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Hace ya un tiempo en este mismo medio escribía: al retornar a Uruguay en el año 2009, después de cinco años estudiando fuera del país, lo primero que percibí fue un cambio de “ánimo”, una sensación de “es posible hacer”, en una palabra, optimismo. Esto se ha transformado en los últimos tiempos en una sensación de que “el foco cambia continuamente, todo se debate infinitamente, poco se hace”.

Más aún, la sensación es que desaprovechamos tres factores claves para impulsar transformaciones económicas importantes: la disponibilidad de recursos, las mayorías parlamentarias y un equipo económico que es el más calificado (y uno de los más competentes) que ha tenido el país en su historia. ¿Cómo se explica esto?

A mi juicio, por la falta de prioridades, por la falta de ejecutividad (la falta de alguien que empuje las cosas hasta que salgan, para ser más claro), y por la desconfianza “ideológica”. Los dos primeros se sobreentienden y han sido suficientemente expuestos recientemente, así que, para no ser redundantes y por restricciones de espacio, nos centraremos en el último. Supongamos que las prioridades fueran bajar la pobreza y la indigencia, mejorar la igualdad en la distribución del ingreso y de la riqueza y sostener altas tasas de crecimiento en Uruguay.

La cuestión a continuación es evaluar técnicamente cual es la mejor forma de lograrlos, he implementarla. En este punto, la política tiene menos que decir y los técnicos más, ya que el debate pasa a ser sobre cuáles son los mejores instrumentos (si no creemos en esto, tampoco deberíamos decir que la educación y formación es importante). Sin embargo, esta no ha sido la forma en que se ha procedido.

El debate sobre el ICIR es paradigmático al respecto de cómo se abordan los temas. Lo que idealmente debería haber sucedido es que se le marcaran prioridades al equipo económico y que este elaborara el mejor instrumento para lograr el objetivo propuesto. Sin embargo, lo que sucedió es que la discusión se centró en el instrumento y no en el objetivo, lo que al final del día está amenazando a este, ya que el instrumento no es bueno. ¿Por qué sucede esto?

En parte, o al menos esto es lo que se percibe desde afuera, es porque existe desconfianza hacia el equipo económico. Algo así como temor al contrabando ideológico. Es decir, dado que estos son temas complejos, existe el temor a que se pase gato por liebre.

Entonces se recurre a la solución autóctona (local y ad-hoc), que consiste básicamente en inventar la pólvora, pero con la fórmula equivocada, que no sirve para los objetivos. Hay una forma más fácil y menos costosa de hacer las cosas.

Primero, dado que el actual equipo económico ha estado por bastante tiempo en la conducción de la economía, es relativamente fácil obtener evidencia de si están alineados con los objetivos propuestos, basta con ver los indicadores que importan.

En el ejemplo de objetivos mencionados serían los indicadores de pobreza e indigencia, indicadores de desigualdad, e indicadores de crecimiento. Si la historia de desempeño no fuera suficiente para generar confianza, existe un mecanismo de mucha presión sobre los funcionarios públicos de confianza que funciona, y es que siempre pueden ser removidos si no cumplen con las metas.

Por tanto, y con la advertencia de que probablemente sea muy tarde (dada la fase del ciclo económico y político), necesitamos prioridades (2 o 3, no 20), necesitamos empujarlas sin descanso, y necesitamos equipos competentes que las ejecuten.
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