7 de mayo de 2026 5:05 hs

Uruguay está frente a una de esas decisiones que, aunque parezcan técnicas, terminan marcando el rumbo por décadas. La creación de un Centro Nacional de Inteligencia Artificial no es un anuncio más: es una señal de hacia dónde quiere pararse el país en la economía que ya empezó. La inteligencia artificial no es una moda ni un sector aislado. Es una nueva capa sobre la cual se va a reorganizar buena parte de la actividad económica. Va a atravesar el agro, la salud, la educación, la seguridad y, sobre todo, el empleo. La discusión, entonces, no es si Uruguay participa, sino cómo lo hace y con qué identidad. El desafío no está en la creación del centro en sí, sino en su capacidad de generar impacto real.

Si se transforma en una estructura más, no va a mover la aguja. Si, en cambio, logra articular formación, investigación y aplicación concreta en sectores productivos, puede convertirse en un verdadero motor de cambio. Ahí es donde Uruguay tiene una oportunidad interesante: no en replicar modelos, sino en desarrollar soluciones con sello propio. En el agro, por ejemplo, la combinación de inteligencia artificial con trazabilidad, genética y gestión de datos puede mejorar productividad y posicionamiento internacional. En la salud, la IA puede optimizar diagnósticos, gestión de pacientes y uso de recursos en un sistema que ya tiene cobertura amplia. En educación, el camino iniciado por Plan Ceibal puede profundizarse, integrando inteligencia artificial como herramienta cotidiana de aprendizaje.

Y en seguridad, el uso inteligente de datos puede ayudar a anticipar y prevenir, más que reaccionar. Pero hay además un elemento estratégico que empieza a tomar forma y que no siempre se dimensiona: la infraestructura. Uruguay, y particularmente el departamento de Canelones, viene consolidándose como un polo tecnológico con centros de datos ya operativos —como los de Antel y Google— y nuevas inversiones en camino.

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Esto no es menor. La inteligencia artificial necesita capacidad de procesamiento, almacenamiento y seguridad. Tener esa infraestructura en territorio nacional es una ventaja competitiva concreta. Si a eso se le suma la posibilidad de seguir ampliando esa red —con nuevos centros de datos en desarrollo desde el sector público y privado— Uruguay puede posicionarse no solo como usuario de inteligencia artificial, sino como plataforma regional para su despliegue. El impacto de todo esto en el empleo es directo. La inteligencia artificial va a cambiar la naturaleza del trabajo.

No se trata de una discusión teórica: se trata de cómo se forman las personas para ese nuevo escenario. Ahí hay avances, especialmente en el ecosistema emprendedor y en los jóvenes. Pero también hay una brecha clara en muchas pymes, que todavía no incorporan estas herramientas en su gestión diaria. Reducir esa distancia va a ser clave para sostener competitividad. En este camino, el rol de las personas es determinante.

Quiero reconocer a Bruno Gili, a quien conozco por referencias profesionales, y de quien tengo la convicción de que puede aportar una mirada seria y ejecutiva a este proceso. También es acertada la decisión del presidente Yamandú Orsi de confiar en él para impulsar esta agenda. Uruguay tiene hoy condiciones para avanzar con una lógica propia: escala manejable, institucionalidad sólida, infraestructura en crecimiento y talento en formación. Si logra articular esos elementos, la inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta concreta para mejorar productividad, generar empleo de calidad y proyectar al país hacia nuevos mercados. Se trata de construir una estrategia uruguaya de inteligencia artificial.

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