Desconfiar del buen vecino
Con 8 capítulos sin altibajos, No hables con extraños es ideal para ver de un tirón
El estadounidense Harlan Coben (Nueva Jersey, 1962) ha escrito casi una treintena de novelas desde la publicación de la primera, Deal Breaker, en 1995. Gran parte de su bibliografía fue traducida al español. Graduado en Amherst College, donde fue compañero de Dan Brown (El código Da Vinci), Coben es uno de esos escritores torrenciales capaces de escribir un libro tras otro, y hacer sonar la caja registradora.
De sus libros se han vendido 75 millones de ejemplares en 44 idiomas. Varios de sus volúmenes han sido best seller y lo transformaron en un escritor “permanentemente de moda”, actualizado su éxito por el hecho de que algunas de sus historias fueron adaptadas a la televisión.
Cuando la inspiración está de su lado, Coben es perito a la hora de generar suspenso a partir de tramas que podrían denominarse ‘intimistas’, puesto que se ocupan de la vida privada de los personajes. Coben crea la ficción de hacernos creer que podemos conocer a sus personajes por dentro, a partir de sus miedos y vulnerabilidades, aspectos que los hacen iguales al resto de la especie. Ese sentido de proximidad a su realidad cotidiana genera curiosidad, raras veces empatía. Las buenas historias de Coben tienen otra característica: funcionan muy bien en televisión. En Netflix están disponibles, No Second Chance (2003, traducida al español como Última oportunidad y publicada por RBA), las historias originales para la pantalla chica, The Five (2016) y Safe (2018), y la recientemente estrenada No hables con extraños (basada en la novela del mismo nombre y también disponible en español), la cual rápido se transformó en la serie más popular hasta la fecha escrita por Coben. Se puede ver en 190 países.
Parte de la efectividad de las adaptaciones radica en la maleabilidad de los personajes. Estos ganan una segunda vida en la pantalla, teniendo la misma efectividad que en las novelas. El don de Coben es lograr que la ficción tenga efecto realista, de cruda inmediatez. A los personajes enseguida los consideramos semejantes reconocibles. Es gente gregaria que funciona según las monótonas reglas de la cotidianeidad y sufre los efectos de la lisérgica rutina contemporánea, lo mismo que cualquier hijo de vecino. Cumplen largas jornadas laborales que por lo general son más de ocho horas y deben ingeniárselas para sobrevivir en tiempos en los que “el costo de la vida sube otra vez”, tal cual dice la canción de Juan Luis Guerra.
Su mundo se derrumba, pero la procesión va por dentro. Que nadie sepa de su silencioso sufrir, de los demonios que los acechan y han diezmado sus aspiraciones de felicidad
Por lo general, y es lo que ocurre en No hables con extraños, los personajes son burgueses que viven una existencia de clase media (algunos más arriba, otros más abajo), intentando por todos los medios mantener un statu quo económico difícil de conservar, sobre todo en una sociedad como la inglesa. En tiempos de “gentrificación”, en los que las urbes se convierten en junglas humanas caracterizadas más por la supervivencia que por las posibilidades de ascenso social, también el tedio asedia a la burguesía cuyo sueño es tener un auto alemán último modelo y una piscina en el fondo de su casa, casi siempre ubicada en los suburbios, donde burgueses nuevos y viejos son genios a la hora de cuidar las apariencias. Su mundo se derrumba, pero la procesión va por dentro. Que nadie sepa de su silencioso sufrir, de los demonios que los acechan y han diezmado sus aspiraciones de felicidad.
Lo mismo que Safe, serie antológica, también No hables con extraños es género híbrido, por más que acepte la definición de “thriller psicológico”, tan en boga en tiempos del streaming. Tal como sucedía en Dimensión desconocida, serie de la década de 1960 pionera en infinidad de aspectos, No hables con extraños trata sobre la vida de un hombre común, Adam Price, cuya vida cambia en forma radical luego de que una mujer desconocida se aparece de la nada y le cuenta un secreto de su esposa, algo que además afectará la relación con sus dos hijos. La situación interrumpe la normalidad de la rutina y desencadena el misterio de fondo. Pone al personaje en estado de tensión, desde el primer capítulo hasta el último. Es precisamente el enigma en juego, blindado hasta la conclusión de la historia, el que genera una dinámica adictiva e invita a un atracón de capítulos. Los dos primeros son fenomenales, sin minuto de pausa, y potencian un suspenso continuo, con muchos subtextos de intriga, estableciendo una particular forma de hacer televisión, obsesiva con el relato que plantea.
Por cierto, ninguna otra plataforma de streaming ha sabido desarrollar tan bien como Netflix tales instancias de expectativa, similares a los finales de los capítulo de una novela por entregas de fines del siglo XIX, o bien a un teleteatro de la época dorada de la televisión, década de 1960, cuando los episodios funcionaban para sublimar la inquietante condición de la última escena, en la cual se planteaba un misterio que supuestamente quedaría resuelto en el capítulo siguiente. La capacidad de entretenimiento de No hables con extraños está apuntalada por una cantidad de preguntas que se sostienen durante ocho capítulos: ¿quién es el misterioso personaje femenino, qué quiere, de dónde salió?
El enigma se convierte en el eje del relato, el cual tiene más de un eje o centro. Todos juntos sirven para postergar la resolución del misterio cada vez que se hace presente. Las pistas parecen llevar a la resolución, pero pronto demuestran no llevar a ninguna parte, aumentando la tensión ante el misterio que no se resuelve. La serie presta atención a cada uno de los personajes, incluso aquellos muy secundarios, quienes en el momento menos pensado presentan información que cambia el curso de la trama. Al final, todos los indicios se conectan y permiten entender el mosaico de historias en su totalidad.
Los responsables de la efectividad de la versión televisiva son dos libretistas con buen expediente detrás, Danny Brocklehurst y Nicola Shindler, quienes fueron el talento detrás de dos series de primer nivel, Ordinary Lies (disponible en Amazon plus) y Happy Valley (en Netflix). Supieron cómo otorgarle a la adaptación una sintaxis televisiva de streaming, extendiendo momentos que en la novela aparecían en forma acotada, y agregándole complejidad dramática y visual a situaciones que permitían ampliar aún más el alcance de la historia. En inglés, la palabra empleada tanto para música como para cine es hook, y refiere a esos momentos de la trama que tienen gancho y sirven para elevar las expectativas del espectador. En series en streaming, esos momentos de adrenalina son preservados para los últimos tres minutos de cada capítulo, cosa de dejar así al televidente enganchado, con ganas de ver el próximo episodio. La técnica de prolongación y acotamiento al mismo tiempo se ha transformado en un arte.
Tal como dije, No hables con extraños está basada en la novela homónima. Sin embargo, la serie de producción británica se tomó varias licencias entendibles y los cambios introducidos pueden desconcertar a quien haya leído el libro. En la novela el personaje misterioso no es una mujer, “la extraña”, sino un hombre, quien decepcionado con todo lo que le ha tocado vivir, en lugar de buscar la verdad quiere vengarse por lo que le ha ocurrido. El “extraño”, es un justiciero. No es el único cambio. En la novela la acción sucede en Estados Unidos, y en la serie en Manchester, Inglaterra. Dadas las circunstancias originadas por la variación geográfica, los hijos de los personajes centrales no juegan al hockey como en la novela, sino al fútbol.
Los cambios cosméticos, aparte de los nuevos personajes que la serie agrega y que en la novela no existen, poco afectan la esencia de la intriga, más bien la redimensionan. Alcanza la plenitud de su efectividad por centrarse en el comportamiento del ser humano y no tanto en la circunstancia que lo rodean y que podrían servir de excusa para justificar “delitos y faltas”, escenario humano que tan bien retrató uno de los mejores filmes de Woody Allen, Crímenes y pecados (Crimes and Misdemeanors). Si usted leyó la novela, puede ver la serie esperando alguna sorpresa inesperada, pues los finales son diferentes. Creo yo que el de la serie funciona mejor, dejando además todo pronto para que haya una segunda temporada.
Melodrama con cruza de thriller, que con lente aumentado retrata la canibalización de una sociedad moderna donde los valores se derrumban y la crisis de moralidad va por debajo de la superficie, como muy pocas otras series No hables con extraños presta atención a las consecuencias de vivir con una sobredosis de confort y en un contexto regido solo por parámetros materiales. Donde perro come perro, cualquier cosa puede esperarse, incluso de quienes vestidos de cordero pasan por buenos samaritanos.