos y sociales, se agrega la angustia de no saber quién tomará finalmente las decisiones, por más que el vicepresidente haya firmado el decreto que lo nombra titular del Ejecutivo.

Es por eso que los funcionarios y partidarios de Cristina no podrán ilusionarse con el hecho de beneficiarse por el shock de simpatía que genera inicialmente estas noticias.

Está fresco el recuerdo del “falso positivo” que llevó a que se le haya extirpado innecesariamente la glándula tiroides a la presidenta. En aquella oportunidad, Cristina había dejado entrever que sus quebrantos de salud se debían a las presiones del cargo y al estrés al que se siente sometida cotidianamente.

Claro, había grandes diferencias entre diciembre de 2011 y el momento actual. Si Cristina se sentía agotada y presionada después de haber recibido un espaldarazo electoral con el 54% de los votos, es inevitable la pregunta de cómo se sentirá ahora, cuando enfrenta una etapa de decadencia política y turbulencia económica.

Y, claro, no es igual la situación del reemplazo. Hace dos años, Amado Boudou simbolizaba la “continuidad del modelo” y una total simbiosis con la presidenta.

No sólo contaba con las dosis de lealtad y conocimiento técnico, sino que hasta caía bien a los empresarios, que confiaban en un economista acompañando en las decisiones importantes.

El momento que simbolízó a la perfección esa sintonía fue cuando Cristina anuncio que sería sometida a una intervención quirúrgica para extirparle la tiroides. Ante la perspectiva de una obligada licencia médica de tres semanas, la presidenta se mostraba tranquila porque el timón del país estaría en manos de Boudou. Destacó lo importante que era contar con un vicepresidente confiable y que pensara igual que el presidente, y (aludiendo a Julio Cobos) se preguntó qué habría ocurrido si esa misma situación hubiese ocurrido con otro vice.

Hoy esa escena parece lejanísima. Y aquellas palabras de Cristina regresan como un boomerang irónico: hoy no podría permitirse un comentario de ese tipo, luego del escándalo Ciccone.

Boudou ya no es más el simpático e informal economista que toca la guitarra junto al grupo La Mancha de Rolando. De inofensivo ladero de la presidenta pasó a convertirse en la peor pesadilla del kirchnerismo, al punto que el aparato peronista no le disimula la escasa simpatía, por más que formalmente hoy sea el presdiente.

Es en este marco que queda al desnudo una de las mayores debilidades del gobierno: el estilo kirchnerista hace que ante la ausencia de la presidenta se genere un inquietante vacío de poder.

Ahora cobra más importancia una advertencia que ya habían hecho los politólogos durante la operación de tiroides: queda en evidencia que la hiperconcentración de poder en la figura presidencial es un arma de doble filo: puede rendir resultados en cuanto a ejecutividad y coherencia de las políticas de gestión, pero también puede constituirse en una debilidad.

Con su estilo de mando, descripto como “radial” por analistas como Sergio Berensztein, de la consultora Poliarquía, Cristina ha impuesto un modo de gobierno en el cual se contacta personalmente con cada ministro o secretario. En ese esquema, los funcionarios de distintas áreas raramente tienen relación entre sí, y toda la toma de decisiones pasa por la presidenta y un reducido entorno de colaboradores, algunos de los cuales ni siquiera son funcionarios, como ocurre con su hijo Máximo.

En aquella ocasión los analistas creían que esta debilidad de gestión se veía compensada por el hecho de que era un momento tranquilo. Ahora, nadie podría decir lo mismo.

En estas horas hay que terminar de resolver cómo se tratará el ingreso de divisas por parte de empresas privadas, a través de los bonos Baade, con los cuales el gobierno pretende apuntalar la inversión y oxigenar la exhausta caja del Banco Central.

Pero hay un problema: mientras Guillermo Moreno parece dispuesto a que los empresarios puedan vender el Baade en el mercado secundario y así, de hecho, acceder a un tipo de cambio más cercano al blue que al dólar oficial, hay otros funcionarios, como Ricardo Echegaray y Mercedes Marcó del Pont, que se oponen a esa postura.

Con Cristina en el mando, esta sería una típica situación que se resuelve de una manera expeditiva: la presidenta escucha, evalúa, arbitra y tiene la palabra final y comunica una decisión inapelable.

Con Cristina en reposo médico, aparecen los interrogantes. ¿Cómo se resolverán esos diferendos internos ahora? ¿Se le reconocerá a Boudou la autoridad que tiene de derecho?
¿O más bien se congelarán estas decisiones importantes hasta que Cristina vuelva? ¿Y qué pasará si el mes de descanso previsto llegara a extenderse?

Lo cierto es que el esquema del poder kirchnerista no prevé una fórmula para resolver estos conflictos, ni aparece ninguna figura con la estatura suficiente como para imponer respeto y autoridad.

Cristina, igual que Néstor, siempre mostró aversión a la presencia de “superministros” –al estilo de Domingo Cavallo en los ’90– que pudieran eclipsar la imagen presidencial. Es así que el último ministro de Economía con peso propio fue Roberto Lavagna, una incómoda herencia que Kirchner había recibido de Eduardo Duhalde.

Tampoco el jefe de gabinete, Juan Manuel Abal Medina, parece ser esa persona que puede asumir el liderazgo. Tanto, que en los últimos días su nombre sonó como uno de los candidatos a ser reemplazado luego de las elecciones de octubre.

La noticia de la enfermedad de Cristina cambió todo: la cuestión ya no es saber quién gana las legislativas, ni siquiera qué medidas económicas se tomarán, sino si el país se enfrenta a un vacío de poder, una de las situaciones más temidas por la clase política. Y que puede hacer, incluso, que las versiones sobre un cambio adelantado de gobierno, que hasta ahora eran desestimadas por tremendistas, empiecen a tener visos de verosimilitud.

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